Con una fuerte discapacidad

Conocí a François-Xavier durante mi estancia en Ginebra (2013-2020). Sus padres —Hervé y Marie Élisabeth— le llevaron a mi casa en varias ocasiones para que «hablara conmigo» como sacerdote que soy. Digo para que «hablara», aunque realmente solo hablaba yo. François-Xavier no puede hablar, pero me observaba y atendía con mucha atención. La «conversación» duraba poco rato. Pronto me daba cuenta de que ya no le interesaba lo que le decía y sus padres —que le conocen muy bien— se lo llevaban, pero ya habíamos hecho lo principal y veía que se marchaba contento.  

No llegué entonces a descubrir la profundidad de su vida interior. Solo veía a un discapacitado que me miraba atentamente, pero no podía saber si había captado de lo que le había dicho. Tiempo después me llegó un libro con sus escritos y pensamientos y fue entonces cuando descubrí la riqueza humana y espiritual que encerraba aquella criatura que no podía expresarse. 

François-Xavier, pese a su enorme limitación, se ha dado a conocer por sus escritos que entonces yo no conocía. Los he leído con atención y me han conmovido. Enseguida me hice una pregunta: ¿cómo ha podido escribir esto? Pronto encontré la respuesta. Gracias a un método de comunicación divulgado en Europa por un ortofonista, pudo escribir con un aparato especialmente adaptado a su situación. Y escribió lo que llevaba dentro sorprendiéndonos a todos. El 26 de octubre de 1994 escribió las primeras palabras en ese aparato y a partir de entonces fue comunicando lo que sentía y cómo lo vivía. La comunicación continuó hasta febrero de 2015, que se interrumpió misteriosamente, pero sus escritos continuaron y son dignos de admiración. 

Pero antes de conocer su testimonio, veamos de quién se trata. François-Xavier nació en Londres en 1984, donde vivía su familia. Muy pronto aparecieron en él numerosas malformaciones congénitas —riñones con el síndrome de Pierre Robin— así como numerosas complicaciones que supusieron múltiples operaciones. Como consecuencia su situación es actualmente de una grave limitación y autismo. No puede comunicarse, ni desenvolverse por sí solo en ninguno de los aspectos de la vida ordinaria. Precisa de una continua atención especial. 

Por motivos laborales, la familia tuvo que desplazarse a vivir en distintos lugares: Reino Unido, Arabia Saudita, Francia para acabar en el año 2000 en Suiza, donde actualmente vive. En estos años ha pasado por diferentes centros especializados, siendo en la actualidad atendido en uno de ellos en Ginebra. La compañía de sus padres y de dos hermanas es continua; lo hacen con cariño y extremada atención.  

Su escolarización ha sido, lógicamente, muy limitada. Ha asistido a varios centros especializados, pero en ninguno ha sido posible integrarse con totalidad. Ha sido su familia la que se ha ocupado de enseñarle lo principal y, sobre todo, le han transmitido auténticos valores que  manifiesta en sus escritos. Veamos algunos ejemplos. 

En referencia a su enfermedad, pese a ser grave con grandes limitaciones y teniendo plena conciencia de ello, podemos asegurar que la acepta con resignación y alegría. «Llevo con Jesús mis limitaciones», podría ser el resumen de su actitud. Es consciente de su limitación que le lleva, entre otras muchas cosas, a no poder hablar. Lo expresa en sus escritos con dolor pero también con aceptación. Copio lo que escribía el 9 de abril de 1997: «Los otros chicos de mi edad saben hablar. Únicamente yo no puedo decir nada. Conozco las palabras pero no puedo decirlas. Pese a ello estoy contento por creer en Dios, incluso acepto que debo sufrir a causa de mi autismo». 

Junto a ello afirma: «Llevo mi limitación fraternalmente y con esperanza» (27 de mayo de 2001). Pero no solo era sentirse incapaz de comunicarse ni de hacer nada, sino que también padeció grandes dolores en muchas ocasiones. Afectado por una dolorosa otitis, la supo llevar con auténtico sentido sobrenatural. «Tengo graves lesiones en el oído, es triste. Es mi pequeña cruz, pero me la merezco. Intento ser fiel a Jesús y me uno a él todos los días y noches», escribía el 7 de julio de 2002. 

Otras veces el dolor provenía por otros motivos, como una gran infección en un ojo que le llevó a pensar en la muerte, el 5 de octubre de 2003. «Mi ojo izquierdo está enfermo. Pienso en la muerte. Estoy como Jesús en el Huerto de los Olivos. Me aprovecho de esas gracias». En otra ocasión, cuando sentía graves dolores en las manos dijo: «Es como si me incrustasen clavos en las manos como en la cruz. Es mi calvario, pero confío que Dios vendrá a socorrerme. Lo presiento» (1 de diciembre de 2004). Las molestias no desparecían, aunque no eran solo dolores físicos los que le hacían sufrir. «Son mis dientes los que me duelen. Esto es duro, pero son peores mis crisis psíquicas. ¡Rezad por mí! Tengo verdadera necesidad», escribía el día de Navidad de 2009. 

A la vez era consciente de las consecuencias que su enfermedad tenía en los que le rodeaban. Lo sentía, deseaba ayudarles e intentaba manifestárselo. «Gracias por todo el amor que dais. ¿Qué consecuencias tiene mi enfermedad en los demás? Yo me pregunto a veces si soy insoportable con los que me rodean. Mis crisis son terribles para los que me cuidan», reflexionaba el 6 de abril de 2008. Y cuando temporalmente los sufrimientos desparecen no duda en agradecerlo. «Estoy tranquilo. Es lo que pasa después de una tormenta. ¡Gloria a Dios en las tribulaciones!» (15 de agosto de 2010). «Voy de bien a mejor. Mis ángeles me protegen» (17 de septiembre del mismo año 2010).

La familia ocupa un papel muy importante para François-Xavier. Los miembros de su familia son sus primeros amigos. Todos han estado próximos a él y le han atendido con cariño y él ha correspondido con auténtico agradecimiento. Como muestra leamos lo que escribió el día de la Madre de 1996: Mamá, tú me has hecho llegar a ser algo grande, cuando mi mérito es pequeño. Yo intento corresponder con mis modestas fuerzas. Te quiero. Veo que eres amable y conmovedora. Tu maravillosa maternidad es grande, delicada y noto tu atención hacia mí». Y en uno de sus cumpleaños escribió: «Querida Mamá. ¡Millones de flores para celebrar esta fiesta! Aunque limitada por mi situación. Yo no puedo darte un regalo como hacen los demás, pero estas flores del cielo me parecen mejores. ¡Felicidades, Mamá!» (16 de mayo de 2004).  

Con ocasión de los 25 años de matrimonio de sus padres, les escribió. «¡Buen aniversario! La vida vale mucho cuando se celebran 25 años de matrimonio. Felicidades a los esposos y que estéis llenos de gracias divinas. Alegría para unos padres orgullosos de sus hijos. ¡Alabemos a Dios por esta dulce jornada!» (1 de diciembre de 2004).   

Manifestaba siempre su agradecimiento por los detalles que con él se tenían. «Gracias por todo el cariño que ponéis en mí. Jesús decía que es necesario honrar a padre y madre ¿Podéis decirme si yo lo cumplo?»  (1 de noviembre de 2006). En otra ocasión: «Vosotros sois para mí unos padres modelo» (13 de abril de 1999).

Dirigiéndose a su padre expresó su agradecimiento con las siguientes palabras: «Tú eres mi conductor, mi padre, mi apoyo. Eres un padre siempre luminoso. Fuerte en el servicio de los necesitados, incluso cuando estás cargado de ocupaciones. El buen conductor, acude a la ayuda de los hermanos como yo, gravemente enfermos» (17 de junio de 2001).  

No olvidaba tampoco un recuerdo a sus hermanas en el día de su cumpleaños o cualquier otro acontecimiento por pequeño que fuese. Al ver una foto del colegio de Ségoléne escribió: «Ver tu bonito colegio en una foto me produce una gran alegría». A la vez pide que rece por él como él lo hace por ella. «Estoy orgulloso de mis hermanas, ellas merecen bien el título de buenas hermanas» (16 de agosto de 2009). Otras veces las anima ante una prueba: «Querida Emmanuelle, tú lo lograrás porque lo mereces. Trabaja pero sin agotarte. Tarde o temprano conseguirás lo deseado. Tu hermano «el oso peludo de las montañas» (sobre nombre dado por su hermana) reza por ti todos los días» (12 de junio de 2010). 

Pero el cariño y reconocimiento no era solo para sus padres y hermanos, incluye también a sus abuelos, tíos y otros familiares. Lo reconoce en multitud de sus escritos. «Saber que mis abuelos piensan en mí es reconfortante» (10 de marzo de 2002). Es emotivo también el largo texto que escribe a su abuelo tras la muerte de su abuela. Lo hace con dolor y cariño, junto a un profundo sentido sobrenatural, el 8 de noviembre de 1998. Y tras la muerte de este, también escribe el 30 de agosto de 2009 otro texto en el que asegura que «rezaré sin descanso para asegurar su entrada en el paraíso» a la vez que recuerda las grandezas que supone la entrada al cielo donde contemplará al Creador por toda la eternidad. 

No deja de sorprender el deseo de François-Xavier de vivir una vocación muy particular: ser monje franciscano. Es algo que repetirá en numerosas ocasiones y que, pese a sus limitaciones, no pierde la esperanza de poder conseguir. Su fe y esperanza va mucho más allá que lo que cualquiera pueda pensar. Lo manifiesta repetidas veces y con una confianza total. En un retiro en la Trapa de Soligny escribió: «Prometo en la Iglesia, someterme a la voluntad de Dios haciéndome monje franciscano cuando se curen mis limitaciones» (8 de mayo de 1996). Pero no fue solo como consecuencia de las meditaciones en un retiro. Fue algo que, en un momento entró en su pensamiento y lo ha mantenido durante años. 

La admiración que le produjeron las figuras de san Francisco de Asís y el padre Pío de Pietrelcina le impactaron profundamente y ello le llevó a intentar imitarles. En un escrito a su abuelo en el día de su cumpleaños, después de desearle un feliz día, le decía: «Mi  deseo de ser monje francisco continúa presente. Sé que la regla franciscana es dura para los discapacitados, pero estoy dispuesto a vivirla llena de amor y de servicio» (15 de noviembre 2002). Y este deseo continúa vigente y no cesará a lo largo de toda su vida. 

La confianza, más bien naturalidad, con el padre Pío es constante en su vida. Con él habla, le hace preguntas, con él sueña y asegura que el santo le responde instruyéndole incluso en los más profundos misterios. «El padre Pío desciende del cielo y me comenta pasajes del Evangelio» (26 de octubre de 2003). Y también le da consejos que él se esfuerza en poner en práctica: «Pío me dice que esté muy próximo al Santo Sacramento para adorarle» (7 de diciembre de 2003).

En sus escritos la asistencia de este santo aparece de forma continua. «El lunes, estuvo conmigo Pío como de costumbre y me inició en algunos puntos de la Biblia; el martes me llevó a Pietrelcina; el miércoles bendijo a los enfermos; el jueves me llevó a descubrir los arrebatos de los pobres; el viernes, a rezar por todas las almas», escribía el 20 de septiembre de 2004.

Algo parecido, aunque con menos intensidad, le ocurría con san Francisco de Asís. «Durante la noche vino a mí Francisco cuando dormía para ayudarme de huir del demonio que me estaba tentando» (9 de mayo de 1998). También con otros muchos santos y místicos tiene relación y en ellos confía: santa Rita de Cascia, san Bonifacio, la mística Marthe Robin… en los que se apoya y  pide su intercesión. 

Como resultado de este trato con Dios y con los santos se puede decir que François-Xavier tiene un alma que podemos calificar como contemplativa. Pese a no poder decir oraciones con la boca, mantiene un continuo diálogo con el Señor. «Me gusta rezar, tanto por la mañana como por la tarde: por la mañana para alabar a Dios, por la tarde las vísperas y a lo largo de todo el día rezo el rosario como me ha enseñado el padre Pío» (21 de agosto de 2005). El 2 de junio de 1999 ya había escrito: «Cuando rezo me aíslo de  todo lo que me rodea, los ruidos, preocupaciones. Necesito silencio en mi corazón. En esos momentos trato con Jesús lleno de esperanza…». 

La Santa Misa y la devoción eucarística las valora de una manera especial: «Ver el tabernáculo me tranquiliza mucho. Ni las medicinas, ni los delicados cuidados que me prestan me liberan tanto de las crisis como esta presencia de Jesús en la Eucaristía» (17 de julio de 2006). También siente de manera habitual la compañía de su ángel de la guarda y de los que le acompañan. 

Tras la lectura de estos escritos, se descubre cómo Dios no deja de atender a todo tipo de personas. Ante acontecimientos que a los ojos de los hombres pueden parecer desafortunados, llegan a ser una fuente de gracias. Algunos pueden pensar que las adversidades o las limitaciones son una fatalidad y, desde el punto de vista humano así se pueden calificar, pero ante los ojos de Dios es diferente. Lo refleja muy bien san Pablo en la Epístola a los Romanos (8, 28) cuando repite «¡todo es para bien!».

A François-Xavier Arot el Señor no le dio dones físicos sino solo limitaciones, pero le concedió algo más importante: una profunda hondura espiritual que sin duda es más valiosa que los mejores tesoros que la tierra puede proporcionar. Este muchacho, aún cargado de limitaciones puede sentirse profundamente afortunado. El Señor le ha dado piedad y espiritualidad, dones verdaderamente valiosos. Y los que le rodean —sus padres, hermanas y amigos— pueden confiar en que están tratando a alguien especialmente querido por Dios y que está sirviendo a la Iglesia de una manera particular pero especialmente eficaz. 

Pedro Estaún