«¿Cómo no va a sufrir Dios con lo de Toledo?»

«¿Cómo no va a sufrir Dios con lo de Toledo?»

El delegado de Exequias de Madrid responde sobre el problema del mal y dónde estaba Dios cuando sucedió el accidente de trenes de Toledo

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Foto de recurso
«Si nosotros sufrimos, ¿cómo estará Él», dice López Recuero. Foto: Magnific.

Los agentes de la pastoral de Exequias tienen una larga experiencia en el acompañamiento a los familiares en situaciones como el accidente de Toledo. Alberto López Recuero, delegado de Exequias de Madrid, responde a una clásica pregunta en Teología: ¿dónde está Dios cuando suceden estas cosas? 

—¿Dónde está Dios en circunstancias como esta? ¿Tiene respuesta esta cuestión? 
—Dios siempre está, puesto que es omnipresente. Por la fe, y si uno tiene cierta relación con Él, puede ver que Dios está presente. Para otras personas, a lo mejor Dios no está porque lo identifican con algo físico, y Dios está más allá. Entonces se pueden preguntar: «¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué no intervino para que no hubiera pasado esto?». Pero Dios está. 

Además, se sirve de las personas para hacer el bien en estos momentos. En la ayuda, en el acompañamiento, Dios se hace presente en las personas. Quienes han abierto conscientemente la puerta a Cristo permiten que Él se manifieste a través de ellas. Y también hay otras personas en las que, aunque no exista esa conciencia de fe, se manifiestan la calidez humana, el compromiso, el amor y la solidaridad. En estos momentos somos más humanos. Y cuanto más humano eres, más discípulo de Dios eres. Más cerca estás del plan que Dios tenía para ti. 

Ante el dolor de una familia 

—¿Qué se puede decir a los familiares de las personas fallecidas en un accidente como el de Toledo? Tú tienes experiencia en acompañar situaciones de este tipo. 
—Te hablo desde mi experiencia. Yo creo que, si empezamos a hablarles de Cristo, de la Iglesia o de la Virgen María en ese momento, puede que no quieran saber nada. Mi opinión es que hay que escuchar, escuchar y escuchar. Estar en silencio junto a ellos. Muchas veces me he dado cuenta de que, sin decir una palabra, después te dan las gracias por todo lo que les has dicho. Y no les he dicho nada, solamente he escuchado. 

Labores de rescate tras el accidente.
Labores de rescate tras el accidente. Foto: AFP / Óscar del Pozo.

—Hay quien puede estar enfadado con Dios en este momento… 
—A veces, a alguna persona le he dicho que el cabreo es oración. Muchos que aparecen en la Biblia lo experimentaron. El cabreo es oración porque es lo que está saliendo de tu corazón. Desde la perspectiva de la fe, cuando ha pasado algo más de tiempo y la persona está receptiva, sí se puede razonar sobre lo sucedido y sus circunstancias. Pero no puedes hacerlo en pleno duelo. 

—¿Cómo se puede afrontar entonces la muerte de alguien joven, que estaba haciendo su vida y fallece de repente? 
—Tenemos que entender que la muerte es una ley natural. Todo ser vivo va a fallecer. Jesús nos dice que no sabemos ni el día ni la hora. ¿Que es una puñetería? Absolutamente. Muchas veces te preguntas cómo puede morir una criatura de 20 o de 50 años. No hay respuesta. Dios no es un árbitro que está interviniendo constantemente, poniendo y quitando cosas en nuestras vidas. 

Ofrecer el sufrimiento 

—¿Por qué Dios no evita que sucedan accidentes como este?  
—A veces lo tratamos como si fuera una máquina expendedora o un cajero: yo le pido algo y tiene que hacer lo que quiero. Y, si no me lo concede, ¿para qué me interesa ese Dios? Para nada. Eso me parece muy pueril. Falta aquí una madurez espiritual que nos permita aceptar que hay cosas que suceden. Yo lo que les digo propongo es que se ofrezcan.  

—¿Eso cómo se hace? 
—A mí me lo enseñó una niña. Tenía un cáncer muy avanzado, yo le preguntaba qué tal estaba y me decía que muy bien. Yo estaba asombrado. Un día me dijo: «Alberto, lo mismo estoy parando una guerra con este sufrimiento». Resulta que tenía más fe que yo. Ella se ofrecía al Señor y le decía: «Este es mi cuerpo, a imitación de tu Hijo, y te lo ofrezco por el bien de los míos, por mi familia y por la humanidad». 

Se trata de decir: «Señor, te lo ofrezco esto que estoy pasando por el bien de esta humanidad doliente». Podemos ofrecer el sufrimiento para que no sea en balde. Yo tengo mi dolor, pero puedo pedir que la muerte o la cruz que ha tenido tal persona sea por el bien de la humanidad. 

¿Dios sufre también? 

—¿Se puede hacer también con el dolor por la pérdida de un familiar querido en estas circunstancias? 
—Eso es. No significa negar el dolor, sino negarte a ti mismo como nos pide Jesús. Negarte a ti mismo apunta a reconocer que no estás feliz ni contento, que estás sufriendo, pero que puedes decidir qué haces con ese sufrimiento. Y esa cruz, al final, se vuelve amorosa. Porque Cristo no estaba agarrado a la cruz por los clavos, sino por el amor que nos tenía. Esto es lo mismo: si sabes llevarlo con amor, aunque ahora mismo no estés para amar ni para estar contento, puedes ir encontrando un sentido. Pero insisto: esto no se puede forzar en pleno duelo. Si vas a una persona que acaba de perder a un familiar y le dices que no se preocupe porque está con Dios, probablemente no pueda asumirlo. En ese momento, es muy difícil. 

—Desde una perspectiva teológica, ¿se puede decir que Dios sufre con lo que está pasando? 
—Yo pienso que sí. Si yo mismo intento que Cristo esté en mí y se me pone el corazón a llorar, ¿cómo no va a sufrir Dios con lo que está pasando? Si nosotros sufrimos y nos encontramos en ocasiones en un abismo y no vemos nada, entonces ¿cómo estará Él? Yo creo que sí, que Dios sufre.