«Entrega» y «regalo»: los obispos auxiliares electos de Madrid ante su nombramiento
Los nuevos obispos auxiliares de Madrid, que ofrecen sus primeras declaraciones a este semanario, reconocen que la misión les excede y confían en la gracia de Dios para ponerse al servicio de la Iglesia diocesana
Todavía están intentando hacerse a la idea. El nombramiento como obispos auxiliares de Madrid, anunciado este viernes desde la Santa Sede, les ha cambiado la vida de un día para otro. A Andrés Martínez Esteban, que hasta ahora era vicario general del Ordinariato para los Fieles Católicos Orientales Residentes en España, le vienen con frecuencia a la cabeza las palabras de Jesús a Pedro: «A partir de ahora, ya uno está totalmente expropiado». Fernando Murga Gómez, hasta ahora moderador de la Curia diocesana, lo vive como «un regalo de Dios», una «caricia del Padre» que, sin embargo, trae consigo una responsabilidad que está tratando de asimilar.
Los dos sacerdotes han compartido con Alfa y Omega sus primeras impresiones tras conocer el nombramiento. Y, aunque sus trayectorias son distintas, coinciden en algo: la conciencia de que el episcopado no es una meta personal, sino una llamada a entregarse todavía más. No ocultan el vértigo ante lo que viene, pero tampoco la confianza en que Dios sostendrá una misión que, por sí solos, saben que no pueden afrontar.
Andrés Martínez: «Entregarme mucho a la diócesis»
«Todavía lo estoy procesando. No sé muy bien lo que significa». Así comienza Andrés Martínez cuando se le pregunta por el nombramiento episcopal. El sacerdote madrileño, colaborador durante años de esta publicación, no intenta disimular la magnitud del cambio: «Significa un cambio radical en mi vida».
En estos primeros momentos, una imagen evangélica le acompaña de manera especial. «Me vienen las palabras de Jesús a Pedro, sabiendo que a partir de ahora ya uno está totalmente expropiado», explica. Una manera de expresar que la nueva responsabilidad implica poner la propia vida, el tiempo y los proyectos al servicio de una misión que ya no depende solo de uno mismo.
¿Cómo afronta entonces el paso de sus responsabilidades actuales al ministerio episcopal? Su respuesta es breve, pero reveladora: «Con temor y temblor y confiando en la gracia de Dios».
Sobre su responsabilidad desde el vicariato del Ordinariato para los Fieles Católicos Orientales Residentes en España. Martínez confía en que ambas puedan desarrollarse sin duplicidades. «Yo creo que se puede conjugar de forma armónica y en comunión». Y añade una razón que considera decisiva: «Voy a trabajar con un pastor [el cardenal Cobo] que ama mucho a la Iglesia, que siente con la Iglesia, y eso es una ventaja, porque no va a haber duplicidad. Vamos a estar en lo mismo, en unidad, en comunión y trabajando juntos».
Preguntado por cómo dialogar cuando existen diferencias en la manera de entender la pastoral, de sensibilidades, de cultura y de tradiciones, el sacerdote apunta a una actitud que considera fundamental: escuchar. «Significa escuchar, en primer lugar; eso es importante, escuchar, tener paciencia, saber que cada uno sigue sus propios procesos, saber que Dios tiene su tiempo». Y concluye con una convicción que atraviesa toda su respuesta: «Si somos dóciles al Espíritu Santo, el Señor hace las cosas como Él sabe, y siempre buscando el bien de todos».
Cuando se le pregunta qué huella le gustaría dejar en la archidiócesis de Madrid, admite que es pronto para responder. «Esta es difícil», reconoce. Pero enseguida encuentra las palabras que resumen cómo quiere vivir su nueva misión: «Entregarme mucho a la diócesis y amar mucho a los sacerdotes».
Fernando Murga: «Un regalo de Dios» que exige entregar la vida
Fernando Murga tampoco disimula la mezcla de alegría y responsabilidad con la que ha recibido la noticia. «Un regalo de Dios, la verdad. Una caricia del Padre que desborda, crece, es lo que uno pueda soñar», responde cuando se le pregunta qué significa para él haber sido nombrado obispo auxiliar de Madrid.
Pero la alegría no le hace perder de vista lo que implica el nuevo ministerio. «También una carga grande, porque es verdad que el servicio, que es servicio, implica también la dedicación de toda la vida», explica.
En realidad, esa entrega no le resulta ajena. «También es cierto que eso fue lo que yo hice cuando me ordené sacerdote, entregarle la vida al Señor», recuerda. «Un compromiso muy grande con el pueblo de Dios y con el pueblo de Dios de Madrid».
El sacerdote reconoce que la responsabilidad le obliga a preguntarse si estará a la altura. «La necesidad también de saber estar a la altura, que yo creo que esto nunca lo estaremos, pero con la ayuda de Dios seguro que es posible».
«A día de hoy, soy todavía un poco incapaz de darme cuenta, de tomar conciencia de qué es lo que implica y representa», admite. Ha tenido cerca a otros sacerdotes y obispos que le han servido de referencia, pero ahora le toca a él dar el paso. «Es verdad que he tenido siempre a los hermanos mayores que han ido por delante de referencia, pero es verdad que cuando el reto te toca a ti, toca mucha oración todavía».
De la parroquia al seminario y a la Curia
Murga conoce Madrid desde distintos lugares. Su trayectoria le ha llevado de las parroquias al Seminario Conciliar y, más recientemente, a la moderación de la Curia diocesana. Experiencias diferentes que, a su juicio, han ido ensanchando su corazón y su mirada.
«Fue uno de los primeros pasos en las parroquias sencillas de un barrio como Usera, donde uno empezó a entender, o yo por lo menos comprendí, lo que significaba ser sacerdote», recuerda. Allí comenzó a descubrir qué le pedía el Señor y a reconocer las necesidades de las personas a las que estaba llamado a servir.
«Sobre todo, me fui iluminando en la inteligencia y el corazón para reconocer a ese pueblo de Dios que está necesitando el amor de Dios», explica. Esa experiencia, añade, «fue lo que ha ido constituyendo mi ser sacerdote».
Después llegó el cambio al seminario, una etapa distinta, pero igualmente decisiva. «Fue un cambio brusco, porque no es una parroquia, pero siguió construyendo un corazón de pastor», señala.
Durante años ha acompañado a quienes se preparan para el sacerdocio. En ese tiempo, asegura, ha podido contemplar cómo Dios trabaja en la vida de quienes responden a su llamada. Una experiencia que también le ha transformado a él.
«El privilegio de poder acompañar durante 15 años, 12 años —en referencia a su trayectoria formativa— la vida de los que han decidido decir que sí al Señor y ver la transformación que el Espíritu Santo hace en ellos, alienta el proceso de uno», cuenta.
Y va un paso más allá: «Uno se ve formándose a la vez que se van formando ellos, porque nunca estamos formados del todo».
Su paso a la Curia ha ampliado todavía más esa perspectiva. La experiencia de gobierno le ha permitido conocer mejor la complejidad de una archidiócesis como Madrid y el trabajo de tantas personas que sostienen la vida de la Iglesia.
«Es un ensanchamiento del corazón y de la mirada, para darme cuenta de que el gobierno de la diócesis de Madrid no es nada sencillo», afirma. Detrás de su funcionamiento, recuerda, hay mucho pueblo de Dios que está entregando su vida para que la Iglesia siga adelante.
«Construir desde la comunión»
Preguntado por cómo debe organizarse el gobierno de una diócesis tan grande y plural, Murga sitúa de nuevo la comunión en el centro. Para él, la Curia no puede entenderse como una suma de departamentos que funcionan por separado, sino como un equipo convocado para una misma misión.
«La tarea más importante es construir desde la comunión, o sea, ser conscientes de que somos equipo, de que el Señor nos convoca en grupo; no vivimos esto solos», afirma.
La segunda clave es mirar la realidad sin prejuicios ni ideas preconcebidas. «Con el corazón muy abierto y la mirada muy despierta, a ver la realidad, no lo que uno piensa que debe de ser, sino entrando a fondo en los problemas, en las dificultades y las realidades del pueblo de Madrid».
En ese trabajo, el nuevo obispo auxiliar quiere seguir caminando con el cardenal José Cobo y con la orientación pastoral que el arzobispo viene proponiendo para la diócesis. Murga destaca que no se trata de improvisar, sino de continuar una tarea que parte del conocimiento de Madrid y de sus necesidades.
«Tenemos por delante un pastor que lleva muchos años conociendo la diócesis de Madrid, que sabe muy bien cuáles son sus necesidades y que nos va proponiendo sin marcar líneas muy fijas, pero sí horizontes», explica.
También subraya el modo de trabajar que está promoviendo el arzobispo: «Gracias a Dios tenemos un pastor que el modo sinodal de trabajar lo tiene muy claro y nos está ayudando a entenderlo». Una propuesta que considera atractiva y que apunta a una forma de ejercer la responsabilidad eclesial desde la escucha, el discernimiento y la corresponsabilidad.
Al final, cuando se le pregunta qué recuerdo le gustaría dejar de su paso como obispo auxiliar, Murga vuelve a lo esencial. . Su respuesta es sencilla: «La de un buen pastor. Yo creo que es la que quisiéramos todos». Y precisa qué significa para él esa expresión: «La de un pastor que da la vida por sus ovejas a imagen de Jesucristo».