Hace un año, la Fundación Universitaria Española tuvo la feliz idea de acoger un ciclo titulado Una Europa en la que podemos creer, organizado por Lydia Jiménez y Teresa Cid. Dentro de ese ciclo, la profesora de la Universidad CEU San Pablo Ana Rodríguez Agüero, a quién pueden leer en esta misma columna, impartió una conferencia titulada Europa y la alegría: un recorrido literario. Se trataba de un originalísimo itinerario por grandes hitos de nuestro patrimonio literario con las siguientes etapas: la alegría de estar vivos, la alegría del hogar y de la infancia, la alegría de luchar, la alegría de la celebración y, finalmente, la alegría del instante máximo.

¿Ese recorrido tendrá parada en nuestro tiempo? Acudí a las fuentes de la intelligentsia: el suplemento de libros del New York Times, que publicaba hace unos meses un artículo titulado «La literatura se despide del amor», en la que se analizaban algunas novelas de autores actuales en nuestro idioma. ¿Alegría? Ni rastro. Una mirada posmoderna en la que se celebra el emotivismo y lo feliz que es para una buena narración un final bien trágico. Un panorama desolador, porque lo de que realmente se estaba hablando era del peso de la herida narcisista que portan esas historias.

Apesadumbrado, pensando que el único refugio que queda es la nostalgia, han acudido en mi auxilio dos vislumbres de esperanza. Uno a modo de ensayo y otro en forma de novela [¡bien!].  El primero es ejercicio de antropología cultural que ha hecho Ignacio Peyró con Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida (Libros del Asteroide). Se la juega poniendo estas memorias en primera persona celebrando la buena mesa, lo que nos distingue en la creación, la maravillosa utilidad de lo inútil (y lo bien que siente saber que uno vive plenamente y no se dedica simplemente a sobrevivir). Y por esa audacia uno se apuntaría a ir con Peyró de cañas, a buscar un oporto en una gasolinera o, con más pudor, al club gastronómico.

Los dioses tienen los pies de lana (Sekotia) de José María Sánchez Galera es el segundo báculo que me sostiene. Definir esta novela como una historia de amor no se ajusta a una obra tan compleja, pero sí hay un hilo conductor en un encuentro transformado en relación entre David (nombre de rey antiguo, de aquel que tuvo experiencia seria de sus límites) e Isabel (nombre de reina, pero católica, que percibe la realidad como positiva).  Decía Rodríguez de Agüero en esa conferencia, glosando a Chesterton, que todas las cosas parecen mejores si hay alguien a quien podemos agradecérselas. Pues bien, quedo agradecido a Peyró y Sánchez Galera.

Pablo H. Velasco Quintana
Editor de CEU Ediciones