Cándido Méndez: «La polarización equivale a paralización»
El ex secretario general de UGT reconoce en la doctrina social de la Iglesia una tradición plenamente vigente para afrontar los desafíos del trabajo, desde la precariedad hasta la IA. Advierte de que la vivienda se ha convertido en una nueva frontera de la desigualdad y reclama un pacto social que sitúe en el centro a la persona
—El 7 de junio, patronal y sindicatos hablaron ante el Papa León XIV de la necesidad de construir un «nuevo contrato social», basado en la dignidad del trabajo, el diálogo social y el bien común. Hoy tenemos una huelga general convocada por la vivienda. ¿Qué nos dice este conflicto sobre el estado de nuestro contrato social?
—El mensaje de este conflicto, protagonizado por los jóvenes, nos dice que hay que reconvertir el contrato social, como hay que reconvertir la enseñanza obligatoria, porque están pensados para una sociedad autóctona y analógica y nuestra sociedad hoy es diversa y digital. Además hoy, al menos en la UE y particularmente en España, la vivienda se ha convertido en la encrucijada de la desigualdad, donde se cruzan la oferta, la demanda, los precios y la calidad del empleo y los salarios.
—Usted ha dicho que le ha sorprendido que la huelga se haya convocado después del adelanto electoral, aunque ha defendido que es un derecho constitucional. ¿Cree que el momento elegido puede restarle legitimidad social a una reivindicación que considera justa?
—Efectivamente, me han sorprendido dos hechos: que coincida con una convocatoria de elecciones —nunca ha ocurrido hasta la fecha—, y que los dos grandes sindicatos no sean los iniciadores sino los que la secundan, al llamado de las multitudinarias manifestaciones por la vivienda accesible, algo que tampoco que yo recuerde, ha ocurrido, y he participado en la convocatoria de siete huelgas generales en España. Creo que esto distorsiona el mensaje sindical y va a exigir un esfuerzo intenso de explicación en los centros de trabajo, pero en ningún caso menoscaba el objetivo de la huelga: vivienda, salarios, precios.
—Durante décadas, las reivindicaciones sindicales han girado fundamentalmente en torno al salario, la jornada o las condiciones laborales. Ahora la vivienda se ha convertido en el centro de una huelga general. ¿Estamos ante una nueva cuestión obrera: trabajadores que tienen empleo, pero no pueden acceder a una vivienda digna?
—Decididamente sí. En España, desde 2018, hay un quiste social; hay en torno a dos millones de trabajadores pobres, que se sepultan más en la pobreza al pagar alquileres abusivos. El alquiler de la vivienda es un problema europeo que golpea sobre todo a los jóvenes, los que más recurren al alquiler y que los aboca a la exclusión y a la pobreza. España es uno de los países de Europa en peor situación. El ensanchamiento de la desigualdad se expresa, sobre todo, en precariedad, salarios bajos y dificultad de acceso a la vivienda. Incluso en los años transcurridos desde el 15M, se ha producido un retroceso en la reivindicación de la vivienda, de aspirar a adquirir a aspirar a alquilar. Y la mayoría de estos años el Gobierno ha sido de la denominada coalición progresista; paradojas…
—La doctrina social de la Iglesia (DSI) lleva más de un siglo defendiendo que el trabajo no puede reducirse a una mercancía y que debe permitir una vida digna. León XIV acaba de recuperar con fuerza esa tradición. ¿Cree que el movimiento sindical y la Iglesia están volviendo a encontrarse en una misma preocupación: cómo garantizar que el trabajo permita realmente vivir con dignidad?
—Sin duda; la encíclica Magnifica humanitas creo que se puede considerar heredera de la Rerum novarum, y la elección del nombre de León XIV tiene algo que ver. En aquel entonces los sindicatos de clase desconfiaban de la doctrina social de la Iglesia; sin embargo, en España, desde la Transición, creo que la confluencia entre la Iglesia y los sindicatos en estos objetivos es bastante clara, sobre todo por el trabajo de los movimientos cristianos de base, que han hecho de puente. En esta encíclica, León XIV sitúa la dignidad del trabajo, el salario justo y la primacía de la persona sobre el capital entre los principios que siguen teniendo actualidad.
—Usted ha vivido varias décadas en el movimiento sindical español. ¿Qué ha cambiado más profundamente: el trabajo, el sindicalismo o la sociedad? ¿Y qué cree que el sindicalismo todavía no ha sabido entender del nuevo mundo laboral?
—Creo que ha cambiado todo: el trabajo, la sociedad y el sindicalismo tambien, con mucha intensidad en las grandes empresas, sobre todo las industriales, donde compites por el empleo dentro de la misma marca y con las otras marcas. Lo que ocurre es que la sociedad digital, y ahora la IA, han provocado una revolución tecnológica, cultural y relacional a la que nos estamos adaptando sin una estrategia clara de país, ni tampoco a nivel europeo.
—Durante mucho tiempo España ha presentado el diálogo social como uno de sus grandes activos democráticos. Sin embargo, ahora patronal y sindicatos vuelven a estar enfrentados. ¿Está agotándose el modelo de diálogo social que hemos conocido o necesita una renovación para responder a problemas nuevos como la vivienda, la precariedad o la inteligencia artificial?
—Yo creo que estamos en una nueva frontera y tenemos que abordar un proceso de transición, como nos ocurrió tras la dictadura. Siendo las condiciones muy distintas, este país es más próspero y más justo que entonces, pero seguimos necesitando recuperar la confianza entre nosotros, desde la pluralidad de pensamiento, para definir objetivos comunes para la España del presente y del futuro. Las relaciones entre sindicatos y patronal no atraviesan un buen momento por arriba, pero por abajo siguen firmándose convenios colectivos. Sin embargo, entre los partidos políticos las relaciones son malas por arriba y por abajo. La polarización equivale a paralización; los muros —esta ha sido la legislatura del muro—, son la antítesis de lo que necesita España.
—En aquel encuentro con el Papa, los sindicatos defendieron que la inteligencia artificial podrá aumentar la productividad, reducir el tiempo de trabajo y mejorar la calidad de vida, siempre que sus beneficios se distribuyan justamente. ¿Cree que estamos preparados para negociar esa transición o existe el riesgo de que la IA agrande todavía más la desigualdad entre trabajadores?
—En unas jornadas de la Fundación San Pablo CEU, una experta en IA dijo una frase de extrema lucidez: «¿Qué no podrá hacer la IA dentro de diez años que hoy hace el ser humano? Todo lo que decidamos hoy que no haga la IA». En los estudios de técnicos de ciencias de la computación, con empleo y bien retribuidos, a partir de 2024 el alumnado ha caído bruscamente porque la IA los está sustituyendo; esto acabo de leer referido a Estados Unidos, donde las cosas que pasan acaban pasando en España. No hay plan B, hay que asentar el nuevo contrato social sobre esa transición poniendo en el centro el ser humano con trabajo digno.

—La DSI propone superar tanto el individualismo como la lógica de la confrontación permanente entre capital y trabajo y habla de cooperación orientada al bien común. ¿Es posible hoy reconstruir esa cultura de cooperación entre empresarios y trabajadores o estamos entrando en una etapa de mayor conflicto social?
—España es una península adosada a un gran islote de democracia, libertad y bienestar social llamado la UE. En mi opinión, en este mundo la unidad es un objetivo existencial y el conflicto de intereses, que siempre lo va a haber, en el plano laboral debe de enmarcarse en la necesidad de actuar unidos, también empresarios y sindicatos, frente a la reaparición del sintagma; la fuerza representa el derecho, propio de la revolución industrial, que quieren imponer las grandes potencias, Estados Unidos, China y Rusia. De que sepamos construir objetivos comunes, en la UE y en España, va a depender que podamos mantener nuestro estado del bienestar, que tendremos que reformar. León XIV presenta precisamente la colaboración entre los distintos componentes de la sociedad como una alternativa a la lógica de la lucha de clases.
—También al sindicalismo le corresponde hacer autocrítica. ¿Qué responsabilidad tienen los sindicatos en que una parte de los trabajadores, especialmente los jóvenes, sienta que las organizaciones tradicionales ya no representan suficientemente sus problemas, cuando precisamente la vivienda se ha convertido en una de sus principales preocupaciones?
—Indudablemente tenemos la parte alícuota que corresponde a las organizaciones sindicales, y eso nos penaliza en afiliación, aunque los sindicatos españoles, al menos en lo que yo conocí, siguen siendo en su afiliación de los más jóvenes de Europa. La situación de los jóvenes españoles son el exponente de la impotencia de las instituciones democráticas; nos incluye a todos los actores constitucionales en despejar el futuro y la lacra fundamental es el problema de la vivienda.
—Si hoy tuviera delante al Papa León XIV y pudiera explicarle qué está ocurriendo en el mundo del trabajo en España, ¿qué le diría que es lo que más le preocupa y qué cree que debería hacer la sociedad española para recuperar ese nuevo contrato social del que patronal y sindicatos hablaban ante él hace apenas unos meses?
—Le diría que lo más preocupante es el ensanchamiento de la desigualdad, que en España se refleja, brutalmente, en el hecho de que en los últimos ocho años el aumento de la bolsa ha sido exponencial, y, en paralelo, somos el país europeo con mayor nivel de pobreza infantil, alejándonos en estos años más de la UE. Bolsa exuberante y, a la par, pobreza lacerante. La sociedad española seguirá impotente para resolver los problemas de fondo: vivienda, productividad, calidad del empleo, salarios y el reto de la inmigración, mientras no supere la polarización y avancemos en objetivos comunes, en consensos básicos. Yo hablaría de un pacto, con diferentes escenarios y protagonistas —instituciones ejecutivas a todos los niveles, sindicatos, patronales—, por el empleo, la productividad, la formación y la vivienda, y una reconversión educativa al menos en las enseñanzas primaria y secundaria obligatorias, donde se está gestando el futuro de nuestra sociedad.
—¿Y qué tendría que ocurrir después del 11 de noviembre para que la movilización no termine simplemente en una jornada de protesta, sino que se traduzca en un nuevo pacto social sobre vivienda, salarios y trabajo?
—Para mí, me lo ha dictado la experiencia, los días más importantes de una huelga son el de antes —ahí tiene que estar culminado todo el trabajo para asegurar el éxito del derecho constitucional de huelga—, y el día después, donde debes gestionar adecuadamente el sacrificio de los trabajadores que han renunciado a un día de su salario. En realidad, la huelga constitucional en España es un paréntesis entre dos procesos de diálogo; por lo tanto, este hay que retomarlo para mejorar la situación de los trabajadores jóvenes. Mi mirada sobre las elecciones generales es parecida: lo importante para el sindicato debe ser el día después, donde se puede atisbar quién va a gobernar España, y como interlocutor social va a ser, en asuntos como la vivienda o la mejor gestión de la inmigración, a quien plantear un escenario de diálogo sobre estos importantes asuntos.