La diócesis de Madrid atendió a más de medio millón de personas en 2019 en sus centros asistenciales

Publica sus cuentas ante la celebración del Día de la Iglesia Diocesana el próximo 8 de noviembre

Infomadrid

El domingo 8 de noviembre se celebra el Día de la Iglesia Diocesana, con el lema Somos una gran familia contigo y recordando este año que Somos lo que tú nos ayudas a ser, con tu tiempo, tus cualidades, tu apoyo económico y tu oración. El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, recoge en una carta con motivo de este día lo que ya destaca en su carta pastoral «Quiero entrar en tu casa»: que la parroquia es «una casa en medio de las casas» cuya misión es «hacer una comunidad de comunidades, evangelizadora y atenta a los pobres».

En un año marcado por la pandemia, el purpurado anima a los fieles a fortalecer el sentido comunitario porque «sentirnos comunidad es nota distintiva de los hermanos». Y confía en su generosidad al constatar que «hay parroquias que están pasando muchas dificultades económicas» por haber destinado mayores recursos a las Cáritas parroquiales y porque los cepillos, donativos e ingresos han bajado durante el confinamiento total de marzo, abril y mayo, y después, con la reducción de aforos.

48,4 millones de euros en donativos, colectas y suscripciones

La archidiócesis de Madrid ingresó en 2019 más de 95 millones de euros (frente a los 86 de 2018), de los que la mayoría, el 50,85 %, fueron aportaciones voluntarias de los fieles: donativos y limosnas (casi 14 millones), colectas (12 millones), suscripciones (más de 11,5 millones), Cáritas parroquiales (5 millones), colectas para instituciones de la Iglesia (4 millones) y herencias y legados (1,5 millones).

En cuanto al resto de los ingresos, el 19,65 % se derivaron del Fondo Común Interdiocesano, al que se destina la asignación tributaria (18,7 millones); el 17,25 % fueron ingresos por ventas y servicios, subvenciones y dotaciones públicas e ingresos de instituciones diocesanas (casi 16,5 millones), y a ellos siguieron los ingresos extraordinarios (6 millones) e ingresos de patrimonio y otras actividades (5,6 millones).

Las acciones pastorales y asistenciales supusieron el grueso de los gastos en 2019, en concreto el 46,2 %, con un montante de 44 millones de euros. El 30,66 % fue destinado a retribuciones de sacerdotes, religiosas y seglares y Seguridad Social, lo que supuso algo más de 29 millones, y un 14,31 % (13,6 millones) fue destinado a inversiones y gastos extraordinarios. El resto se dedicó a reparaciones y conservación de parroquias y otros edificios (7,78 % – 7,4 millones) y al pago de intereses y préstamos (1 millón).

Actividad pastoral y asistencial

Con 476 parroquias y 33 monasterios, en la diócesis de Madrid hay, según datos de 2019, 1.706 sacerdotes, 7.194 catequistas, 5.614 religiosos y religiosas, 401 monjas y monjes de clausura, 32 diáconos permanentes y 167 seminaristas, a los que se suman 840 misioneros. Todos ellos hicieron posible que el año pasado se celebraran 15.310 Bautizos, 16.350 Primeras Comuniones, 7.966 Confirmaciones y 2.725 Matrimonios.

La Iglesia atendió en 2019 a 511.952 personas en los 769 centros que gestiona, tanto para mitigar la pobreza (donde fueron atendidas la inmensa mayoría de las personas, 423.236) como para promover el trabajo, centros de menores y jóvenes y otros para la tutela de la infancia, consultorios familiares y centros para la defensa de la familia y de la vida, casas para ancianos, enfermos crónicos y personas con discapacidad, rehabilitación de drogodependientes, hospitales, centros para la promoción de la mujer y víctimas de la violencia, centros de asistencia a migrantes, refugiados y prófugos y asesoría jurídica.

Durante esta pandemia de 2020, la Iglesia no solo ha continuado esta labor caritativa y asistencial, sino que ha redoblado esfuerzos para que nadie se quede atrás. Así, se activó toda la red de Cáritas para atender el incremento de peticiones de comida, se multiplicó el voluntariado joven, se reforzó la asistencia religiosa en los hospitales, en las morgues y en cementerios, y también a través del SARCU, y se acompañó telefónicamente el duelo, la soledad y la incertidumbre.

Más información sobre las actividades de la Iglesia en el folleto del Día de la Iglesia Diocesana y en la web de Xtantos. Para colaborar con la diócesis, se puede hacer de varias maneras.

29 de octubre: san Marcelo, el militar de Dios

José Calderero de Aldecoa

Marcelo fue centurión romano, pero dejó sus galones para servir a Dios. En una fiesta en celebración del emperador, arrojó sus insignias militares y se confesó católico y servidor de Cristo. Fue condenado a morir decapitado

Marcelo nació y vivió en León durante la segunda mitad del siglo III. Era centurión de la Legio VII Gemina Pía Félix. Estuvo casado con santa Nona, con la que tuvo doce hijos: Claudio, Lupercio, Victorio, Facundo, Primitivo, Emeterio, Celedonio, Servando, Germano, Fausto, Jenuario y Marcial.

Pero a san Marcelo no se le recuerda por ser un solícito padre de familia sino por su lealtad a Cristo. Cuando todos los demás se habían entregado a los sacrificios a los dioses y estaban de celebración, Marcelo decidió despojarse de su condición de militar para servir al único Señor verdadero.

La historia de Marcelo se sitúa el 28 de julio del año 298, fiesta de cumpleaños del emperador. Los soldados se divierten. Se suceden los sacrificios en honor del señor emperador y Marcelo, «centurión ordinario, como si se hubiese vuelto loco, se quitó espontáneamente el cinto militar y arrojó la espada y el bastón de centurión delante de las tropas de nuestros señores», asegura el gobernador Fortunato.
Marcelo ya no podía seguir sirviendo a ningún gobernador, ni a ningún césar. Marcelo, arrojando la espada, daba así testimonio de su fe asegurando que a partir de ahora solo serviría a Dios como cristiano.

El gobernador sintió el desplante como una afrenta y le comunicó el desquite al viceprefecto Agricolano. Fuel él quien juzgó al centurión y le condenó a morir decapitado por su traición. San Marcelo murió mártir, olvidado por sus compañeros pero ganado para la gloria de los altares.

José Calderero @jcalderero

Matrimonios que ayudan a que las familias hablen

Encuentro Matrimonial ha ayudado a muchas parejas a mejorar su comunicación y a superar juntos las incertidumbres por la pandemia

Fran Otero

Emi Doménech y Manolo Coronado son un matrimonio de Valencia implicados en Encuentro Matrimonial. Ellos y otras parejas  de este movimiento están viviendo los momentos actuales «como una oportunidad». De hecho, durante el confinamiento se dieron cuenta de que la pandemia había puesto de manifiesto necesidades sanitarias y económicas, pero, también, que estaba suponiendo una crisis de convivencia en las familias y generando muchas incertidumbres y miedos. Y como «especialistas en mejorar la relación de pareja y de esta con los hijos», decidieron hacer algo. «No podíamos hacer mascarillas ni respiradores, pero sí podíamos aportar en este sentido», reconocen en conversación con Alfa y Omega.

Así, junto con matrimonios de distintos lugares de España elaboraron varias campañas –#YoHabloConMiFamilia y #UnidosAnteLasIncertidumbres–, pensadas tanto para las familias del movimiento como para aquellas que no pertenecían a él.

Se volcaron en las redes sociales con mensajes que incluían vídeos, reflexiones, preguntas, dinámicas sencillas para que también pudiesen participar los niños. Todo orientado a ofrecer herramientas para favorecer el diálogo y mejorar la convivencia. Por ejemplo, ofrecieron pautas para afrontar las incertidumbres generadas por la situación –en el trabajo, en la educación, en el futuro de los hijos…– o recursos para mantener una conversación con nuestros mayores por teléfono y no caer en la rutina.

La iniciativa, cuentan Emi y Manolo, ya ha tenido un eco importante por parte de las familias que se han visto ayudadas y reconfortadas, entre ellas también no creyentes, y por diócesis y movimientos que han utilizado los materiales.

Impulso a lo digital

La pandemia también ha hecho que Encuentro Matrimonial recuperase una vieja propuesta para hacer sus tradicionales encuentros de fin de semana en formato online. En estos momentos, no queda más remedio. Y se lanzaron, explica la pareja.

La primera experiencia ya ha tenido lugar el pasado mes de septiembre con un resultado más que satisfactorio. Participaron matrimonios de por toda la geografía española, algunos de los cuales ya han confirmado que quieren formar parte del movimiento y participar en un grupo para seguir profundizando en su relación.

Para este matrimonio de Valencia pertenecer a Encuentro Matrimonial marca la diferencia. «Hay diferencia entre un matrimonio que se quiere y un matrimonio que se quiere y tiene herramientas para su crecimiento», apunta Emi. Un amor, continúa, que puede ayudar a cambiar el mundo. «Las parejas que se quieren influyen en el ambiente donde están y ayudan a hacer el mundo mejor», añade Manolo.

 

Cuando celebró Misa al lado del aeropuerto de Medellín (Colombia) en septiembre de 2017, el Papa Francisco expuso en su homilía algo sorprendente en la actuación de Jesús ante sus discípulos. Observó Jesús cómo los «preceptos, prohibiciones y mandatos» hacían sentir seguros a sus primeros seguidores, tanto que «los dispensaba de una inquietud, la inquietud de preguntarse: “¿Qué es lo que le agrada a nuestro Dios?”». Arrinconados y acomodados dentro de sus certezas, dejaron de discernir. Por eso Jesús tuvo que ponerlos frente a leprosos, paralíticos, y pecadores, cuyas realidades «demandaban mucho más que una receta o una norma establecida».

Sus declaraciones me vinieron a la mente cuando vi el torbellino de noticias provocado por las palabras del Papa sobre los homosexuales en el nuevo documental Francesco –procedentes en realidad de una entrevista de Televisa del año pasado–. Tanto los críticos del Papa de la derecha conservadora como los comentaristas liberales de nuestros medios mainstream cayeron en la misma equivocación de creer que el Papa había «cambiado la doctrina» de la Iglesia, cuando en realidad lo que hizo Francisco fue ir más allá de la doctrina, abriendo –de modo muy suave y delicado, como él suele hacer– un espacio donde muchos prefirieron no ir. 

«Las personas homosexuales tienen derecho a estar en una familia, son hijos de Dios, tienen derecho a una familia», dice en los cortes incluidos en el documental del director ruso (naturalizado americano) Evgeny Afineevsky. «Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil, tienen derecho a estar cubiertos legalmente», aseveró. ¿El Papa a favor del matrimonio gay? De ninguna manera. Para Francisco, el único matrimonio posible es una unión estable y comprometida entre un varón y una mujer abierta a comunicar vida, una unión que ofrece la posibilidad –no siempre realizada, pero prevista en la naturaleza de la institución– de criar a hijos naturales de esa unión. ¿El Papa por lo menos abierto a la posibilidad de relaciones homosexuales? Tampoco. Una de las citas de la entrevista de Televisa que Francesco no incluye fue lo que agregó: «Lo que dije es tienen derecho a una familia y eso no quiere decir aprobar los actos homosexuales». 

Como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el entonces arzobispo de Buenos Aires se opuso tenazmente al intento de redefinir legalmente el matrimonio por el entonces presidente, Néstor Kirchner. Pero tampoco quería herir la dignidad de nadie, ni oponerse a que las relaciones no matrimoniales estables de largo plazo tuvieran el respaldo y la protección de la ley. Reconoció que, sin llamarlo matrimonio, de hecho existen uniones muy estrechas entre personas del mismo sexo: comparten el mismo techo, se cuidan, se sacrifican el uno por el otro. Dos viudas que deciden vivir juntas, o dos hermanos, o quien sea, tienen derecho a ser reconocidos como familia si uno fuera trasladado al hospital, y a heredar, etc. Claro, las parejas del mismo sexo en una relación sexual también podrían acceder a esos mismos derechos. Pero no sería, en ese caso, una unión civil restringida a las parejas gay, sino más amplia. En vez de ser un matrimonio de segunda categoría –como han sido, por lo general, las uniones civiles del mismo sexo introducidas por los países europeos–, sería una institución abierta a todo tipo de convivencia estable y comprometida. 

Ante el proyecto de ley de Kirchner, el cardenal Bergoglio buscó persuadir a los otros obispos a no quedarse atrincherados en la negativa tajante al matrimonio del mismo sexo, sino a ofrecer esta alternativa que reflejara los valores del Evangelio: es decir, que reconociera la dignidad de todos los hijos de Dios y su derecho a estar «en familia», en una comunidad de vínculos de confianza y de amor. Pero perdió, porque la mayoría de obispos pensaban que tal propuesta se confundiría con el matrimonio. Algunos citaron el documento del Vaticano de 2003 oponiéndose a todo reconocimiento legal de las uniones gay. Pasó lo inevitable: el Gobierno logró polarizar el debate, poniendo a la Iglesia en el campo opositor a la igualdad, a los homosexuales, a los derechos civiles, y al amor. Perdió la Iglesia no solo la batalla legal, sino muchos corazones, sobre todo de los jóvenes. 

La tentación de aferrarse a una posición de pureza y resistencia dispensaba a los obispos de la necesidad de discernir, de preguntarse: «¿Qué quiere Dios para tantas parejas que no pueden acceder al matrimonio?, ¿cuál debe ser la postura del Estado ante esas uniones?».

Bergoglio, que pasaba mucho tiempo con los leprosos porteños  –los trans, los gay, los descartados de todo tipo–, sabía que necesitaban mucho más que una norma o una receta. Buscaban amor, aceptación, compromiso, maneras de servir a otros. Buscaban la vida de familia.

Cuando Francisco habla, pues, de una ley de convivencia civil creo que ha escogido bien sus palabras.  Consultado en 2017 por Dominique Wolton sobre la posibilidad de matrimonio para parejas del mismo sexo, el Papa contestó: «Llamémoslas uniones civiles, no hagamos bromas con la verdad». Por eso, en Francesco, habla de una ley de convivencia civil. No quiere que la Iglesia se refugie en la receta «matrimonio es entre un hombre y una mujer» sin ir más allá. El hecho de que el matrimonio sea único, insustituible, y claramente distinto de toda otra institución no es una excusa para discriminar contra los que nunca pueden acceder a ella. 

Sí, la Iglesia puede hacer las dos cosas a la vez. Puede defender y promover el matrimonio, pero al mismo tiempo promover el derecho de todos a la estabilidad, el compromiso y el amor. Como se ha demostrado en la reacción de furia y de decepción a las palabras del Papa, esto no es terreno fácil. Pero es el terreno de Jesús. 

En diciembre se publica Papa Francisco. Soñemos juntos. El Camino a un futuro mejor. Conversaciones con Austen Ivereigh (Plaza y Janés)

Las piedras vivas de la capilla del Obispo

La capilla del Obispo celebra diez años de su reapertura al público atendida por las hermanitas del Cordero, que ejercen desde ahí su misión mendicante

Begoña Aragoneses

Fue en la plaza Mayor, una de las noches en que las hermanitas del Cordero acudieron al encuentro de los pobres. «¿Qué nos traéis?», dijo uno. La respuesta de su compañero fue tumbativa: «¿Pero no te das cuenta de que nos traen a Dios?». Nos lo cuenta la hermana Dominika, polaca, que habla también con la mirada ahora que la mascarilla tapa el resto. Junto a ella, las hermanas Joana, española, y Marie-Aimée, francesa y responsable de la fraternidad de Madrid, van desgranando su vida en una suerte de balance de sus diez años como encargadas de la liturgia en la capilla del Obispo. 

Fue en 2010 cuando este espacio reabrió al público tras una importante restauración y después de que la casa de Alba lo cediera a la diócesis de Madrid, y esta a las hermanitas para su cuidado. Una joya del gótico del siglo XVI que fue diseñada para albergar los restos de san Isidro aunque finalmente son los del obispo Gutierre de Vargas los que reposan en ella. Hijo de Francisco de Vargas, para quien había trabajado el santo patrón de Madrid, el obispo impulsó su construcción y de ahí el nombre oficioso, porque oficialmente es la capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán.

«Vosotras sois la Iglesia», les dijo el arzobispo, cardenal Carlos Osoro, a las seis hermanitas que forman la fraternidad en la solemne Eucaristía que se celebró el pasado sábado, 24 de octubre, en acción de gracias por este décimo aniversario. La frase se les clavó en el corazón porque describió perfectamente su carisma: «Hermanitas pobres con los pobres en el corazón de la Iglesia». 

Son misioneras, esencia de la Iglesia; orantes-contemplativas porque «toda nuestra vida está basada en la oración»; y mendicantes: viven de la Providencia, acuden a pedir a las casas, a los comedores sociales –«a veces nos apremian para que acabemos rápido porque empezamos a hablar y hablar…»–, «hacemos cola con los pobres, vamos a ellos con las manos vacías» pero con una oferta franca de amistad. En definitiva, «visitamos a nuestros hermanos». 

Tender puentes

También los atienden en la capilla, y así han podido ver milagros, «transformaciones del corazón» porque se les ofrece un lugar en el que «beber de la fuente; el fuego del hogar». Como el caso de una persona en situación de calle desde hace años que recibirá, después de un largo proceso y con un gran deseo, el Bautismo. O el de una mujer del Congo a la que conocieron en el comedor social. O el de otro que ahora es su mano derecha en las gestiones de la casa. Todos han paticipado estos años en la Mesa Abierta, una comida de fraternidad que sigue a la Eucaristía de 12:30 horas de los sábados, y a la que se sientan también «ricos». Es tender puentes: «Para ellos es un honor que un pobre se siente a su lado, y para el pobre es una dignificación», dice Joana.

La familia creada por las hermanitas del Cordero incluye, además de a los pobres, a matrimonios, jóvenes, sacerdotes, laicos consagrados… Son las piedras vivas de un alojamiento por el que están muy agradecidas –«en él hemos podido empezar a vivir nuestro carisma de amor por los pobres»–, pero que es provisional. Tarde o temprano, las hermanas abandonarán la capilla del Obispo por un «pequeño monasterio urbano» en el centro de Madrid «que transparente más nuestra vida de pobreza, la belleza y la sencillez que habla de Dios mendigo; Él es el primer mendigo de nuestro amor», concluye Dominika. 

El día a día

Las hermanitas comienzan con un rato de adoración y rezo del oficio, de 7:00 a 8:45 horas. El desayuno, en silencio al igual que la cena, da paso al tiempo de servicio, acogida, limpieza, cocina, preparación de la liturgia… «A mediodía –explica Marie-Aimée– comemos en fraternidad o vamos de misión-mendicidad». La tarde sigue la tónica de la mañana, y de 18:00 a 20:00 horas celebran Eucaristía y adoración. En el rato que estamos con las hermanas, las llamadas a la puerta y al teléfono no han parado: «El día está intercalado de venidas del Señor», resume Joana. Ahora, no salen a pedir por las casas y la Mesa Abierta se ha reducido a dos o tres personas. Todo compensado, sin embargo, con más acogidas: «Nuestra mesa ahora está abierta todos los días para ofrecer el corazón de la vida monástica».

La posada de Javier

El encuentro con Dios lo llevó a hacer una opción por los «hermanos desechados», a los que recupera a través de la gratuidad

Fran Otero

El día que el hotel que dirigía –uno de los más lujosos de Sevilla– consiguió una estrella Michelín, Javier García Valcárcel estaba recogiendo de la calle a José, hijo de una prostituta al que todos llamaban don Simón. Mientras su teléfono no paraba de recibir llamadas y mensajes de felicitación, él lo subía a su coche, lo cargaba desde el garaje hasta su casa y lo lavaba en su baño. Cuando Javier echa la mirada atrás –han pasado diez años– sigue viendo la mano de Dios en todo aquello, que le indicó por «dónde estaba su Reino». La de José es una de tantas historias que ha vivido Javier –laico de la archidiócesis de Sevilla y padre de familia–, de tantos Cristos que ha tocado en la última década, después de un encuentro «muy fuerte» con Dios en el Camino de Santiago. De esa experiencia surgió una llamada a servir a las personas de la calle, a convertirse en un buen samaritano de hoy, como propone el Papa en la Fratelli tutti

Primero fueron los nigerianos que reparten pañuelos en los semáforos de Sevilla, a los que estuvo llevando el desayuno todas las mañanas durante un período de desempleo. Se bautizaron ocho. Más tarde –cuando ya dirigía el hotel– comenzó a recoger a personas de la calle y a llevarlas a su propia casa, personas que parecían «despojos», «hermanos desechados», con los que ha tenido, reconoce, «encuentros muy íntimos con Jesucristo».

Desde entonces, lo único que no ha cambiado en su vida es la cercanía a los que sufren. Cambió de trabajo, tras ser despedido del hotel, y se puso detrás de la barra de un bar –se lo ofrecieron sus exjefes a través del que empleaba a los nigerianos y conseguía su regularización. Cambió de vivienda, pues se fue a vivir a una casa de espiritualidad de un movimiento eclesial, cuya gestión le confiaron tras haber realizado un plan de viabilidad. Aumentó la familia, con el nacimiento de Julia Benedicta y Sofía María, con síndrome de Down, fruto de su matrimonio con Julia.

En todo este tiempo, por su piso y por la casa de espiritualidad han pasado más de 30 personas. Como Álex, hijo de un norteamericano y una española, un joven que escuchó el grito de su madre cuando esta se arrojaba al vacío desde una torre en Estados Unidos y que acabó en las fauces de la droga: «Hoy se ha sacado un grado superior de FP, está estudiando oposiciones y se ha reconciliado con su abuela». O Paolo, un italiano que llevaba más de diez años desaparecido, con esquizofrenia paranoide, que llegó «sucio y oliendo mal» y que ahora es otra persona. O María, con problemas de alcoholismo, que ha tenido una gran evolución gracias a las niñas y no consume desde hace siete meses. También Rafael, Ana, Stefan… 

Las personas que acoge suelen tener la voluntad anulada, heridas profundas por cuestiones como el abandono familiar y, en su gran mayoría, adicciones. Vidas que no encuentran lugares donde sanarse porque son incapaces de cumplir las exigencias. «Hay corazones que no pueden soportar que los rechacen cuando fallan. Debe haber un lugar donde se permitan las caídas y trabajar con ellas. Y se ilumine el entendimiento con la Palabra del Señor», explica Javier.

Su acogida se basa en la gratuidad y en el nivel de exigencia bajo. Todo ello iluminado por la oración. En su opinión, estos hombres y mujeres «necesitan una espalda a la que golpear para salvarse». Y añade: «La única forma de decir que Dios es amor es poniendo la espalda para que vean cómo se puede perdonar tanto. Hay vidas que necesitan gratuidad hasta el aburrimiento».

De siete a 17

Toda esta experiencia se ha intensificado en los últimos meses, con el coronavirus. Antes de que se decretase el confinamiento, Javier y su familia tenían acogidas a siete personas. Luego llegarían más a través de Cáritas, un sacerdote o los propios «hermanos acogidos». Así hasta 17. Con el bar cerrado para siempre por la pandemia, principal fuente de ingresos, lo único que entraba en la casa era lo que Javier y Julia recibían en concepto de ayuda del autónomo. Recibieron «guiños del Señor» y experimentaron su providencia. Llegaron ayudas económicas del movimiento Emaús, que lo había llamado en alguna ocasión para charlas, de sacerdotes, de los padres de los chicos…

Para ellos,  el confinamiento «un regalo de Dios; un momento duro, pero bonito». Cada día, Javier convocaba a todos, creyentes o no, a que se pusiesen delante de Dios a las 23:00 horas para dar gracias: «Ha habido muchos llantos y desconsuelos y han escrito oraciones preciosas para no tener contacto con la fe. No hemos visto frutos de conversión, pero sí semillas», añade.

En estos momentos, el futuro «está en manos de Dios». La propiedad y el propio Javier entendieron que la casa estaba pensada para retiros espirituales y no para la acogida y, por ello, han reubicado a todos los acogidos excepto a cuatro, que siguen viviendo allí. «Estamos esperando a ver lo que quiere el Señor. Puede ser ir a otra casa. De hecho, nos van a enseñar una hacienda. Estamos expectantes y esperanzados», concluye.

Chile se reescribe

Los chilenos iniciaron el domingo el proceso para elaborar una nueva Constitución, en la que la Iglesia aspira a incluir «los valores cristianos sobre los que se cimenta la vida de nuestra nación»

José Calderero de Aldecoa

Chile vive horas históricas. Este domingo una gran mayoría de ciudadanos votaron a favor de reescribir la  actual Constitución, aprobada en 1980 durante la dictadura de Pinochet. La participación –una de las más altas en la historia– fue superior al 50 % del total de electores. De todos ellos, un 80 % votó por el cambio de la carta magna. Tras conocerse el resultado, la Conferencia Episcopal Chilena emitió un comunicado en el que pide «unidad» a todos los actores sociales y políticos para construir «un mejor país» y, a los católicos, involucrarse en el proceso constituyente con su participación y oración. «Es necesario promover en la nueva carta fundamental los valores cristianos esenciales sobre los que se ha cimentado la vida de nuestra nación», señalan los obispos. 

El plebiscito se celebró después de un acuerdo entre el Gobierno de Sebastián Piñera y la práctica totalidad de los partidos de la oposición para tratar de frenar las protestas surgidas hace un año. El desencadenante fue la subida del precio del billete de metro, pero pronto se convirtió en una reivindicación a favor de mejoras en los servicios básicos. 

Este «estallido social» fue tomado en consideración por parte de la Iglesia chilena, que «siempre ha apoyado la posibilidad de que todo el mundo pueda expresar sus legítimos intereses, y más cuando estos tratan de ayudar a los más vulnerables de la sociedad», asegura a Alfa y Omega el secretario general de la Conferencia Episcopal de Chile, monseñor Fernando Ramos. De hecho, el también obispo de Puerto Montt tilda de «positivo» el anhelo «de una mayor justicia, de una mejor educación o de un sistema de pensiones más equitativo» expresado por los manifestantes, pues son postulados que la Iglesia local defiende desde hace décadas.

Quema de templos

Sin embargo, la coincidencia de reivindicaciones entre los manifestantes y la Iglesia sorprende después de que el mundo entero fuera testigo recientemente de la quema de dos templos durante el aniversario del estallido social de octubre de 2019. «Estas acciones de gran violencia causan mucho dolor porque los templos, más allá del lugar físico, representan al pueblo de Dios», asegura monseñor Ramos. Pero el prelado advierte de que no se puede inculpar a la totalidad de los manifestantes –«la gran mayoría se expresaron pacíficamente»–, sino a un «pequeño grupo de violentos, de corte anarquista», que no compartían las pretensiones de los organizadores y que, además de quemar las iglesias, vandalizaron muchos otros edificios públicos».

A pesar de exculpar a la mayoría de los manifestantes de las acciones violentas de los últimos días, monseñor Ramos sí hace autocrítica y reconoce un clima de desafección generalizado hacia la Iglesia, principalmente a causa de la lacra de «los abusos» cometidos por sacerdotes. Estos «han provocado mucho dolor en todos», asegura por su parte el nuncio en Chile, Alberto Ortega, quien llegó hace un año al país. Los católicos «estamos llamados a mirar de frente a esta crisis para transformarla en ocasión de un nuevo caminar y de dar un paso adelante al servicio de todos nuestros hermanos, en especial de los más necesitados», añade a este semanario el diplomático vaticano.

Iglesia en salida

En este sentido, el nuncio destaca «la respuesta que la Iglesia chilena ha dado a las necesidades que la pandemia ha puesto de manifiesto: ha ofrecido muchas estructuras para convertirlas en residencias sanitarias o para alojar a la gente sin techo», señala a modo de ejemplo. También se atiende a quienes viven en la calle y no quieren salir de ella. «Con el programa Ruta Calle llevamos comida caliente a diario y hacemos un seguimiento médico para tratar de evitar que se contagien con la COVID-19», añade monseñor Ramos, quien además subraya la campaña Nadie se salva solo, con la que «recaudamos fondos y víveres para llevar a las familias que han perdido su trabajo». «El último conteo hablaba de varios millones de dólares recaudados».

Precisamente, «el desafío más grande en la actualidad es posicionarnos dentro de la sociedad como esa Iglesia en salida que tanto pide el Papa», concluye el secretario general del episcopado. Un camino que «sigue muy de cerca» Francisco, incluso con su oración diaria, desvela el nuncio Ortega. 

Políticos católicos

Soledad Alvear, excandidata presidencial

Votó a favor de una nueva Constitución porque «me parecía una salida democrática para enfrentar los desafíos». Tras la victoria, cree que «los católicos debemos participar activamente en el proceso» y «ser un puente de diálogo entre visiones que pueden resultar polarizadas».

Francisco Chahuán, senador:

Militante de Renovación Nacional, es también miembro de la red iberoamericana de católicos con responsabilidades políticas, impulsada por Osoro y la Academia Latinoamericana de Líderes Católicos. Votó en contra de la nueva Constitución. Ahora pide implementar un «proyecto común» y espera poder «colaborar en este proceso constituyente que se inicia».

Sant’Egidio y la paz en Sudán del Sur: «No nos interesa dar la solución»

Los movimientos rebeldes de Sudán del Sur que en 2018 rechazaron el acuerdo de paz acordaron hace unos días implicarse en los mecanismos concretos de negociación, tanto militar como política, que salieron de ellos. Noviembre será un mes clave, y Paolo Impagliazzo, que acompaña el proceso desde la Comunidad de Sant’Egidio, explica las claves

María Martínez López

Uno de los efectos inesperados de la pandemia de COVID-19 fue el agravamiento del conflicto armado en Sudán del Sur. Mientras tanto la ONU como el Papa Francisco insistían en su llamamiento a un alto el fuego global que ayudara a los países a hacer frente al coronavirus, en el país más joven del mundo «desgraciadamente hubo muchos enfrentamientos», explica a Alfa y Omega Paolo Impagliazzo, que acompaña desde la Comunidad de Sant’Egidio el proceso de paz en el país.

Por eso fue tan importante que el 14 de octubre el Gobierno y la Alianza de Movimientos de Oposición de Sudán del Sur (SSOMA por sus siglas en inglés) «renovaran su compromiso» con el cese de hostilidades que habían acordado, con la mediación de Sant’Egidio, en enero. El SSOMA agrupa a los grupos rebeldes que no participaron en el acuerdo de paz firmado en 2018. «La meta era juntarlos en la misma habitación», porque cuando eso ocurre y hay diálogo político, «también influye en los ejércitos», que están más dispuestos a «hacer callar las armas. Y ese es nuestro principal interés».

La influencia del coronavirus

La mayoría de choques tuvieron lugar en el sur, en Ecuatoria. Los protagonizaron grupos vinculados al SSOMA, aprovechándose de que debido a las medidas para prevenir la difusión del coronavirus «la misión de la ONU no ha podido viajar para hacer el seguimiento del cese de hostilidades». El hecho de que por el mismo motivo se hubieran pospuesto las negociaciones no ayudó.

«También ha habido otros choques, no solo en esa región, como consecuencia de la inestabilidad del país» y de la toma de posesión del nuevo Gobierno de coalición. Este incluye, ahora, a miembros de todos los grupos firmantes del acuerdo de 2018. Incluido el vicepresidente Riek Machar, que recupera el cargo que ocupaba antes del comienzo de la guerra civil en 2013.

El reencuentro

A pesar de todo lo ocurrido, el reencuentro en la sede de Sant’Egidio en Roma «no fue difícil», aclara Impagliazzo. «Tanto el Gobierno como la oposición llevaban tiempo esperando» poder volver a la mesa de negociaciones. «Lo hicimos en cuanto lo permitió la pandemia». Y se dieron pasos importantes, como que el SSOMA aceptara integrarse en el mecanismo de seguimiento de las violaciones del cese de hostilidades. Del 9 al 12 de noviembre, en un nuevo encuentro, se discutirán los detalles para implementar este acuerdo «y para promover la confianza entre los distintos ejércitos».

Ambas partes también elaboraron la lista de temas que guiará la próxima ronda de conversaciones políticas, del 30 de noviembre al 5 de diciembre. Se trata de cuestiones clave para el futuro del país, como la propiedad de la tierra, el desarme de civiles y de niños soldado, el sistema de gobernanza o la reforma del sistema de seguridad para la formación de un único ejército nacional. Sobre otras cuestiones que alguna de las partes quería poner sobre la mesa «no hubo acuerdo y las conversaciones deberán continuar».

Los temas que sí se van a debatir, en realidad, «ya estaban en el acuerdo de 2018», puntualiza el negociador de Sant’Egidio. Al igual que en el proceso militar, el avance está en que ahora el SSOMA se integrará en unas conversaciones de las que antes no quiso formar parte. «Su posición en cuestiones como el federalismo o la elaboración de una nueva Constitución es bastante diferente» a la de los movimientos que ya han quedado integrados en el nuevo Gobierno. «Pero hay voluntad de diálogo y se puede profundizar la discusión» de forma «fructífera». «Quizá puedan surgir nuevas ideas que nos permitan encontrar un terreno común».

Paz también fuera de sus fronteras

Sant’Egidio no considera que su labor como propiciador del diálogo sea hacer propuestas sobre formas de encontrar puntos de acuerdo. «Nos interesa dejarles discutir ampliamente sin darles la solución», subraya Impagliazzo. Pero también trabajan sobre los temas para «poder ofrecerles», si se lo piden, un catálogo de posibles salidas; por ejemplo, «sobre los tipos de sistemas federales» implantados en diferentes países.

Impagliazzo ve muy positivo que, incluso cuando su propio proceso de paz estaba paralizado, Sudán del Sur haya participado como mediador en otros conflictos, por ejemplo acogiendo y acompañando las negociaciones que llevaron en agosto a la firma en Juba del histórico acuerdo de paz de su vecino Sudán. «Es algo muy importante», pues muestra la importancia que tiene la relación entre ambos países (que antes estaban unidos), y «que el Gobierno de Sudán del Sur es buen mediador y está dispuesto a implicarse con otros». Algo que también habla de su capacidad de compromiso con la oposición.

Leyendo un día los escritos de y sobre la madre Teresa de Calcuta, me impresionó cómo entendió que su vida era para los otros, muy especialmente para quienes no tenían nada. Esto me llevó a pensar en cómo educar para servir a todos y no a uno mismo. Descubrí que la mejor manera de entender quién es el otro y qué quiere de mí se podía descubrir con más hondura escudriñando y ahondando en lo que significan estas palabras de Jesús en la cruz: «Tengo sed».

Estas palabras las había leído muchas veces y son las mismas que cambiaron la vida de la madre Teresa. Ella explicaba: «“Tengo sed”, dijo Jesús en la cruz, cuando fue privado de todo consuelo, muriendo en la pobreza absoluta, abandonado, despreciado y roto en cuerpo y alma. Él habló de su sed no de agua, sino de amor, de sacrificios. Jesús es Dios: por tanto, Su amor, Su sed es infinita» (Explicación de las constituciones originales). Para santa Teresa de Calcuta tienen un sentido tan profundo que su camino existencial fue de otra manera. Cuando las acogió, asumió el compromiso de dar su vida por los otros, como ya hacía, pero añadió una dimensión nueva: la daba acercándose a quienes tenían más sed, a los más pobres.

¿Cómo podemos educar para ser capaces de mirar a los demás así? Como nos describe el apóstol san Pablo «tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia» (Fil   2, 5-7). El Hijo de Dios nos enseñó a ser hermanos de todos los hombres. Nadie de nosotros puede renunciar a ser hermano de los demás ni a mostrarlo en concreto con el que tiene a su lado. En la educación hemos de mostrar que nuestra misión es ser sostén, acompañante y guía de los demás. Y lo hemos de hacer de un modo consciente, con entusiasmo y no como una carga, pues estamos llamados a crear fraternidad, con las razones que nos ha dado Dios y que entendemos cuando nos dejamos hacer la misma pregunta que hizo a Caín: «¿Dónde está tu hermano?».

Son de una hondura especial las palabras de la madre Teresa cuando confiesa que el «tengo sed» le hizo entender que su vida era para los otros y que debía tener esa predilección especial por los más pobres: «Fue aquel día de 1946, en el tren de Darjeeling, cuando Dios me hizo la llamada dentro de la llamada para saciar la sed de Jesús sirviéndole en los más pobres de los pobres». Estas palabras la llevaron a la radicalidad más absoluta; a cada uno de nosotros nos llevan a entender que la radicalidad para servir al otro, la radicalidad para tener al otro como hermano, para construir un mundo donde oiga que debo abandonar lo mío para ponerme al servicio del otro, es una tarea para la que debo estar disponible.

Ese «tengo sed», en cada uno de una manera, se manifiesta en la urgencia de ponernos todos al servicio de los demás. Lo nuestro no es el egoísmo, es la donación al otro. Somos servidores de los otros no por imposición, sino porque hemos sido creados para salir de nosotros mismos: nuestra vida es para los demás, es un sinsentido encerrarnos en nosotros mismos. Y ello lo hemos de hacer con entusiasmo: no nos puede costar estar abiertos a los demás. Viviendo para los demás seremos felices y haremos felices a los demás; responderemos a la constitución de nuestra vida tal y como el Creador nos hizo. Pero además esto es lo razonable de personas con racionalidad, pues encerrados en nosotros mismos nos agriamos. Necesitamos a los demás para crecer y desarrollarnos. No son un estorbo, sino que nos debemos a ellos. Las palabras que sintió la madre Teresa de Calcuta como invitación de Jesús son válidas para entendernos a nosotros mismos: «Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. Ellos no me conocen, y por lo tanto no me quieren. Tú ven, ve entre ellos. Llévame contigo a ellos. Cuánto anhelo entrar en sus agujeros, en sus oscuros e infelices hogares. Ven, sé su víctima. En tu inmolación, en tu amor por Mí ellos Me verán, Me conocerán. Me querrán» (carta al arzobispo Ferdinand Périer, 3 de diciembre de 1947).

Estamos llamados a ser prójimos, no meros vecinos. Se nos llama a la projimidad, a vivir para el otro. Tenemos que educar para ello. Cada momento histórico nos pedirá reinventar nuevos métodos y encontrar recursos, pero siempre tendremos que estar preguntándonos y reflexionando sobre quiénes entran en nuestra vida físicamente o a través de las pantallas, qué nos entregan, qué cosas se nos presentan como importantes, cuáles son las ocupaciones que llenan nuestro tiempo, de qué y por quién buscamos la orientación de nuestras vidas… Para ello, tengamos presentes estas tres claves:

1. Generemos procesos más que dominar espacios. Importa impulsar con mucho amor procesos de maduración de la liberad para capacitar y realizar un crecimiento integral.

2. Comprendamos que lo que importa es ver dónde se está existencialmente, qué convicciones, objetivos, deseos y proyectos de vida se tienen.

3. Tomemos conciencia del camino real en el que estamos metidos, dónde tenemos situada nuestra alma, qué es lo que realmente sabemos y qué buscamos para nuestro hogar común. Es importante que las personas vean que su vida y la de la comunidad están en sus manos y que esa libertad es un don inmenso.