Alfa y Omega
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Texto completo del mensaje del Papa para la Jornada de las Comunicaciones Sociales de 2022

Francisco reflexiona este año sobre la necesidad de escuchar, «decisivo en la gramática de la comunicación y condición para un diálogo auténtico»

Papa Francisco

Escuchar con los oídos del corazón

Queridos hermanos y hermanas:

El año pasado reflexionamos sobre la necesidad de «ir y ver» para descubrir la realidad y poder contarla a partir de la experiencia de los acontecimientos y del encuentro con las personas. Siguiendo en esta línea, deseo ahora centrar la atención sobre otro verbo, «escuchar», decisivo en la gramática de la comunicación y condición para un diálogo auténtico.

En efecto, estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas más importantes de la vida civil. Al mismo tiempo, la escucha está experimentando un nuevo e importante desarrollo en el campo comunicativo e informativo, a través de las diversas ofertas de podcast y chat audio, lo que confirma que escuchar sigue siendo esencial para la comunicación humana.

A un ilustre médico, acostumbrado a curar las heridas del alma, le preguntaron cuál era la mayor necesidad de los seres humanos. Respondió: «El deseo ilimitado de ser escuchados». Es un deseo que a menudo permanece escondido, pero que interpela a todos los que están llamados a ser educadores o formadores, o que desempeñen un papel de comunicador: los padres y los profesores, los pastores y los agentes de pastoral, los trabajadores de la información y cuantos prestan un servicio social o político.

Escuchar con los oídos del corazón

En las páginas bíblicas aprendemos que la escucha no sólo posee el significado de una percepción acústica, sino que está esencialmente ligada a la relación dialógica entre Dios y la humanidad. «Shema’ Israel – Escucha, Israel» (Dt 6, 4), el íncipit del primer mandamiento de la Torah se propone continuamente en la Biblia, hasta tal punto que san Pablo afirma que «la fe proviene de la escucha» (Rm 10, 17). Efectivamente, la iniciativa es de Dios que nos habla, y nosotros respondemos escuchándolo; pero también esta escucha, en el fondo, proviene de su gracia, como sucede al recién nacido que responde a la mirada y a la voz de la mamá y del papá. De los cinco sentidos, parece que el privilegiado por Dios es precisamente el oído, quizá porque es menos invasivo, más discreto que la vista, y por tanto deja al ser humano más libre.

La escucha corresponde al estilo humilde de Dios. Es aquella acción que permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y, escuchando, lo reconoce como su interlocutor. Dios ama al hombre: por eso le dirige la Palabra, por eso «inclina el oído» para escucharlo.

El hombre, por el contrario, tiende a huir de la relación, a volver la espalda y «cerrar los oídos» para no tener que escuchar. El negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro, como les sucedió a los oyentes del diácono Esteban, quienes, tapándose los oídos, se lanzaron todos juntos contra él (cf. Hch 7, 57).

Así, por una parte está Dios, que siempre se revela comunicándose gratuitamente; y por la otra, el hombre, a quien se le pide que se ponga a la escucha. El Señor llama explícitamente al hombre a una alianza de amor, para que pueda llegar a ser plenamente lo que es: imagen y semejanza de Dios en su capacidad de escuchar, de acoger, de dar espacio al otro. La escucha, en el fondo, es una dimensión del amor.

Por eso Jesús pide a sus discípulos que verifiquen la calidad de su escucha: «Presten atención a la forma en que escuchan» (Lc 8, 18); los exhorta de ese modo después de haberles contado la parábola del sembrador, dejando entender que no basta escuchar, sino que hay que hacerlo bien. Sólo da frutos de vida y de salvación quien acoge la Palabra con el corazón «bien dispuesto y bueno» y la custodia fielmente (cf. Lc 8, 15). Sólo prestando atención a quién escuchamos, qué escuchamos y cómo escuchamos podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo centro no es una teoría o una técnica, sino la «capacidad del corazón que hace posible la proximidad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 171).

Todos tenemos oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón. El rey Salomón, a pesar de ser muy joven, demostró sabiduría porque pidió al Señor que le concediera «un corazón capaz de escuchar» (1 Re 3, 9). Y san Agustín invitaba a escuchar con el corazón (corde audire), a acoger las palabras no exteriormente en los oídos, sino espiritualmente en el corazón: «No tengan el corazón en los oídos, sino los oídos en el corazón»[1]. Y san Francisco de Asís exhortaba a sus hermanos a «inclinar el oído del corazón»[2].

La primera escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es la escucha de sí mismo, de las propias exigencias más verdaderas, aquellas que están inscritas en lo íntimo de toda persona. Y no podemos sino escuchar lo que nos hace únicos en la creación: el deseo de estar en relación con los otros y con el Otro. No estamos hechos para vivir como átomos, sino juntos.

La escucha como condición de la buena comunicación

Existe un uso del oído que no es verdadera escucha, sino lo contrario: el escuchar a escondidas. De hecho, una tentación siempre presente y que hoy, en el tiempo de las redes sociales, parece haberse agudizado, es la de escuchar a escondidas y espiar, instrumentalizando a los demás para nuestro interés. Por el contrario, lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta.

Lamentablemente, la falta de escucha, que experimentamos muchas veces en la vida cotidiana, es evidente también en la vida pública, en la que, a menudo, en lugar de oír al otro, lo que nos gusta es escucharnos a nosotros mismos. Esto es síntoma de que, más que la verdad y el bien, se busca el consenso; más que a la escucha, se está atento a la audiencia. La buena comunicación, en cambio, no trata de impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al interlocutor, sino que presta atención a las razones del otro y trata de hacer que se comprenda la complejidad de la realidad. Es triste cuando, también en la Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan contraposiciones estériles.

En realidad, en muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista. En estas situaciones, como señala el filósofo Abraham Kaplan[3], el diálogo es un «diálogo», un monólogo a dos voces. En la verdadera comunicación, en cambio, tanto el como el yo están «en salida», tienden el uno hacia el otro.

Escuchar es, por tanto, el primer e indispensable ingrediente del diálogo y de la buena comunicación. No se comunica si antes no se ha escuchado, y no se hace buen periodismo sin la capacidad de escuchar. Para ofrecer una información sólida, equilibrada y completa es necesario haber escuchado durante largo tiempo. Para contar un evento o describir una realidad en un reportaje es esencial haber sabido escuchar, dispuestos también a cambiar de idea, a modificar las propias hipótesis de partida.

En efecto, solamente si se sale del monólogo se puede llegar a esa concordancia de voces que es garantía de una verdadera comunicación. Escuchar diversas fuentes, «no conformarnos con lo primero que encontramos» –como enseñan los profesionales expertos– asegura fiabilidad y seriedad a las informaciones que transmitimos. Escuchar más voces, escucharse mutuamente, también en la Iglesia, entre hermanos y hermanas, nos permite ejercitar el arte del discernimiento, que aparece siempre como la capacidad de orientarse en medio de una sinfonía de voces.

Pero, ¿por qué afrontar el esfuerzo que requiere la escucha? Un gran diplomático de la Santa Sede, el cardenal Agostino Casaroli, hablaba del «martirio de la paciencia», necesario para escuchar y hacerse escuchar en las negociaciones con los interlocutores más difíciles, con el fin de obtener el mayor bien posible en condiciones de limitación de la libertad. Pero también en situaciones menos difíciles, la escucha requiere siempre la virtud de la paciencia, junto con la capacidad de dejarse sorprender por la verdad –aunque sea tan sólo un fragmento de la verdad– de la persona que estamos escuchando. Sólo el asombro permite el conocimiento. Me refiero a la curiosidad infinita del niño que mira el mundo que lo rodea con los ojos muy abiertos. Escuchar con esta disposición de ánimo –el asombro del niño con la consciencia de un adulto– es un enriquecimiento, porque siempre habrá alguna cosa, aunque sea mínima, que puedo aprender del otro y aplicar a mi vida.

La capacidad de escuchar a la sociedad es sumamente preciosa en este tiempo herido por la larga pandemia. Mucha desconfianza acumulada precedentemente hacia la «información oficial» ha causado una «infodemia», dentro de la cual es cada vez más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información. Es preciso disponer el oído y escuchar en profundidad, especialmente el malestar social acrecentado por la disminución o el cese de muchas actividades económicas.

También la realidad de las migraciones forzadas es un problema complejo, y nadie tiene la receta lista para resolverlo. Repito que, para vencer los prejuicios sobre los migrantes y ablandar la dureza de nuestros corazones, sería necesario tratar de escuchar sus historias, dar un nombre y una historia a cada uno de ellos. Muchos buenos periodistas ya lo hacen. Y muchos otros lo harían si pudieran. ¡Alentémoslos! ¡Escuchemos estas historias! Después, cada uno será libre de sostener las políticas migratorias que considere más adecuadas para su país. Pero, en cualquier caso, ante nuestros ojos ya no tendremos números o invasores peligrosos, sino rostros e historias de personas concretas, miradas, esperanzas, sufrimientos de hombres y mujeres que hay que escuchar.

Escucharse en la Iglesia

También en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros. Nosotros los cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por Aquel que es el oyente por excelencia, a cuya obra estamos llamados a participar. «Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios»[4]. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer nos recuerda de este modo que el primer servicio que se debe prestar a los demás en la comunión consiste en escucharlos. Quien no sabe escuchar al hermano, pronto será incapaz de escuchar a Dios[5].

En la acción pastoral, la obra más importante es «el apostolado del oído». Escuchar antes de hablar, como exhorta el apóstol Santiago: «Cada uno debe estar pronto a escuchar, pero ser lento para hablar» (1, 19). Dar gratuitamente un poco del propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad.

Hace poco ha comenzado un proceso sinodal. Oremos para que sea una gran ocasión de escucha recíproca. La comunión no es el resultado de estrategias y programas, sino que se edifica en la escucha recíproca entre hermanos y hermanas. Como en un coro, la unidad no requiere uniformidad, monotonía, sino pluralidad y variedad de voces, polifonía. Al mismo tiempo, cada voz del coro canta escuchando las otras voces y en relación a la armonía del conjunto. Esta armonía ha sido ideada por el compositor, pero su realización depende de la sinfonía de todas y cada una de las voces.

Conscientes de participar en una comunión que nos precede y nos incluye, podemos redescubrir una Iglesia sinfónica, en la que cada uno puede cantar con su propia voz acogiendo las de los demás como un don, para manifestar la armonía del conjunto que el Espíritu Santo compone.

Roma, San Juan de Letrán, 24 de enero de 2022, Memoria de san Francisco de Sales.

Francisco

Notas

[1] «Nolite habere cor in auribus, sed aures in corde» ( Sermo 380, 1: Nuova Biblioteca Agostiniana 34, 568).

[2] Carta a toda la Orden: Fuentes Franciscanas, 216.

[3] Cf. The life of dialogue, en J. D. Roslansky ed., Communication. A discussion at the Nobel Conference, North-Holland Publishing Company – Amsterdam 1969, 89-108.

[4] D. Bonhoeffer, Vida en comunidad, Sígueme, Salamanca 2003, 92.

[5] Cf. ibíd., 90-91.

Luis Peralta: «La Iglesia se quedó desnutrida al independizarse de Portugal»

María Martínez López

El salesiano español Luis Peralta llegó a Cabo Verde en 2002, después de sentir la llamada a la misión. Allí dirige el colegio de su congregación en Mindelo, en la isla de San Vicente, la segunda más grande del país.

¿Qué le llamó más la atención al llegar a Cabo Verde?
Lo mejor son las personas y su acogida. Hasta tienen una palabra para ello, morabeza. También son personas inteligentes, que gozan aprendiendo, con gran capacidad de trabajo y empeño. Hay chavales a los que, a pesar de la falta de medios, les encanta leer y aprender.

¿Su principal labor allí es la educación y la pastoral juvenil?
Tenemos un colegio de 1.450 alumnos que es una referencia. Ahora estamos más centrados en él, porque cuando yo llegué teníamos a nuestro cargo la parroquia que abarcaba toda la isla, con 90.000 habitantes. Después de la independencia, en 1975, muchos sacerdotes volvieron a Portugal y la Iglesia se quedó un poco desnutrida. Pero a partir de la creación en 2003 de la nueva diócesis de Mindelo hubo una primavera. Vinieron religiosos, la parroquia se transformó en tres y pasó a sacerdotes diocesanos.

Cabo Verde es un país mayoritariamente católico. ¿Se mantienen los frutos de la evangelización portuguesa?
Es un punto estratégico entre África, Europa y América, y en los muchos barcos que pasaban por aquí venían misioneros. La diócesis de Santiago, creada en 1533, fue la primera en África occidental. Hay restos de la primera catedral y vestigios góticos. Se está haciendo un gran esfuerzo por recuperar el patrimonio, aunque los piratas destruyeron mucho.

Desgraciadamente, al mismo tiempo fue puerto de salida de esclavos africanos. ¿Ha dejado heridas?
Ya ha pasado mucho tiempo. Noto una naturalidad en aceptar su historia como una riqueza, con dificultades y límites que se han ido superando poco a poco. No existe ese malestar que podemos encontrar en otras culturas.

¿Cómo se vive la fe?
La gente es religiosa, aunque las celebraciones son más calmadas que en otros países de África. Aquí no hay danzas, por ejemplo. El pueblo, a pesar de ser africano, se considera atlántico. Las costumbres son más europeas, aunque hay actos culturales con músicas y bailes típicos. En la Misa estamos incorporando el criollo de cada isla.

En Cabo Verde se llama la undécima isla a Europa, donde viven más caboverdianos que en todo el país. ¿Qué supone esto para la sociedad?
Las remesas son una de las grandes fuentes de ingresos del país. La gente viaja en avión a los sitios donde tiene familiares, con su visado. Luego hay gente que se queda y consigue un trabajo. Pero hay muchas dificultades para conseguir el visado, y las familias pobres hacen un gran esfuerzo económico. Muchas están divididas, porque al principio se va el padre, o padre y madre, y los hijos se quedan aquí con una abuela o una tía. Cuesta separarse, pero los chicos están habituados.

¿Qué desafíos sociales existen?
Hace mucha falta la promoción humana: alfabetización y reforzar la formación. No hay muchos libros ni manuales. Estamos abriendo un oratorio en las afueras y tenemos la mirada puesta en crear una escuela profesional, porque la que teníamos cerró por falta de recursos.

¿Cómo es políticamente? Desde África muchas veces solo llegan noticias de dictaduras, golpes de Estado, corrupción…
Cabo Verde es un país estable. Es una buena democracia, con transparencia, y las elecciones se llevan a cabo con normalidad y seriedad, aunque siempre hay luces y sombras.

Cabo Verde
Población:

590.000

Religión:

Católicos, 77,3 %, y protestantes, 4,6 %

El Proyecto Repara del Arzobispado de Madrid atiende a 103 víctimas de abusos en 2021

Un total de 72 son víctimas directas y 31 familiares de estas. Se les ofrecieron más de 700 sesiones gratuitas de atención psicológica y escucha

Infomadrid

Durante el año 2021, el Proyecto Repara del Arzobispado de Madrid atendió a 72 víctimas directas de abusos (víctimas de primer orden), así como a 31 familiares de estas (víctimas de segundo orden). En total 103 personas.

Además, a lo largo del año Repara acompañó, de modo terapéutico, a cinco personas agresoras o victimarios, y efectuó más de 80 intervenciones puntuales o asesoramientos, sobre todo a través del teléfono y del email.

A todas estas personas se les ofrecieron más de 700 sesiones gratuitas de atención psicológica y escucha, frente a las 400 de 2020. A la terapia individual, además, se le unieron también los Grupos de Ayuda Mutua. Y también creció la demanda de asesoramiento canónico y jurídico.

Como se puede ver en la tabla:

  • De los 72 posibles casos de abuso llegados a Repara, 34 se refieren al ámbito intrafamiliar; 5 a personas particulares sin vinculación familiar; 24 al ámbito de la vida consagrada; 4 a movimientos y realidades eclesiales; 4 a sacerdotes de la diócesis de Madrid, y 1 a sacerdotes de otras diócesis.
  • De los 72 casos, 49 hacen referencia a abusos sexuales en distintos ámbitos y los otros 23, a abusos de autoridad y de conciencia en el ámbito religioso o diocesano.
  • De los 49 casos de abusos sexuales, 34 se refieren al ámbito intrafamiliar, 5 a personas sin vinculación familiar, 7 al ámbito de la vida consagrada y 3 al diocesano (2 en Madrid y 1 en otra diócesis).
  • De los 49 de abusos sexuales, 8 afectan a menores en el momento de la denuncia, todos en el ámbito intrafamiliar.
  • Dentro del ámbito de la vida consagrada, 4 víctimas eran menores en el momento de los hechos y denunciaron ya siendo adultas, mientras que otras 3 eran adultas también en el momento de los hechos.
  • De los 2 casos de abusos sexuales comunicados a Repara en relación a sacerdotes diocesanos de Madrid, ambas víctimas eran adultas.
  • Desde Repara solo se atienden abusos de autoridad vinculados de una forma u otra a la Iglesia. Las 23 víctimas eran adultas y los casos se produjeron en la vida consagrada (17 casos), en movimientos y otras realidades eclesiales (4 casos) y en el ámbito diocesano de Madrid (2 casos).
  • De las 72 víctimas directas, 11 son hombres, frente a 61 mujeres. De las 31 víctimas de segundo orden, 10 son hombres, frente a 21 mujeres.
  • La atención a víctimas de segundo orden se triplicó respecto al año anterior.

Otros posibles casos

En paralelo al trabajo que se realiza desde la puesta en marcha del proyecto, a finales de 2021 la Conferencia Episcopal Española hizo llegar a Repara información sobre varios posibles casos de abuso recopilados por el diario El País en un informe enviado a Roma. En estos momentos se está contrastando la información existente, se está investigando cada situación conforme a los protocolos establecidos y, llegado el momento, se incorporarán a las cifras facilitadas.

En este sentido, Repara recuerda que sus puertas están abiertas a cualquier víctima. Pueden contactar a través del correo atencionrepara@archimadrid.es o el teléfono 618 30 46 66 (llamadas, contestador y WhatsApp). Más información en repara.archimadrid.es.

Formación y prevención

Igual que en 2020, además de la atención, el Proyecto Repara siguió trabajando en la prevención de posibles casos y en la formación. Entre otros, se dieron sesiones de formación y trabajo presenciales por las ocho vicarías –a cerca de 600 sacerdotes y 200 agentes de pastoral–; se ofrecieron dos cursos online a través de la Escuela Diocesana de Evangelizadores –con la participación de 75 alumnos, la mayoría agentes de pastoral–, y hubo sesiones específicas para los equipos directivos de los colegios diocesanos y los alumnos del Seminario Conciliar.

En esta línea, el Proyecto Repara mantiene un contacto creciente con las vicarías, algunas parroquias y órdenes religiosas que requieren información al respecto. Además, en 2020 elaboró un vídeo explicativo y editó el libro Por una cultura del encuentro, con una tirada de más de 8.000 ejemplares, que se ha enviado a todas las parroquias de la diócesis y a los colegios diocesanos y concertados.

La idea de 2022, aparte de mantener estas iniciativas y la participación de miembros de Repara en distintas jornadas sobre abusos, es organizar un congreso diocesano de profundización en este tema, con la puesta en común de buenas prácticas desde la mirada de las víctimas.

Pedro Sánchez se reúne este lunes con el cardenal Omella en la Conferencia Episcopal

El encuentro llega una semana después de la reunión entre el presidente de la CEE y el ministro Bolaños

Fran Otero

Siguen los contactos entre la cúpula episcopal y el Gobierno de España. El presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y arzobispo de Barcelona, cardenal Juan José Omella, recibe este lunes a las 12:00 horas en la sede de la CEE al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tal y como se recoge en la agenda de este último.

El jefe del Ejecutivo acudirá a la reunión con el ministro de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Félix Bolaños, con quien Omella se vio el pasado martes por la tarde. Un día antes, el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, estuvo con el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá.

La entrevista tiene una especial relevancia pues es la primera con la Iglesia en la que participa Pedro Sánchez desde que accedió al Gobierno. Además, no suele ser habitual que los presidentes se trasladen a la Casa de la Iglesia, en la madrileña calle de Añastro. Los obispos son los que acuden a Moncloa, como hizo el cardenal Ricardo Blázquez en 2017 con Mariano Rajoy.

Tal y como informó la CEE tras el encuentro entre Omella y Bolaños, los temas que están encima de la mesa –hay comisiones creadas para ello– son las inmatriculaciones, el régimen tributario y la situación de la Obra Pía de Roma.

También salieron cuestiones como la protección social a los colectivos más vulnerables, con especial foco en la vivienda, así como la preocupación por la implantación de la ley de educación y su desarrollo en las comunidades autónomas.

Del mismo modo, hablaron del asunto de los abusos sexuales a menores, un tema «importante» para ambas partes. El cardenal Omella explicó al ministro el camino que la Iglesia está realizando en comunión con la Santa Sede.

Otro de los temas que negocian ambas instituciones tiene que ver con la respuesta a la situación de los migrantes y refugiados. Desde hace tiempo, la Iglesia –quedó patente en la reunión entre Escrivá y Osoro– propone la apertura de corredores humanitarios, vías legales y seguras para los refugiados más vulnerables.

El Papa convoca para el miércoles una jornada de oración por la paz en Ucrania

Francisco asegura seguir «con preocupación el aumento de las tensiones que amenazan la seguridad en Europa»

Yago González

El Papa Francisco ha convocado para el próximo miércoles, día 26, una jornada de oración para rogar por la paz en Ucrania, amenazada por un enfrentamiento militar entre Rusia y las potencias aliadas de la OTAN. «Sigo con preocupación el aumento de las tensiones que amenazan un nuevo golpe a la paz en Ucrania y que ponen en peligro la seguridad en el continente europeo, con consecuencias mucho más graves», ha asegurado el Pontífice este domingo tras el rezo del ángelus desde el Palacio Apostólico del Vaticano.

«Hago un apremiante llamamiento a las personas de buena voluntad para que eleven oraciones a Dios Todopoderoso con la intención de que toda acción política esté al servicio de la fraternidad humana más que a los intereses de una de las partes. Quien persigue sus propios intereses a costa de los demás desdeña su propia condición de hombre, porque todos hemos sido creados como hermanos», ha señalado el Papa.

Por otro lado, Francisco ha celebrado la beatificación en El Salvador de Rutilio Grande y otros tres mártires de la guerra civil que el país centroamericano sufrió durante trece años. «Que su ejemplo suscite en todos el deseo de tener obreros de la justicia y la paz», ha rogado.

Domingo de la Palabra de Dios

A primera hora de este domingo, Francisco ha presidido en la Basílica de San Pedro la Misa del Domingo de la Palabra de Dios. En la ceremonia, el Papa ha otorgado el ministerio de catequistas a un grupo llegado de todo el mundo en el que se encuentra la española Rosa María Abad León, que recientemente habló para Alfa y Omega.

En el rezo del ángelus, el Pontífice ha reflexionado al hilo del Evangelio del día, que narra el momento en que Jesús comienza su predicación pública. Ha explicado que la primera palabra de la predicación de Jesús contada en el Evangelio de Lucas es «hoy», un término «que atraviesa toda época y permanece siempre válido».

El segundo punto subrayado por Papa es la admiración con la que los coetáneos de Jesús reciben sus palabras: «Incluso si, nublados por los prejuicios, no le creen, se dan cuenta de que su enseñanza es diferente de la de otros maestros. Intuyen que en Jesús hay más: la unción del Espíritu Santo». En este sentido, Francisco ha advertido del riesgo de que las predicaciones y enseñanzas apostólicas «permanezcan genéricas y abstractas, sin tocar el alma y la vida de la gente».

Según el Papa, esto puede producirse «porque les falta la fuerza de este “hoy”, ese que Jesús “llena de sentido” con el poder del Espíritu. Se escuchan conferencias impecables, discursos bien construidos, pero que no mueven el corazón, y así todo queda como antes. La predicación corre este riesgo: sin la unción del Espíritu empobrece la Palabra de Dios, cae en el moralismo y en conceptos abstractos; presenta el Evangelio con desapego, como si estuviera fuera del tiempo, lejos de la realidad».

«Por esto», ha añadido el Papa, «quien predica es el primero que debe experimentar el “hoy de Jesús”, para así poderlo comunicar en el hoy de los otros».

Beatificados cuatro de los «innumerables mártires anónimos» de El Salvador

Desde este sábado están en los altares cuatro mártires salvadoreños, el sacerdote Rutilio Grande y otros tres compañeros, asesinados en 1977

Yago González

El obispo auxiliar de San Salvador, cardenal Gregorio Rosa Chávez, en representación del Papa Francisco, ofició este sábado la beatificación de cuatro mártires salvadoreños –Rutilio Grande, fray Cosme Spessotto, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus– asesinados en 1977, poco antes del estallido de la guerra que asoló el país. Unas 6.000 personas acudieron a la ceremonia en la plaza Divino Salvador del Mundo, en la capital.

«Nuestros mártires pueden ayudarnos a recuperar la memoria y la esperanza para que no renunciemos al sueño de un país reconciliado y en paz, un país como lo quiere nuestro Dios: justo, fraterno y solidario», aseguró Rosa Chávez en su homilía.

A la Misa asistieron los obispos de todas las jurisdicciones salvadoreñas y de Centroamérica, autoridades gubernamentales y personal diplomático acreditado en El Salvador. En representación de la directiva del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) asistió Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina), según informa Vatican News.

«¿Quiénes estamos aquí? Somos una representación de todo el pueblo salvadoreño y hemos venido de todos los rincones de la geografía cuscatleca», señaló el cardenal Rosa Chávez. «En nuestra asamblea hay humildes campesinos y campesinas que exultan de júbilo al ver que la Iglesia reconoce la santidad de quienes han dado la vida en su servicio. Hay también representantes de las comunidades que fueron pastoreadas por fray Cosme y por el padre Rutilio», añadió.

El obispo auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez, ante las reliquias de los mártires. Foto: Vatican News.

El prelado también subrayó las figuras de los laicos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, «representantes de esa inmensa multitud que nadie podía contar, es decir, de los innumerables mártires anónimos». En este sentido, el cardenal mencionó «ese número simbólico de los 75.000 muertos que hemos llorado a lo largo de la lucha fratricida que nos desangró durante doce años y que terminó felizmente cuando las partes enfrentadas firmaron los Acuerdos de Paz».

Rosa Chávez explicó que en América Latina el martirio está relacionado con la vivencia del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia, sobre todo después del Concilio Vaticano II y de la Asamblea General del Episcopado del continente en Medellín.

Puso como ejemplo al padre Rutilio, que «después de seguir en Ecuador el curso del Instituto Pastoral Latinoamericano (IPLA) y de haber compartido la experiencia de trabajo con campesinos e indígenas en la diócesis de Riobamba, en tiempos de Leónidas Proaño, volvió a nuestro país con una clara e inequívoca opción por los pobres».

«Él fue quien encabezó la lista de nuestros mártires. Le siguieron 20 sacerdotes, tres religiosas y una misionera estadounidenses y cientos de mártires anónimos», señaló. Aunque obviamente el más célebre de ellos es san Óscar Romero, asesinado en 1980, Rosa Chávez quiso recordar también a otro obispo, Roberto Joaquín Ramos, fallecido en junio de 1993.

Raphaelismo. Este es aquel

Isidro Catela

«Aquel que cada noche nos persigue». En los últimos quince días no ha habido marquesina, robapáginas o anuncio más o menos tradicional en los medios de comunicación en el que no hayamos tenido omnipresente a Raphael. Con el deseo de una larga vida al mito de Linares, Movistar + ha lanzado una suerte de testamento audiovisual en el que se entremezclan persona y personaje. Lo merece, porque no es posible entender la música del último medio siglo en España sin su toque de excéntrica genialidad.

Raphaelismo se trata de una miniserie documental compuesta por cuatro episodios en los que el artista se abre en canal. Su testimonio y el resto de voces que lo envuelven, y que van desde su mujer e hijos a cantantes tan dispares como Alaska y Bisbal, son el punto fuerte de una biografía audiovisual autorizada que es, también, un prodigio formal. 

Concebida por Charlie Arnáiz y Alberto Ortega, nominados al Goya en 2020 por Anatomía de un dandy, el relato ofrece una mirada atrás para la que utiliza recreaciones en ficción y que, digan lo que digan, va pasando con soltura de la niñez a casi todos sus asuntos. Parece ser que se le hizo un nudo en la garganta y que por eso lo más delicado de su enfermedad está puesto en boca de otros. La historia gana cuando levanta la mirada y deja de utilizar a la España en blanco y negro como chivo expiatorio para limitarse a la verdad de un niño que fue, en sus propias palabras, inmensamente feliz, y a una vida que, en su conjunto y parafraseando una de sus famosas canciones, ha tenido mucha más dicha que dolor, mucho más azul que nubes negras.

El formato serie documental está de moda y Raphael nunca ha dejado de estarlo. La serie puede interesar a todos, pero como el producto está hecho a mayor gloria del protagonista, son sus fanes más incondicionales los que tienen asegurada aquí su gran noche.

Los capellanes lidian con la sexta ola

Nos acercamos a labor de dos sacerdotes en hospitales de Madrid y Zaragoza para conocer cómo viven el aumento de ingresos por ómicron. «Cumplimos un deber», afirma uno de ellos

Fran Otero

A Roberto Aguado, capellán del Hospital Miguel Servet de Zaragoza, un paciente con COVID-19 le hizo responder trozos de la Misa en latín. Aquel hombre había reclamado con insistencia la presencia del sacerdote y no se creía que detrás de la bata, los guantes y la pantalla había un ministro ordenado. La evidencia lo derrotó. Porque los capellanes de hospital llegan a cualquier rincón del mismo, también a los reservados para los que tienen el coronavirus. «Hay gente, incluso sacerdotes, que cree que no entramos en estas zonas», añade Aguado. Lo hacen. También en esta sexta ola, que en Zaragoza se nota desde hace dos semanas. Los capellanes rompen el aislamiento, la angustia y el sufrimiento de los pacientes. El capellán explica que a veces solo coge la mano del enfermo y se queda hasta que se duerme.

Y como él no llega a todos a tiempo, Aguado tiene en los enfermeros y médicos sus aliados. «Una enfermera me pidió un folleto de oraciones porque un paciente que se estaba muriendo le pidió rezar el padrenuestro y no se acordaba de él. […] Otro me dijo, justo cuando llegaba a ver al enfermo, que ya había fallecido, pero que no me preocupase, que él ya había rezado», narra. Por todo ello, es importante –continúa– que «todo el mundo sepa que estamos aquí». Recalca que no se trata de un privilegio de la Iglesia, sino «de un derecho de los pacientes». «Cumplimos un deber», añade.

Javier Martín Langa el pasado viernes en el Hospital Enfermera Isabel Zendal. Foto cedida por Javier Martín Langa.

En Madrid, en el Hospital Enfermera Isabel Zendal, dedicado a pacientes COVID-19, también se nota esta sexta ola. Según Javier Martín Langa, aun con un número de contagios elevadísimo, el número de ingresos en este centro sanitario es la mitad que en la ola más fuerte de 2021. «Se nota que la vacuna funciona. Además, muchos de los que peor han estado, en la UCI, son personas sin vacunar o sin la pauta completa», explica el sacerdote, que forma tándem con Miguel González. Ambos se encargan de la parroquia San Antonio de las Cárcavas.

Un año después de su llegada a este centro sanitario reconocen que «están mucho más tranquilos», y que realizan las visitas con más tiempo. Porque, además de la atención espiritual, echan una mano a los médicos y enfermeros, con los que mantienen una buena relación. «Me llamó un amigo para decirme que su padre no quería entrar en la UCI y que los neumólogos estaban intentando razonar con él. Le pedí permiso para sacar toda la artillería y le leí la cartilla. A los 20 minutos me llamó la neumóloga para decirme que había pedido entrar».

Con algunos de los pacientes siguen manteniendo contacto fuera del hospital. A mucha gente el paso por el Zendal le ha cambiado la vida. «Ha habido conversiones», concluye.

Un Warhol católico

El Brooklyn Museum de Nueva York acoge Revelation, una muestra que desvela la inesperada devoción católica de Andy Warhol, una de las figuras más relevantes de la cultura visual y pop del siglo XX

Ana Robledano

Con el título de Revelation se reúnen en el Brooklyn Museum de Nueva York, hasta el 19 de junio, más de un centenar de piezas que exploran la mirada más íntima de la obra de Andy Warhol, motivada por la espiritualidad religiosa que le acompañó durante toda su carrera. El estadounidense, una de las figuras más relevantes de la cultura visual del siglo XX, se esforzó en mantener su fe católica a lo largo de su vida, ayudándose de su propio trabajo como artista. Utilizaba, en ocasiones, elementos iconográficos clásicos de la historia del arte cristiano, en especial la simbología bizantina, ya que sus padres (inmigrantes en Pittsburgh y procedentes de Eslovaquia) le educaron en esta tradición católica del este europeo. Cuando era pequeño, acompañaba a su madre a los servicios parroquiales cada semana en una iglesia de rito católico bizantino. En su área residencial había una comunidad inmigrante que estaba muy unida a través de dicha iglesia.

‘Cruces’. A la derecha: ‘La Madonna de Rafael’. Ambas obras de Andy Wharhol. The Andy Warhol Museum, Pittsburgh. Fotos: 2021 The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc. / Licensed by Artists Rights Society (ARS), New York.

Este ambiente de inmigrantes unidos y amparados bajo el techo de una parroquia impactó mucho en la infancia de Warhol. Sus biógrafos cuentan que continuó asistiendo a Misa en Nueva York, concretamente en la iglesia de San Vicente Ferrer, en el Upper East Side de Manhattan. Se sentaba en la última fila y no comulgaba. Un día, el sacerdote se acercó a preguntarle si se quedaba el último para no ser reconocido, pero, sorprendentemente, Warhol le respondió que le daba vergüenza que le viesen (en un contexto católico romano) santiguarse como le habían enseñado al estilo ortodoxo (de derecha a izquierda). Él era una persona muy reservada en cuanto a sus creencias y devociones; lo poco que se sabe fue desvelado por su hermano. Nos han llegado anécdotas entrañables como que, por ejemplo, aun en su etapa de máxima fama, después de grandes fiestas y eventos en la Gran Manzana, volvía al silencio de la casa que compartió con su madre durante dos décadas, donde rezaban juntos cada mañana antes de ir al estudio a trabajar. También se cuenta que le pagó los estudios a su sobrino en el seminario y que fue responsable de, al menos, una conversión.

‘Ángel sosteniendo la cruz’. Andy Warhol. The Andy Warhol Museum, Pittsburgh. Foto: 2021 The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc. / Licensed by Artists Rights Society (ARS), New York.

Es bastante chocante descubrir esta faceta de un artista que se caracteriza por ser el representante de la sociedad de consumo, de la superficialidad, del materialismo, de lo más mundano de su época. Muy a menudo se ha calificado a Andy Warhol como un genio del marketing más que como un artista. En una época en la que se favorecía el expresionismo abstracto, Warhol adoptó un lenguaje visual accesible. Obtuvo fama y notoriedad por elevar las imágenes de los medios de comunicación a las artes visuales, utilizando enfoques vanguardistas para examinar temáticas del poder, del deseo y de la fragilidad de la vida. Sin embargo, la exposición Revelation estudia obras que tratan asuntos diferentes, como la representación de la mujer, los motivos y modelos renacentistas, la iconografía católica, las tradiciones y creencias familiares, las imágenes de Cristo… Sus cruces monumentales, las reinterpretaciones de obras occidentales y las representaciones de Jesús hacen referencia directa a historias bíblicas y a su devoción particular. Asimismo, la muestra descubre también su esfuerzo de persistencia en la fe católica a pesar de sus deseos procedentes de su homosexualidad.

‘Andy Warhol: última sesión, 22 de noviembre de 1986’. David LaChapelle. Foto: 2021 The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc. / Licensed by Artists Rights Society (ARS), New York.

Esta exposición cuenta con una amplia documentación sobre todos estos temas. Se acaba de descubrir una enciclopedia acerca de su icónica serie de La Última Cena, datos de su Bautismo, su encuentro con el Papa Juan Pablo II y sobre unos funerales a los que asistió en Nueva York y en Pittsburgh. Otro interesante descubrimiento ha sido el de una cinta de vídeo inacabado de 1967 titulado Amanecer / Atardecer, un encargo de la familia Menil que, por lo visto, fue financiado por la Iglesia para ser expuesto en el pabellón del Vaticano en una feria internacional que nunca tuvo lugar. También, la exposición consta de una tardía Última Cena en rosa (1986) y dibujos hechos por su madre cuando vivían juntos en Nueva York.

Personalmente, esta exposición me hace replantearme sus posibles intenciones a la hora de crear este tipo de arte pop del consumo y de lo superficial. Quizá su postura fue más reivindicativa que comercial.

Siete claves para visitar un monasterio

Escoger un momento del día o detenerse en el paisaje son dos de las propuestas del arquitecto Ignacio Sánchez para disfrutar de la visita a un cenobio

José Calderero de Aldecoa

Antes de casarse con su madre, el padre de Ignacio Sánchez fue seminarista de los salesianos. Él es quien sembró en el corazón de su hijo la semilla de lo que hoy este arquitecto y fotógrafo profesional define como su «pasión» por las abadías cistercienses. «Cuando era pequeño, aprovechábamos las vacaciones para visitar las iglesias y monasterios de la zona y él nos explicaba las historias que se escondían detrás de esos muros. Era algo con lo que disfrutaba mucho».

Más tarde, en 1998, esa pasión se convirtió «en una experiencia vital» cuando Sánchez asistió a un ciclo de conferencias en el Archivo Nacional de Cataluña sobre la conmemoración de los 900 años de la restauración de la orden cisterciense, en la que se habló mucho de arquitectura. «Aquella charla me fascinó. Me atrapó la coherencia que hay entre los ideales espirituales de esta orden y su materialización arquitectónica en un monasterio», subraya.

Tras aquel descubrimiento, Sánchez se dedicó a viajar, incluso fuera de nuestras fronteras, para experimentar sensorialmente el legado cisterciense y para recogerlo con su cámara de fotos. Desde entonces ha visitado más de 80 monasterios, algunos de ellos hasta cuatro y cinco veces, y atesora en su poder un inmenso archivo fotográfico que un día, sencillamente, decidió empezar a compartir con el resto del mundo a través de internet.

Este miércoles hizo algo similar, pero no a través de su web cister.org, sino en el VIII Encuentro en Torno al Claustro, organizado por la Fundación DeClausura, dedicada a difundir la riqueza de la vida contemplativa y a contribuir al sostenimiento de monasterios y conventos. En el acto, Sánchez ofreció siete ideas prácticas para disfrutar de la visita a un monasterio.

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El lugar

En la visita la experiencia no comienza cuando se entra por las puertas del cenobio, sino cuando uno ha salido desde su lugar de residencia. Incluso antes, mientras prepara el trayecto. Según el experto, es importante observar el paisaje cuando nos acercamos a un monasterio y estar atento a la información que dan los elementos naturales que nos rodean. «Por ejemplo, esa transición de carreteras que se hace ya ofrece claves del estilo de vida de los monjes. Lo habitual es tener que circular por una autovía, que, posteriormente, tendremos que abandonar para pasar a una carretera secundaria y, seguramente, acabemos en una pista que nos conduzca al monasterio». Y debe ser así. No en balde el carisma cisterciense habla de la búsqueda de Dios en un marco de soledad y silencio, de vida escondida y laboriosa.

Sánchez ha recorrido España, Francia y Polonia visitando monasterios del Císter. En la imagen, el de Poblet. Foto: Ignacio Sánchez.
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Pensamiento medieval

En necesario comprender el pensamiento medieval e imaginar la manera de abordar la realidad de los impulsores y constructores de estos edificios. «Siempre animo a intentar desconectar por un rato de la sobreestimulación que tenemos en la actualidad y a hacer ese ejercicio de darse cuenta de que estamos en un edificio con 800 años de historia. Entonces, el mundo era muy diferente». En este sentido, «no se puede analizar el pasado con los parámetros de hoy», afirma el arquitecto.

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El claustro y la comunidad

El visitante puede disfrutar más de su visita si entiende las reglas comunes a todos los monasterios, «que son lugares –a diferencia de una catedral, una iglesia o de otras construcciones civiles– donde se vive en comunidad. De ahí la importancia de los claustros. Son la pieza central que dota de unidad al resto de estancias del monasterio», asegura Sánchez.

Las iglesias de las abadías cistercienses tienen un tamaño acorde a su importancia. Foto: Ignacio Sánchez.
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Las iglesias

A pesar de la unidad del lugar, cuando uno visita un monasterio pasa por distintas estancias. El claustro
–que tiene una importancia clave–, la sala capitular, el dormitorio de los monjes, el refectorio… De entre todas ellas destaca el templo. «Tienen una jerarquía por su tamaño, dimensión, pero, sobre todo, por su componente religioso. No es una estancia más que se puede conocer solo desde la parte intelectual o racional, sino que es importante estar allí en silencio. Poder sentarte y rezar. Cualquier guía nos podrá decir el año de su construcción o el estilo de los arcos, pero, más allá de todo eso, lo importante es que es la casa de Dios», subraya.

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La luz

La luz es «un elemento esencial para la arquitectura». Hay que tenerla siempre presente y, «si es posible, planificar la visita en función de ella». No es lo mismo visitar un monasterio a primera hora de la mañana que a última de la tarde. O en verano que en invierno. En este sentido, el experto, siempre que puede, procura pasar un día entero en cada uno de ellos. «Voy por la mañana, o a primera hora de la tarde, e intento estar hasta que anochece. Lo voy recorriendo, paseando a diferentes horas». Después de tantas visitas «te puedo decir que una misma fachada fotografiada a las doce del mediodía, con el sol arriba, y a las cinco de la tarde, con el sol abajo, parecen dos fachadas diferentes», afirma el también fotógrafo.

«La luz cisterciense es más limpia y de mayor calidad que la románica», explica Sánchez. Foto: Ignacio Sánchez.
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Materialidad

Siempre que se pueda, «es muy positivo tocar con las manos y con la mirada los diferentes materiales» con los que están construidos los monasterios. «Descubrir las texturas, las imperfecciones, las huellas y las cicatrices de las piedras. En realidad, son libros abiertos de historia».

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El paso del tiempo

Al final de todo el recorrido, concluye Ignacio Sánchez, «uno se puede detener en reconocer las etapas históricas y los sucesos que han conformado la realidad actual del monasterio. La cuestión es que estas abadías son una superposición de capas. Es muy difícil que una construcción haya llegado intacta hasta nuestros días». Lo normal es que, por ejemplo, «se empezara la construcción en estilo románico y se terminara, 50 años después, en estilo gótico».