Teresa Perales: «Me quedo con cómo me sonrió el Papa; no necesitaba más» - Alfa y Omega

Teresa Perales: «Me quedo con cómo me sonrió el Papa; no necesitaba más»

Acaba de alcanzar las 100 medallas internacionales, pero prefiere que la recuerden por un abrazo. La nadadora paralímpica, premiada por la Fundación Mapfre por su trayectoria, habla de fragilidad, de pedir ayuda y de mirar más allá de las apariencias

Cristina Sánchez Aguilar
Teresa Perales
Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

La nadadora paralímpica, que acaba de alcanzar las cien medallas internacionales, recibió el premio a toda una trayectoria profesional de la Fundación Mapfre. Sin embargo, asegura que prefiere que la recuerden por un abrazo o una sonrisa. En conversación con Alfa y Omega, habla de la fragilidad, la importancia de pedir ayuda y el valor de mirar a los demás más allá de las apariencias.

—Acaba de recibir un premio a toda una trayectoria profesional, pero sigue mirando a Los Ángeles 2028. ¿Cómo se recibe un reconocimiento que mira al pasado cuando todavía quedan tantos sueños por delante?
—No me imaginaba jamás recibir un premio a toda una trayectoria. Pensaba que sería cuando me retirase o cuando fuera muy mayor. Con 50 años una no se siente tan mayor. El cuerpo te marca una cosa, pero la cabeza se mantiene joven. Al preparar el discurso me preguntaba qué huella quería dejar. No sé si necesito que me recuerden, pero me gustaría que mi hijo pudiera contarles a sus hijos que era una persona cariñosa, cercana, que regalaba besos y abrazos.

—¿Cuándo descubrió que la huella más importante no se mide en medallas?
—En lo que he vivido con otras personas, en esos pequeños gestos y en la emoción que despierta conocer a alguien. Cuando tuve la oportunidad de conocer al Papa, me quedo con cómo me cogió la mano, cómo me sonrió y cómo me dio las gracias por estar allí; no necesitaba más. Hace poco, un niño me dijo que algún día contaría a sus hijos que había conocido a la persona de una estatua que hay en Zaragoza. Yo había vuelto al día siguiente para llevarle una tarjeta firmada, como le había prometido. Me emocionó muchísimo. Quizá eso es lo que quiero que quede de mí.

—En su encuentro con León XIV defendió que aceptar nuestra fragilidad no nos hace débiles, sino humanos. ¿Qué ha aprendido sobre pedir ayuda?
—Hace falta ser muy generoso para dar ayuda, pero también para pedirla, porque te muestras ante la otra persona con algo que muchas veces hemos interpretado como falta de dignidad o de autonomía. Yo ya no lo vivo así. Lo vivo como un regalo que le hago al otro al permitirle que me eche un cable. Me he sentido muy bien ayudando a la gente. ¿Por qué no dejar que otros me ayuden?

—¿Necesitamos aprender a tejer más redes?
—Más que nunca. Las redes no sirven solo para conseguir cosas de manera egoísta, sino para lograr cosas juntos, como seres humanos que se conectan y buscan el bien común. Tenemos muchos frentes abiertos y me preocupan los retos que tendrá que afrontar mi hijo, que tiene 16 años. Me encantan los avances científicos y la inteligencia artificial me parece un gran invento si se utiliza bien. Pero necesitamos poner al ser humano por encima de la tecnología. La tecnología tiene que estar al servicio de las personas, no al contrario.

—El Papa ha puesto el foco en la dimensión humana y espiritual del deporte, más allá de los récords y las victorias. ¿Qué le ha enseñado a usted?
—Muchísimo. He aprendido, sobre todo, paciencia. No sé si es infinita, pero es enorme. Es raro que algo te salga perfecto la primera vez. Hay que intentarlo una segunda, una tercera y las veces que haga falta. A veces dejamos de hacer cosas por miedo al fracaso o incluso al éxito, porque pensamos que después tendremos que mantener siempre ese nivel. Pero el resultado no siempre refleja el trabajo: necesitas tiempo, paciencia y ayuda. Yo tengo una visión muy simple de la vida: perder solo es no intentarlo o rendirte. Lo demás es que no ganas en ese momento. Así me he quitado el miedo y la frustración, y vivo mucho más feliz.

—Este septiembre alcanzó las 100 medallas internacionales. ¿Cómo vivió ese momento?
—Fui a la competición pensando que podía conseguir tres o cuatro medallas, así que calculaba que llegaría a la número 100 el año siguiente. Pero gané la primera prueba y volví a hacer cuentas. Fue precioso porque llevaba seis años sin subir al oro. Conseguir la medalla con un oro, volver a escuchar el himno y ver la bandera fue muy bonito. Mis compañeros habían preparado globos con el número 100 y por la noche lo celebramos con una tarta. Mejor, imposible.

—Todavía hay miradas de lástima hacia las personas con discapacidad. ¿Cómo podemos cambiar esa forma de mirar?
—Nos tendrían que enseñar desde el colegio a hacer un mapa en blanco en nuestra cabeza cuando conocemos a alguien. No hay nada más bonito que descubrir a una persona de verdad, desde lo más profundo de su ser, sin mirar las apariencias. Cuando alguien no tiene las mismas condiciones que tú, en lugar de mirarlo con lástima, ofrécele tu ayuda y, sobre todo, tu acompañamiento. Que sepa que estás ahí. La mirada de lástima es como un puñal que te retuerce por dentro. A mí me gusta descubrir a las personas desde lo más profundo de su ser.