«Aquí cada día me siento retado a ser el mejor yo»

Colaborador

Me llamo José Vicente, tengo 32 años y soy periodista. Actualmente me encuentro en Nador (Marruecos) realizando un voluntariado internacional con Entreculturas. En concreto, colaboro con el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) acompañando a las personas subsaharianas que llegan hasta aquí huyendo de los conflictos de sus países, atendiendo a los medios de comunicación y apoyando en el centro de Formación Baraka con jóvenes marroquíes

Mi llegada a Nador ha sido una mezcla de varias sensaciones, todas juntas a la vez, tantas que hasta pasadas unas semanas no he sabido interpretarlas.

Sí era consciente de la ilusión que traía, unida a la incertidumbre de lo que me iba a encontrar. La sensación de que comenzaba casi de cero, lo cual al principio no me permitió disfrutar de esa inocencia, sino que quería aprender todo rápido, lo cual me frustraba y veía difícil hacer casi cualquier cosa, incluso las más simples. Pero todo cambió cuando me quité la presión que yo mismo me estaba poniendo encima y me permití ser «un aprendiz».

Unas palabras sabias de una amiga me hicieron reflexionar. Y también ha sido más fácil gracias a la gente que me ha acogido en Nador, me han hecho sentirme protegido cuando lo necesitaba.

Mis primeras semanas en Nador fueron las previas al IV Foro Social de Fronteras, para el que contribuí en la organización del evento que consiguió reunir a unas 300 personas. Esto me vino fenomenal para conocer las realidades de otras fronteras en el mundo, otras perspectivas. También fue muy bueno para mí porque conocí a muchas personas de los movimientos sociales de Melilla con los que trabajar desde los dos lados de la valla entre Marruecos y España.

La Delegación de Migraciones del SJM en Nador es responsabilidad de Esteban Velázquez, con Luis como coordinador de administración y gestión y sor Francisca como coordinadora de trabajo sanitario, Ibrahim y Joseph, y la trabajadora social, Sara. El equipo se completa con tres conductores, Mohand, Farid y Abdelhak, y la nueva incorporación, Almudena, la psicóloga. Esas primeras semanas también me sirvieron para conocer cómo trabajan, acompañándoles en su atención a las personas refugiadas que están viviendo en campamentos en el bosque. La principal tarea es acompañar a las personas de origen subsahariano a los centros de salud para que tengan acceso a la asistencia sanitaria marroquí, que es universal.

También realizamos tareas de distribución de mantas, plásticos y bidones para recoger agua de forma que la vida en el bosque de estas personas sea lo menos incómoda posible. Para hacerlo, antes se establece un mapping del lugar en el que viven para conocer cuánta gente hay allí, cuántos hombres, mujeres y niños, qué necesidades tienen, además de realizar una labor de concienciación sobre la importancia de mantener unas condiciones saludables en los campamentos durante esta etapa de su vida.

Lo que más me está gustando de mi estancia aquí es el contacto con las personas, tanto mis compañeros de trabajo, como los inmigrantes y los marroquíes; un contacto directo, basado en quién soy yo y quién es el otro, sin importar de dónde venimos. Es verdad que el idioma es una pequeña barrera con la que he de lidiar a diario, pero me voy apañando con el francés y aquí hay mucha gente que habla español. Con el paso de los días descubro nuevas formas de comunicarme y me doy cuenta de que, para lo esencial, no hace falta tener un mismo idioma. En muchas ocasiones una mirada sirve para transmitir más información que una hora de conversación. La distancia que puede crear un idioma, una cultura… puede romperse con una mirada.

Me faltan muchas cosas que percibir, códigos que aprender. Ha sido a partir del primer mes cuando he empezado a percibir las pequeñas cosas que antes pasaban desapercibidas, los sonidos, las señales, las sonrisas… que antes no veía.

Mi vida en Nador es muy diferente a la que tenía en una gran ciudad como Madrid. Esta es una ciudad pequeña, más cómoda en desplazamientos, pero con menos ofertas de ocio más allá de quedar con la gente que conoces y tomar un té o un café. Lo bueno es que ahora está dando los primeros pasos para ser un punto turístico de referencia, lo que lleva a que el paseo marítimo de la ciudad esté siendo renovado y ampliado, un buen lugar por el que me gusta salir a correr.

Aquí cada día me siento retado a ser «el mejor yo», un sentimiento muy positivo que me impulsa a seguir aprendiendo. Además, tengo la sensación de que la acción de Entreculturas y mi presencia en este proyecto marcan una diferencia, es decir, que las cosas serían diferentes si no estuviéramos aquí. Está siendo una gran experiencia.

Entreculturas