Catedrático de Física: «Dios podría ser el fundamento de la racionalidad cósmica» 

Catedrático de Física: «Dios podría ser el fundamento de la racionalidad cósmica»

«Es difícil pensar que el universo no tenga la finalidad» de que «existiera la vida», asegura David Jou, catedrático de Física de la Materia Condensada

María Martínez López
Jou i Mirabent durante su conferencia. Foto: UNAV.
Jou i Mirabent durante su conferencia. Foto: UNAV.

«¿Para qué existe el universo?». Fue una de las preguntas que planteó el catedrático de Física de la Materia Condensada David Jou i Mirabent, de la Universidad Autónoma de Barcelona, durante la VIII Lección Conmemorativa Mariano Artigas, organizada por el Grupo Ciencia, Razón y Fe (CRYF) de la Universidad de Navarra. 

Su atrevida respuesta planteaba la posibilidad de que existiera para el amor. En su intervención, propuso que incorporar el concepto de información al diálogo entre ciencia y fe podía servir para establecer puentes y abordar de una forma nueva cuestiones como esa. 

—Empecemos por lo básico. Usted es catedrático de Física de la Materia Condensada. ¿Qué ámbito abarca exactamente, explicado para el común de los mortales?
—Materia condensada es todo lo que no sean gases ni plasma; es decir, líquidos y sólidos, gran parte de todo lo que nos rodea, incluida la materia biológica y nosotros mismos. Tecnológicamente, materia condensada son además todos los circuitos de ordenadores y los cristales. Pero para mí, el paradigma o la quintaesencia de la materia condensada es el cerebro, que no es estrictamente sólido (es muy flexible) ni líquido (es muy viscoso). Aunque de él lo más importante es su estructura interna, tan misteriosa, que permite procesar la información. Es un ámbito que no se acaba nunca y es muy emocionante investigar.

—Normalmente, de la materia biológica se encarga la biología. ¿Qué puede aportar la física?
—Yo he dado durante muchos años cursos de biofísica, que complementa la bioquímica, la biología molecular, la genética, etc. Por ejemplo, en los estudios del cerebro contábamos con la investigación sobre el funcionamiento de las redes neuronales. Recordemos que en 2024 el Premio Nobel de Física se concedió a las estrategias de redes neuronales artificiales que han llevado a la explosión de la inteligencia artificial sobre la base de entrenar estas redes para actuar como modelos de lenguaje de gran tamaño. 

Pero antes de todo eso estaba la biofísica, que se situaba entre el estudio propiamente del cerebro, que hace la biología, y las ciencias computacionales, dando la base física esencial para pasar de un procesamiento de la información estrictamente biológico a uno computacional. 

Ilustración de los dos premiados, John J. Hopfield y Geoffrey E. Hinton. Foto: Comité del Nobel.
Ilustración de los dos premiados, John J. Hopfield y Geoffrey E. Hinton. Foto: Comité del Nobel.

—En muchos aspectos, este ámbito científico es bastante de frontera y toca bastantes cuestiones interesantes para el diálogo entre ciencia y fe. Muchas veces se ha acusado a la religión de que Dios era un tapa-agujeros de la ciencia, al que se recurría para explicar lo que la ciencia aún no podía. En su conferencia usted negó que Dios fuera este «refugio irracional de aquello que no conocemos» y afirmó incluso que es «el fundamento de la razón». ¿Por qué?
—Hay dos maneras de ver la razón en ciencia. Una está basada en la biología y la considera como algo que procede del cerebro humano. En cambio, si estudias física la razón es mucho más general: una razón cósmica expresada en leyes físicomatemáticas de las cuales surgen la química, la biología y, en último término, el cerebro humano y la capacidad de razón. No hablaba del fundamento de la razón en un sentido solo sentimental o teórico, sino desde esta perspectiva de que Dios podría ser el fundamento de esa racionalidad cósmica que rige el universo que no aparece con el ser humano sino que es previa. La humana sería como un reflejo de ella.

—Propuso asimismo incorporar la información a la visión científica. ¿Qué quiere decir exactamente con información? Porque tradicionalmente se la diferencia del saber científico por su carácter más contingente.
—La visión clásica del universo hasta 1950 estaba basada en materia y energía. Ahora está basada en materia, energía e información. Esta información entra en las ciencias físicas y computacionales a través de la idea de los bits como medida de la cantidad de información que necesitamos para transmitir un mensaje. Esta es la información cuantitativa. A ella se suma la estructural, por ejemplo el ADN, en el que lo importante no es su química sino la información que contiene sobre las proteínas que después van a fabricar las células. Y por último está la dimensión semántica: la información como significado, como cuál es la finalidad de esos datos. Es un sentido más filosófico, que es el que utilizaban los medievales: dar forma. 

—Pero el «para qué» sería una cuestión extracientífica, ¿no?
—Si a usted le dan una serie de ceros y unos pero no sabe si es una imagen, un sonido, una cadena molecular… será inútil. Este último sentido también toca el campo de la biología sintética. Desde 1920 hasta 2000 la biología molecular analiza las células para ver qué moléculas las constituyen y cómo interactúan entre sí. En el año 2000, a consecuencia del Proyecto Genoma Humano, se llega a poder sintetizar de forma bastante eficaz prácticamente todas las moléculas que constituyen las células. Ahora la pregunta es si podremos sintetizar una célula viva. Para hacerlo habría que dar información de la estructura y el ritmo de cómo se deben unir.

—Es un ámbito que puede plantear bastantes dilemas éticos. ¿Tendría ventajas?
—La principal es que se pueden diseñar muchos nuevos medicamentos y sintetizar en cadena grandes cantidades de algunos que biológicamente serían difíciles de producir, yendo más allá de la ingeniería genética, que tiene que pasar por una célula. Pero efectivamente sí puede plantear dilemas. Aunque las primeras células sintéticas serían mucho más sencillas y poco tendrán que ver con la vida tal como la conocemos. Aun así se puede dar el riesgo de que sea una vida que no podamos controlar y empiece a interferir con la vida que conocemos y amenazarla. 

—Lanzó una hipótesis atrevida: «Puede ser que el universo exista para el amor». ¿Hay indicios científicos que le lleven a decir esto?
—La cosmología clásica se preocupa por la materia y la energía, pero ¿y si también se preocupara por la información semántica? Si nos planteáramos qué pasaría si el universo tuviera como propósito que existiera la vida, esto impondría una serie de condiciones sobre qué tipo de universo podemos tener. Para que pueda haber vida existen un montón de variables que tienen que tener unos valores muy concretos, que conocemos y que son los que, en efecto, tienen. Por eso cuando tomamos estas variables en consideración en su conjunto es difícil pensar que el universo no tenga esta finalidad.