Los monjes que buscan la excelencia en el vino: «vendimiamos a mano para no estropear las mejores uvas»
El caldo francés elaborado por los benedictinos de Le Barroux ha salvado de la ruina a los campesinos locales. Hoy han conquistado tierras hispanas de la mano de El Lagar de María
El reloj que llevo amarrado a la muñeca ha dejado de dar la hora. Se le ha acabado la pila de camino al encuentro con el padre Charbel Pazat de Lys, monje benedictino del Monasterio de Santa María de Le Barroux (Francia), organizado por El lagar de María. Se trata de una iniciativa que monta experiencias contemplativas de fin de semana para descubrir la tradición monástica del vino desde dentro.
Mientras cruzo el umbral de la puerta del Colegio Mayor Moncloa, donde ha tenido lugar lo que en el primer párrafo he definido como «encuentro», pero que en realidad ha sido una presentación del proyecto y una cata de los caldos que elaboran en el cenobio francés, pienso que la pila se ha agotado en el momento preciso.
El segundero se antoja intrascendente en un contexto marcado por la contemplación. Ayudado por las nuevas tecnologías, el religioso primero ha invitado a los presentes precisamente a contemplar -que es a la vez comprender- el terreno. «Nosotros teníamos un terruño buenísimo, pero no lo sabíamos. Cultivábamos sin más» y el resultado era mediocre.
Algo similar ocurría con los campesinos locales. «No valía la pena trabajar. No se llegaba a fin de mes. La situación era desesperante». Hasta el punto del suicidio. «Todavía hoy cada semana hay varios campesinos que se quitan la vida», ha lamentado Pazat de Lys, que también es el secretario de la Asociación Internacional Monástica.

Calidad por encima de todo
La comunidad benedictina decidió tomar cartas en el asunto y se entregó a la perfección evangélica, pero aplicada al vino. «Lo que nos orienta no es el rendimiento económico, sino la calidad», ha asegurado.
Lejos de ser un eslogan comercial, se trata de una técnica de producción muy concreta que lleva a los monjes a «hacer todo lo necesario». Por ejemplo, «quitamos determinadas hojas para que el sol dé en el lugar oportuno». O también «desechamos racimos más verdes para que los mejores racimos adquieran todos los nutrientes». E incluso «vendimiamos a mano para que la maquinaria no estropee las mejores uvas».
La última medida es la densidad. Los religiosos cultivan hasta 8.000 cepas por hectárea, que es más del doble de lo habitual. Pero no lo hacen por el aprovechamiento del espacio, sino con la intención de forzar a las cepas a ir más allá de sus límites. «De esta forma, con tanta competencia, las raíces buscan zonas más profundas, donde adquieren las características del terreno con más intensidad». Al final, «se producen uvas con bastante más sabor y finura».

Colaboración con los campesinos locales
Con una materia prima de semejante calidad, una hipotética bodega montada por los monjes habría sido un éxito, lo cual hubiera dado la puntilla a la cooperativa local y a la maltrecha economía de los campesinos del entorno. «Era justo lo que no queríamos hacer», así que renunciaron a la idea de montar su propia bodega y derivaron toda la producción a la cooperativa local, con la que firmaron un acuerdo en el que figuraban las características técnicas con las que debían ser tratadas sus uvas.
Incluso permitieron a los viticultores de la zona sumarse al proyecto, bajo unas pautas muy precisas de producción. «Al final se han apuntado la mayoría, porque se han dado cuenta de que pagamos mucho más y eso les ayuda a vivir mejor».
El resultado «son vinos bastante fuertes, aunque ahora estamos sacando una más suave», explica Charbel Pazat de Lys, que en realidad nació en Madrid. La comunidad religiosa tiene tres gamas: paz, voz y luz. Y en cada una de ellas producimos un vino blanco, uno tinto y un rosado.
Experiencia de fin de semana
Antes de pasar a la cata -donde hemos degustado un blanco, un tinto y un sorprendente «blanco de tinto», que es un vino blanco salido de uvas tintas-, la responsable de El Lagar de María, Elena Añover, ha explicado que las experiencias de fin de semana, por un lado, ayudan al sostenimiento económico de las comunidades que visita. «Porque nos alojamos en pensión completa en sus hospederías o compramos en sus tiendas monacales», ha precisado.
Por otro lado, también es una experiencia de oración y de vida, donde entras en contacto con la trascendencia. «Al final son personas entregadas a Dios cuyo testimonio siempre impacta de algún modo en la vida de los que acudimos a visitarlos», ha concluido. Allí también se paran las manecillas del reloj.