Óscar Martín Leanizbarrutia: «La belleza es parte de la creación de Dios en el mundo»
El convento Santo Domingo El Real, recientemente adquirido por la Fundación Pablo VI, acogió el jueves un Stabat Mater de este compositor. Se dedicó a las víctimas de Urda
El pasado jueves, la Fundación Pablo VI organizó en el convento Santo Domingo El Real la representación de un Stabat Mater inspirado en el poema medieval del siglo XIII. Como el evento se produjo tan solo un día después del accidente ferroviario en Urda, se dedicó la obra «para orar y honrar a las víctimas de esta tragedia». Hablamos con Óscar Martín Leanizbarrutia, su compositor.
—El jueves presentó su Stabat Mater, una obra que se acerca a uno de los momentos más dolorosos del cristianismo: una madre al pie de la cruz de su hijo. ¿Qué le llevó a poner música a este texto y qué quería contar con ella?
——Este texto ya hace muchos que me tocó en lo personal. Interpreto desde hace casi 20 años el Stabat Mater de Rheinberger y me marcaron mucho el texto y la música. Yo estrené hace cinco años un Requiem por la pandemia y después de esa obra tenía ganas de hacer algo nuevo. Ahora soy padre de un niño de año y medio es curioso, nunca me había parado tanto a meditar y observar el papel de la Virgen. Y eso que había compuesto mucha música sobre ella y hasta un Ave Maria, pero nunca con el detenimiento con el que estoy pudiendo hacerlo ahora en una obra así.
Yo tenía esa necesidad artística, me apetecía mucho y da la casualidad de que, con el coro con el que estrené el Requiem, surgió esto en una conversación. Hemos creado algo a medio camino con el Oratorio porque tiene algo de representación.
—El Stabat Mater ha inspirado a compositores durante siglos, desde Pergolesi hasta Dvořák. ¿Cómo se enfrenta uno a una obra con tanta historia detrás? ¿Qué puede aportar su mirada, la de un compositor de nuestro tiempo, a una oración que lleva siglos acompañando a los cristianos?
——Por formación y experiencia, no puedo vivir ajeno al contexto. Desde mi prisma y vivencia personal, como compositor veo que se ha generado una variedad de estilos muy eclécticos. Por ejemplo, en época de Mozart había un estilo clásico, pero hoy en día hay una variedad muy grande.
Lo bueno de la música de concierto es que permite contemplar la música absoluta. Estoy intentando trasladar mi mundo interior, el de una persona de 37 años, con estos textos e intentando ver qué emociones se pueden escuchar de la mejor manera para que las personas puedan empatizar.

—Usted ha compuesto música para películas como Claret, Red de libertad o La sirvienta, en las que la fe y la vida de la Iglesia tienen un papel central. ¿Qué tiene de particular poner música a una historia religiosa?
——Me guío mucho por unas palabras que suele decir Pablo Moreno, el director de la mayoría: realmente no contamos historias religiosas sino que contamos historias y tienen una carga religiosa. Lo que realmente me impactó contando la vida de san Antonio Claret es el drama humano y transmitir el carisma o valores que tenía. Cuando hago una película así, veo un drama más. Sé que hay verdad y hay un componente más trascendente.
Por eso el Stabat Mater me llama. He hecho distintas piezas musicales y hay temáticas que me elevan más y me hacen ir hacia arriba.
—En una sociedad en la que muchas personas se han alejado de la Iglesia, pero siguen buscando experiencias de belleza, sentido y trascendencia, ¿puede la música ser una puerta de entrada a la fe? ¿Le ha ocurrido alguna vez que una composición le haya permitido llegar a alguien a quien quizá no habría llegado con palabras?
——Soy consciente de que, al igual que puedo contemplar la belleza de un atardecer y llegar a Dios, esa belleza a una persona no creyente también le va a llegar. Queda dejarse abrir a la trascendencia, hay en gran medida una vivencia espiritual sin profundizar.
Siempre hay una parte personal y con la música lo vivo igual. Hay músicas muy pensadas para lo banal y se quedan ahí. Yo considero que la belleza es parte de la creación de Dios en el mundo. El hermano Roger, de Taizé, decía que, si no puedes rezar, canta hasta que puedas rezar. No sé cuánta gente ha podido rezar escuchando La misión de Morricone. Yo, cada vez que la escucho, me lleva a Dios.
Este Stabat Mater lo quise escribir para que para el creyente tuviera una función. Queremos una música que sea narrativa y, si la Virgen tiene el corazón atravesado, que la gente pueda escuchar una espada. O, si el pueblo grita «si eres Dios baja de la cruz», que la gente pueda escucharlo.

—Usted también compuso el Requiem por las víctimas de la COVID-19. Entre aquella obra y este Stabat Mater hay un hilo común: el sufrimiento humano. ¿Qué puede ofrecer la música ante un dolor que no tiene explicación? Muy acorde también a la tragedia que vivimos en España estos días.
——Yo solo puedo hablar de una experiencia muy personal. Cuando he tenido momentos duros en mi vida, la música psicológicamente me ha ayudado a desahogarme, a consolarme. Desde muertes a rupturas sentimentales, todos hemos vivido distintas etapas. Incluso me sigue pasando que, cuando tengo un momento de nerviosismo o estrés, me pongo música que me puede traer la calma y trabaja las emociones desde un punto de vista especial.
—El Stabat Mater se presenta en Santo Domingo el Real, un convento histórico de Madrid que la Fundación Pablo VI ha adquirido con el compromiso de conservar su patrimonio y darle una nueva vida a través de la formación, la divulgación y la cultura. ¿Qué significa para usted estrenar aquí una obra como esta? ¿Puede la música ayudar a que lugares como este, que han formado parte de la vida espiritual de la ciudad, vuelvan a ser espacios vivos de encuentro con la belleza y con Dios?
——Estoy convencido de que esta obra tiene esa vertiente cultural, no es música para pasar el rato. Tiene una función narrativa, explicativa y vivencial. Puede ayudar a que espacios como este puedan ser más conocidos. Está pensada para ser representada tanto en auditorios como teatros para un público melómano.
En este lugar queremos hacer la representación de una escena aunque esto no sea una ópera ni haya disfraces, pero tampoco es exactamente un concierto. Está a medio camino, vamos a jugar con el espacio y es un entorno perfecto.