Con enorme tristeza y profunda gratitud despedimos a Fátima Báñez y, junto a ella, recordamos a cada una de las víctimas del terrible accidente ferroviario de Urda (Toledo). Hay noticias que nos dejan sin palabras, que interrumpen bruscamente el curso de la vida y nos enfrentan al misterio de nuestra fragilidad. En medio del dolor, solo cabe abrazar a quienes sufren y hacer memoria agradecida de las vidas que han dejado una huella entre nosotros.
Empresaria y servidora pública, esposa y madre, amiga de sus amigos, paisana de sus paisanos, mujer de fe, de fortaleza y de entrega generosa. Son muchas las facetas que podrían evocarse de Fátima. Quisiera detenerme en una experiencia compartida que me permitió descubrir su extraordinaria capacidad para convocar, generar confianza y hacer posible el encuentro entre personas de procedencias y sensibilidades diferentes.
Coincidí con Fátima Báñez en una cena con empresarios convocada por el cardenal José Cobo, en los meses previos a la visita del Papa León XIV a Madrid. Aquellos encuentros, además de procurar el apoyo económico necesario para la organización de la visita, propiciaban diálogos abiertos y propositivos sobre el sentido y el contenido de los distintos actos previstos con el Santo Padre. En aquella ocasión, la conversación giró en torno al encuentro del Papa con el mundo del trabajo y de la empresa.
Fátima comprendió enseguida la trascendencia de aquella iniciativa. No se trataba simplemente de reunir a una representación significativa de empresarios y trabajadores, sino de ofrecer a la sociedad una imagen elocuente de algo que tantas veces parece imposible: la capacidad de sentarse juntos, reconocerse como interlocutores necesarios y buscar horizontes compartidos desde responsabilidades e intereses diferentes.
Su empatía, su inteligencia para las relaciones humanas y su disposición inmediata a colaborar fueron decisivas en la gestación de uno de los momentos de mayor significación social de la visita papal: la reflexión conjunta de los máximos representantes de las grandes y pequeñas empresas y de los dos sindicatos mayoritarios, en el acto Tejer redes, celebrado en el Movistar Arena.
Fátima fue la verdadera artífice de aquella imagen de concordia. Supo convertir una intuición en una realidad concreta, acercando voluntades, generando confianza y haciendo posible que quienes habitualmente se encuentran en espacios de negociación, y no pocas veces de confrontación, comparecieran juntos ante la sociedad para expresar su compromiso con el bien común.
Aquella imagen no era simplemente una fotografía para la historia de la visita. Encerraba una propuesta de futuro: la necesidad de avanzar hacia un nuevo pacto social ante el cambio de época que estamos viviendo, marcado por las profundas transformaciones del trabajo, de la economía y de las relaciones humanas, especialmente por el desarrollo de la inteligencia artificial. Una propuesta inspirada en la doctrina social de la Iglesia, que reclama situar siempre la dignidad de la persona, la justicia social y el bien común por encima de los intereses particulares.
En aquella tarea reconocí una forma de ejercer la responsabilidad pública que merece ser destacada: la de quien no se limita a defender sus convicciones, sino que sabe escuchar, reconocer el valor de los demás y construir puentes allí donde existen distancias. Fátima aportó a aquel encuentro mucho más que su experiencia institucional y su capacidad de relación. Aportó generosidad, credibilidad y una confianza contagiosa en la posibilidad de hacer cosas buenas juntos.
Así recordaré a Fátima: como una mujer capaz de transformar las relaciones personales en oportunidades de servicio y de convertir la confianza en una fuerza creadora de concordia.
La muerte inesperada nos enfrenta con dolor a la fragilidad de nuestra existencia. Nos recuerda que los proyectos quedan abiertos, que muchas conversaciones no podrán retomarse y que tantas palabras de agradecimiento llegan demasiado tarde. Pero también nos invita a reconocer que una vida no se mide únicamente por los años vividos ni por las responsabilidades desempeñadas, sino por el bien que ha sembrado y por la huella que permanece en los demás.
A Fátima le gustaba la poesía y, especialmente, las canciones de Joaquín Sabina, con esa singular capacidad de expresar los sentimientos, las contradicciones y la belleza de la vida. Al pensar en ella, me vienen a la memoria unos versos de David Harkins, de su poema Recuérdame: «Puedes llorar porque se ha ido, o puedes sonreír porque ha vivido».
No es fácil sonreír cuando una vida se interrumpe de manera tan inesperada y dolorosa. La tristeza tiene su tiempo y el duelo merece todo nuestro respeto. Pero hay algo profundamente verdadero en esa invitación del poeta: no permitir que el dolor de la despedida nos impida reconocer la belleza de una vida compartida y el bien que permanece. Hay ausencias que duelen precisamente porque hubo una presencia fecunda, generosa y luminosa.
Hoy, al recordar a Fátima Bañez, vuelvo a aquella imagen de empresarios y sindicatos reunidos en el mismo escenario, bajo la mirada del Papa León XIV. Me gusta pensar que ese gesto de encuentro y de esperanza forma parte también de su legado. En una sociedad tantas veces fragmentada y polarizada, necesitamos personas que sepan unir sin borrar las diferencias, dialogar sin renunciar a sus convicciones y trabajar por acuerdos que hagan posible un futuro más humano.
La fe en la Resurrección nos invita a creer que la última palabra sobre una vida no la tiene la muerte, sino el amor de Dios. Desde esa esperanza elevamos nuestra oración por Fátima, por todas las víctimas de esta tragedia y por sus familias.
Gracias, Fátima, por tu generosidad, por tu capacidad de encuentro y por haber sabido tejer redes de concordia y de esperanza. Que esas redes sigan sosteniendo el bien que ayudaste a construir.
Descansa en paz.