«En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la Compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas»: así lo decía, hace un año, Benedicto XVI en su Carta a los seminaristas. Y añadía: «Yo sabía que esta nueva Alemania estaba llegando a su fin y que, tras las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al país, habría más que nunca necesidad de sacerdotes». Y explica el Papa que hoy, aunque la situación es distinta, sigue habiendo muchos que piensan que el sacerdocio católico no es una profesión con futuro, pero «vosotros, queridos amigos, habéis decidido entrar en el seminario en contra de estas objeciones y opiniones. ¡Habéis hecho bien! Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios». Y ¿acaso existe en la tierra necesidad mayor que ésta?

El mismo Benedicto XVI, un año antes, al convocar el Año Sacerdotal, con motivo del 150 aniversario de la muerte, del dies natalis, de san Juan María Vianney, recordaba que su enseñanza y su ejemplo ofrecen «un punto de referencia significativo: el Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: Un buen pastor -decía-, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina». Un don que, con no menos fuerza, valora el Papa: «Todavía conservo en el corazón -escribe en la misma Carta de convocación del Año Sacerdotal- el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral; murió cuando llevaba el Viático a un enfermo grave». Sí, llevando en sus manos al mismo Cristo Eucaristía. No cabía mayor privilegio, ciertamente, que morir de la mano del Amigo. ¿Acaso el sacerdote no es el llamado a vivir en plenitud por Él, con Él y en Él; a ser Su amigo, en el sentido más genuino del término?

En su 60 aniversario de sacerdocio, Benedicto XVI acaba de subrayar precisamente esta amistad definitoria del sacerdote: «Ya no os llamo siervos, sino amigos. 60 años después de mi Ordenación, siento todavía resonar en mi interior estas palabras de Jesús… En ellas se encierra el programa entero de una vida sacerdotal». El Dios que se nos ha revelado en Jesucristo -lo dijo preciosamente el Papa, en la Misa de clausura del Año Sacerdotal, no en vano solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús- no es un Dios lejano, a diferencia de las religiones del mundo, que «han sabido siempre que, en último análisis, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades». ¡Nada más lejos de la realidad! «Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la Humanidad… Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa de mí». ¡¿Cómo, entonces, no va a ser la amistad de Cristo lo que define el ser mismo de quien tiene, como ministerio específico, generar precisamente esa amistad en todos los hombres?!

«La amistad -decía el Papa en el 60 aniversario de su sacerdocio- es una comunión en el pensamiento y el deseo». Cristo «me conoce de manera totalmente personal. Y yo, ¿le conozco a Él? La amistad no es solamente conocimiento; es, sobre todo, comunión del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el de la adhesión a la suya; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo». Y Benedicto XVI ora así al Señor: «Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo». Es la oración que brota, justamente, de toda alma sacerdotal. Así lo mostró el Concilio Vaticano II en su Decreto para los candidatos al sacerdocio, que certeramente recogió el Beato Juan Pablo II en su Exhortación apostólica Pastores dabo vobis: «Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida… El texto conciliar relaciona la íntima comunión de los futuros presbíteros con Jesús con una forma de amistad. No es ésta una pretensión absurda del hombre. Es simplemente el don inestimable de Cristo, que dice a sus apóstoles: No os llamo ya siervos; a vosotros os he llamado amigos».

Es bien significativa esta sintonía de los dos Papas con el Corazón de Cristo Amigo, y la expresa de modo admirable esta confesión que hace Juan Pablo II en su libro Don y misterio: «Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo presbítero. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido no sólo el deber más sagrado, sino, sobre todo, la necesidad más profunda del alma». ¿Cómo podría ser de otro modo en quien es, de Cristo, el amigo por excelencia?