El Papa alerta de los riesgos de la inteligencia artificial y reclama una tecnología al servicio de la dignidad humana, la justicia y el bien común.
La inteligencia artificial (IA) avanza a toda velocidad, pero ¿quién controla su poder y al servicio de quién está? León XIV lanza una advertencia: la humanidad se enfrenta a una encrucijada, construir una nueva torre de Babel, dominada por la ambición y la uniformidad, o reconstruir Jerusalén, símbolo de la fraternidad y el esfuerzo compartido. En plena revolución digital, el Papa reclama que la tecnología no desplace a la persona, que el progreso no deje atrás a los más débiles y que el futuro se construya con justicia, diálogo y responsabilidad.
Con motivo del 135.º aniversario de Rerum novarum, la encíclica de León XIII que impulsó la doctrina social de la Iglesia, el Papa recuerda que la Iglesia no puede permanecer al margen de las transformaciones sociales. Su misión no consiste únicamente en anunciar la vida eterna, sino también en iluminar la vida concreta de las personas y contribuir a una sociedad más justa. La doctrina social constituye, así, una tradición viva que ofrece principios para interpretar los cambios y orientar la acción.
Babel o Jerusalén: dos modelos de futuro
Para explicar el dilema de nuestro tiempo, León XIV recurre a dos imágenes bíblicas. La torre de Babel representa la ambición de un poder que pretende bastarse a sí mismo, imponer la uniformidad y alcanzar sus objetivos sin reconocer los límites humanos. Bajo una apariencia de grandeza y eficacia, este proyecto termina destruyendo la comunicación y la unidad que pretendía conseguir.
Frente a Babel, el Papa propone el ejemplo de Jerusalén y la reconstrucción de sus murallas por Nehemías. La ciudad renace gracias a la oración, la escucha y la colaboración de todo el pueblo. Cada persona asume su responsabilidad y aporta su esfuerzo. La verdadera unidad no nace de que todos piensen o actúen igual, sino de trabajar juntos por un bien compartido, respetando la diversidad.
Esta comparación ilumina también nuestra relación con la tecnología. La inteligencia artificial puede contribuir a curar enfermedades, mejorar la educación, facilitar la comunicación y cuidar la casa común. Pero también puede aumentar las desigualdades, favorecer la exclusión y reducir a las personas a datos, resultados y rendimientos. La tecnología no es neutral: refleja los intereses y las decisiones de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan.
El poder tecnológico, bajo responsabilidad
León XIV advierte de que una parte creciente del poder tecnológico está en manos de grandes empresas privadas, a menudo transnacionales, cuya capacidad puede superar la de muchos Estados. Por ello, no basta con celebrar las innovaciones ni con temerlas. Es necesario preguntarse quién controla ese poder, qué objetivos persigue y qué consecuencias tendrá para la dignidad humana y el bien común.
El Papa reclama normas adecuadas, responsabilidad ética y un discernimiento compartido. La respuesta exige la colaboración de científicos, empresarios, trabajadores, educadores, legisladores y ciudadanos. Todos tienen una parte de responsabilidad en la construcción del futuro. La subsidiariedad y la cooperación deben impedir que las decisiones queden concentradas en unas pocas manos y que los más vulnerables paguen el precio del progreso.
Su propuesta se concreta en cuatro exigencias: poner a la persona en el centro, aceptar la fragilidad humana, asumir una responsabilidad compartida y emplear un lenguaje que favorezca el diálogo en lugar de alimentar la confrontación. El desarrollo debe medirse por su capacidad de promover la dignidad de todos, cuidar la creación y construir una paz duradera.
Permanecer profundamente humanos
La advertencia final de León XIV es clara: ninguna máquina puede sustituir la singularidad y la dignidad de la persona. La verdadera plenitud no consiste en eliminar toda fragilidad ni en perseguir un progreso ilimitado, sino en crecer mediante la libertad, la responsabilidad, el cuidado mutuo y la solidaridad.
Por eso, el Papa invita a no permanecer como simples espectadores de los cambios, sino a implicarse en la construcción de una sociedad más justa. Los pobres, los enfermos, los migrantes y los pequeños, tantas veces relegados, deben ocupar un lugar central en ese proyecto.
Frente a la tentación de levantar nuevas torres de poder, León XIV propone reconstruir Jerusalén: una humanidad que trabaja unida, transforma la diversidad en fraternidad y pone la tecnología al servicio de la vida. Porque el verdadero progreso no consiste en dominarlo todo, sino en lograr que nadie quede excluido de una vida digna y plenamente humana.
P. Isaac González Marcos, OSA