Apropiarse de monseñor Romero

El cardenal Ezzati dice que este hombre es el santo de la esperanza porque porfió en el logro de otro mundo posible, aun en unas condiciones extremas de supervivencia. Acaso esta esperanza es la que debemos abrigar para apropiarnos con fidelidad a la vida y obra de monseñor Romero

Luis Aranguren Gonzalo
Marcha de conmemoración por el 37 aniversario del asesinato de monseñor Romero, el pasado marzo en San Salvador. Foto: CNS

El cardenal Ezzati dice que este hombre es el santo de la esperanza porque porfió en el logro de otro mundo posible, aun en unas condiciones extremas de supervivencia. Acaso esta esperanza es la que debemos abrigar para apropiarnos con fidelidad a la vida y obra de monseñor Romero

En la noche fatídica del asesinato de monseñor Óscar Romero, el 24 de marzo de 1980, a las puertas de la policlínica donde se encontraba el obispo fallecido, pululaban por esa puerta unos 30 indigentes y personas sin hogar; uno de ellos se acerca a Roberto Cuéllar, entonces joven abogado, director de la oficina de Socorro Jurídico de la arquidiócesis y estrecho colaborador de Romero. Y le dice: «Doctorcito, ¡han matado al santo! ». Una mujer también se le acerca y le ruega: «Déjenos tocar al santo». Unos cinco o seis de estos indigentes fueron los primeros que velaron el cadáver de Romero, los primeros que reconocieron a monseñor Romero como santo del pueblo.

Esta anécdota sirve como ilustración para orientarnos sobre el lugar existencial que ocupa Romero en la vida de los pobres y de las organizaciones populares que tratan de salir adelante en un país donde la vida sigue siendo tan barata.

He tenido la fortuna de participar en los actos de conmemoración del centenario del nacimiento de monseñor Romero celebrados en San Salvador el pasado 15 de agosto y que se extendieron hasta el día 18. Representando a la Fundación SM he participado en un foro internacional sobre la figura de monseñor, replicado en tres lugares diferentes del país. Ahí he podido detectar cómo el martirio de Romero continúa después del martirio físico. Como decía el Papa Francisco a una representación de salvadoreños en una audiencia privada en el Vaticano con motivo de la beatificación de monseñor en 2015, «ese martirio no fue puntual. Una vez muerto fue difamado, calumniado, ensuciado. Su martirio continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado». Palabras terriblemente duras.

Por eso resulta doloroso escuchar a personas que hablan dos palabras de Romero y en nombre de él, a continuación, hacen un discurso que se aleja por completo de los sentires y amores de monseñor Romero: el mundo de los pobres y la justicia social. En un contexto, además, donde poco a poco y de manera organizada se ha ido perdiendo la memoria histórica del obispo salvadoreño. Las nuevas generaciones apenas han oído hablar de él; las instituciones universitarias, pastorales y culturales promueven muy escasamente el conocimiento de su obra. Un país cercano como Costa Rica cuenta con diversidad de centros de estudio, investigación y difusión de la obra de Romero.

Bastante doloroso ha sido el proceso de canonización que hasta ahora se ha producido. Atascos, frenazos, intereses creados…, hasta que Francisco, en una de sus primeras decisiones como Papa desbloqueó el asunto. Es hora, pues, de que nos acerquemos con prudencia a monseñor Romero para apropiarnos de su vida y obra, como forma de extraer las máximas posibilidades de humanización, de mística evangélica y de defensa inteligente y eficaz de los pobres.

Actualizar a Óscar Romero

Apropiarse no significa absolutizarle y convertirle en un ídolo más al uso; tampoco significa utilizarle para hacerle decir lo que no dijo. Apropiarse es acercarse con humildad y sentido reverencial a este pastor e historizarlo en el aquí y ahora que vivimos; esto es, actualizarlo. Ese proceso tiene al menos tres pasos que trataré de sintetizar:

En primer lugar, es preciso desenmascarar las falsas ideas y conceptos que pululan sobre Romero. Ni es la encarnación del Che Guevara, ni es un comunista, ni tampoco es el nuevo padrino de los movimientos más neoconservadores. Desenmascarar es sacar a la luz las perversiones torticeras que desde distintos ángulos se vierten sobre Romero para utilizarle.

En segundo lugar, hay que realizar el valor Romero entre nosotros, aterrizando sus intuiciones. En su momento, para defender a los pobres inventó dos mediaciones privilegiadas y modernas: la Oficina de Defensa Jurídica, verdadera promotora en la defensa de los derechos humanos para toda Latinoamérica, junto con la Vicaría de la Solidaridad chilena, y la emisora de radio diocesana a través de la cual sus homilías eran seguidas semanalmente en todo el país. ¿Qué nuevas mediaciones hay que implementar o modificar hoy a la luz de los desafíos que plantea Romero?

Finalmente, el valor ético y espiritual de Romero, en la medida en que va siendo encarnado y actualizado, nos acondiciona de una determinada manera, hace que convivamos y acondicionemos el mundo que tenemos a nuestro alcance con las armas de paz, diálogo y anhelo de justicia que él esgrimió.

El cardenal Ezzati, en la homilía de celebración del centenario del nacimiento de monseñor Romero, expresó que este hombre es el santo de la esperanza porque porfió en el logro de otro mundo posible, aun en unas condiciones extremas de supervivencia. Acaso esta esperanza es la que debemos abrigar para apropiarnos con fidelidad a la vida y obra de monseñor Romero, el santo de los pobres.

Luis Aranguren Gonzalo