El párroco de Los Yébenes pasó horas en la zona cero: «Sin el Señor no hubiera sido capaz»

El párroco de Los Yébenes pasó horas en la zona cero: «Sin el Señor no hubiera sido capaz»

Fernando Fernández de Bobadilla dio la absolución colectiva a quienes estaban en peligro de muerte y luego no solo fue ofreciendo consuelo espiritual a los heridos sino ayudando al personal sanitario

María Martínez López
Fernández de Bobadilla estuvo entre el personal de emergencia. Foto: AFP / Javier Soriano.
Fernández de Bobadilla estuvo entre el personal de emergencia. Foto: AFP / Javier Soriano.

Fernando Fernández de Bobadilla, párroco de Los Yébenes, responde al teléfono nada más terminar la Misa de la mañana. Ha acudido más gente de lo habitual —igual que a la de ayer por la tarde—, conmocionada por haber ocurrido tan cerca el trágico accidente de tren que este miércoles se saldó con 68 muertos y 107 heridos.

Ha descansado bien, asegura, después de pasar horas en el lugar del siniestro. «Caí rendido», relata este sacerdote que el año que viene hará cuatro décadas de ministerio. Fue el primero en llegar a la zona, cuando aún había muy poco personal de emergencias.

Por casualidad, iba al médico para pedir una cita cuando un vecino del pueblo le llamó para preguntarle por las noticias del accidente. Al llegar al centro de salud, el personal solo había oído rumores. La confirmación llegó mientras le atendían a él. «Cogí el coche y me fui zumbando», por eso llegó antes que el propio personal médico, que tuvo que preparar su equipo, relata a Alfa y Omega. 

La Guardia Civil le pidió que aparcara en un cruce, por lo que tuvo que recorrer dos o tres kilómetros campo a través. Cuando por fin alcanzó los trenes, encontró un panorama «verdaderamente sobrecogedor, con heridos ensangrentados deambulando en el almendral» cercano, «atendiéndose unos a otros». También había un vagón «abierto en canal» y lleno de fallecidos. 

El párroco en una foto de archivo en Fátima. Foto: Agencias.
El párroco en una foto de archivo en Fátima. Foto: Agencias.

«Comprendí que no podía atender uno por uno y di la absolución colectiva a todo el que estuviera en peligro de muerte, que es lo que dice la Iglesia para situaciones de catástrofe». Sabe que no todos los que la necesitaran le oirían, pero «Dios puede llegar a todos. Si mi intención coincide con la suya, que es salvar a toda la humanidad, sabrá hacerlo por caminos que solo Él conoce». 

A algunos heridos «se les saltaban las lágrimas»

Después, empezó a caminar entre los afectados, diciéndoles palabras de aliento y cogiéndolos de las manos. «Me acerqué a una mujer porque la vi muy ausente. Una persona que estaba a su lado me dijo que era americana y solo hablaba inglés, así que le dije: «I am a priest, I pray for you» [soy sacerdote, rezo por ti], y ella sonrió». A algunos «se les saltaban las lágrimas». 

«En estas situaciones razonar o intentar explicarlo es imposible. Lo único que se puede hacer es transmitir un sentimiento de cercanía. Pero si eres sacerdote lo haces desde la realidad de la fe, que no es una sugestión, una mentira o un sentimiento, pero sí lo puede despertar». 

También colaboró con el personal sanitario, haciendo cosas como sostener bolsas de suero —a veces las de dos heridos a la vez— o ayudando a cargarlos en las camillas. «Cuando me encargaban algo obedecía», asegura. «Perdí la noción del tiempo». 

Señala la disposición, la acogida y la gratitud tanto de los agentes de la Benemérita como de los sanitarios, que no solo le permitieron acceder y le ayudaron a pasar de un lado al otro de la vías, sino que estuvieron muy pendientes también de él: «Pater, ¿necesita algo?»; «pater, tome una botella de agua». 

El arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, se acercó al lugar del accidente. Foto: EFE / Ismael Herrero.
El arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, se acercó al lugar del accidente. Foto: EFE / Ismael Herrero.

En el lado del Iryio, estaba montado el hospital de campaña y era mucho mayor la actividad, con un movimiento continuo de ambulancias y helicópteros. En la zona del último vagón, «solo estaban sacando cadáveres». En ese momento llegó Francisco Cerro, el arzobispo de Toledo, junto con el vicario de la zona. «Estuvimos un rato atendiendo y sobre todo rezando responsos». 

Mensaje del párroco de Adamuz

Fernández de Bobadilla estuvo en el lugar del accidente hasta las dos de la tarde, pero luego, atendiendo multitud de llamadas, no comió hasta pasadas las cuatro. Entre ellas, los dueños de una fábrica de comida preparada ofreciéndose para llevar raciones al personal de emergencias y a los familiares, porque asumían que Cáritas estaría en contacto con las autoridades. Mientras, los voluntarios de la entidad se habían preparado para ayudar en el pabellón municipal, al que se había dicho que iban a trasladar a damnificados, aunque finalmente se centralizó todo en Urda, cuyo párroco también estuvo al pie del cañón. 

Así que «me enganché a la vida de la parroquia», comenta con naturalidad a pesar del dramatismo de lo vivido: confesiones a las siete de la tarde, Misa a y media y catequesis de confirmación de adultos después. Por último, atender a más medios de comunicación. «La Misa de esta tarde será de funeral». 

En un momento dado, le llegó un mensaje de WhatsApp del párroco de Adamuz, Rafael Prados, que se vio en su misma situación el pasado 18 de enero. Se conocían porque el obispo emérito de Córdoba, Demetrio Fernández, había invitado muchas veces a Fernández de Bobadilla a dar formaciones. 

«Cuando le tocó a él vivir lo que le tocó en Adamuz, le pasé un mensaje diciéndole que me acordaba, que rezaba por todas las víctimas y por él y que recordara que la clave del sacerdocio es ofrecerlo todo con el sacrificio de Jesucristo». Es el único momento de la conversación en que las emociones le apagan la voz por momentos. «En su mensaje, él prácticamente me decía lo mismo». 

«No hagamos una campaña»

«Rezando por la noche miraba hacia atrás y no sé de dónde saqué la fuerza», asegura. Además de tener 71 años, en julio de 2025 le operaron de un cáncer de páncreas y estuvo todo el curso con quimioterapia. «No tengo las piernas fuertes», y después de la caminata de ida y de la de vuelta pasó horas de pie o en cuclillas. Por eso, asegura que «si el Señor, que está en medio de todo esto, no me hubiera sostenido, no hubiera sido capaz». 

Esta certeza le lleva a resaltar dos cosas al despedirse. La primera, que «el Papa León XIV nos dijo a toda España que descarguemos las frases de ira y enfrentamiento». Por ello, pide «que dejemos a la gente sufrir en paz, que no hagamos una campaña. A nadie le alivia que estemos buscando culpables para condenarlos, y hace muchísimo daño». 

De la visita del Santo Padre, recuerda también el lema, Alzad la mirada, que asegura que se le vino a la cabeza el miércoles en medio del horror. «Si nos quedamos mirando a estos solamente como una tragedia que no sabemos por qué ha pasado, no vamos a ningún sitio. Alcemos la mirada con esperanza, sabiendo que al Señor no se le escapa nada» y si ha permitido esto sabrá sacar de ello «un bien que no sabemos cuál será».