El cardenal Fernández pide una IA que complemente al ser humano, que «tiene un valor único e irreemplazable»
El prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe reclama «controles rigurosos e incluso una ralentización» del desarrollo tecnológico cuando sea necesario y advierte del riesgo de concentrar un poder sin límites
El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ha defendido este miércoles en Madrid que el futuro de la inteligencia artificial debe construirse desde la complementación entre la tecnología y las distintas formas de inteligencia humana, y no desde la sustitución de la persona. «El humano tiene un valor único e irreemplazable», ha afirmado durante una jornada dedicada a Magnifica humanitas, la encíclica de León XIV sobre la custodia de la familia humana en tiempos de inteligencia artificial.
Fernández ha participado en la Universidad Pontificia Comillas en la jornada Las lecciones de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas. Una IA centrada en las personas, organizada por el Observatorio Diego de Pantoja de la propia universidad y la SEGIB (Secretaría General Iberoamericana). El acto ha contado, entre otros, con la presencia del cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, y del nuncio apostólico en España, Piero Pioppo. Posteriormente, Fernández ha mantenido un diálogo con el secretario general de la SEGIB, Andrés Allamand.
El prefecto ha reconocido desde el principio las posibilidades que ofrecen la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, especialmente en ámbitos como la medicina. «¿Cómo no agradecer todas las posibilidades de tratamiento médico que nos asombran y las que se vislumbran?», ha planteado. Pero precisamente por ese potencial ha reclamado que el desarrollo tecnológico se sitúe dentro de un marco que preserve la dignidad humana, el bien común, el desarrollo integral y la fraternidad.
En este sentido, ha pedido «prudencia, controles rigurosos e incluso ralentización» cuando resulte necesario. No se trata, ha aclarado, de estar contra la inteligencia artificial, sino de garantizar que las responsabilidades estén claras en todas las etapas y que el progreso tecnológico no termine desplazando aquello que pretende servir.
«Avanzar hacia la complementación»
Para Fernández, la clave de Magnifica humanitas está precisamente en «avanzar hacia un panorama de complementación». La inteligencia artificial puede realizar tareas con una enorme eficacia y a un coste menor, pero eso no significa que tenga el mismo valor que aquello que nace de la experiencia humana.
Lo ha ejemplificado con la creación artística. Una canción, una pintura o un guion cinematográfico realizados mediante IA pueden tener una utilidad concreta, ha explicado, pero no poseen el mismo valor específico que una obra nacida de una persona, de su experiencia vital y de su sentido estético.
Lo mismo sucede, a su juicio, con el deporte, la poesía, la pintura o la artesanía. «Son otra cosa», ha señalado al referirse a las creaciones generadas por inteligencia artificial. La cuestión no es negar su utilidad, sino reconocer que la producción tecnológica y la creación humana no son intercambiables.
El valor de nuestros límites
Fernández ha situado esta reflexión frente a las corrientes transhumanistas que aspiran a superar mediante la tecnología los límites de la condición humana. «El ser humano no prospera a pesar de los límites, sino a menudo a través de los límites», ha afirmado. Es precisamente en la experiencia de la fragilidad donde pueden nacer la compasión, la preocupación sincera por el dolor del otro y otras formas de entrega.
El cardenal ha recurrido a dos historias concretas para ilustrarlo. La primera, la de una mujer que intervino para proteger a un extranjero que estaba siendo brutalmente agredido. La segunda, la de un sacerdote argentino que estuvo preso durante la dictadura y que, al escuchar acercarse a los guardias que golpeaban a los presos con cadenas, se colocaba delante de sus dos compañeros más débiles: «Quédense detrás de mí, que yo aguanto». Las cicatrices que conserva en el pecho son, para Fernández, una expresión concreta de esa humanidad capaz de ponerse al servicio del otro.
Por eso ha recuperado una de las afirmaciones más contundentes de Magnifica humanitas: «Para suprimir el dolor por completo habría que extinguir el amor», porque quien ama queda necesariamente expuesto al sufrimiento.
El otro gran problema: el poder
Tras la cuestión antropológica, Fernández ha dedicado buena parte de su intervención al poder. Los avances de la inteligencia artificial pueden proporcionar una capacidad extraordinaria a quienes tienen mayor acceso a ellos, y el prefecto se ha preguntado quién podrá poner límites a ese poder.
En este contexto ha destacado el amplio espacio que la encíclica dedica a la guerra y a los efectos que puede tener la inteligencia artificial sobre los conflictos. Ha defendido la novedad de la encíclica que «invita a superar la teoría de la guerra justa y entender la legítima defensa solamente en su sentido más estricto». Es decir, ha constatado, «nunca en el sentido amplio y abierto de las llamadas guerras preventivas, respuestas de daños llamados colaterales. Guerras que invocan presumibles, no probadas acciones preparatorias de guerras o de agresiones que podrían hacerse».
Y esto, ha añadido el prefecto, «acaba justificando lo que hemos visto y seguimos viendo en Gaza, en el Líbano, en Ucrania y en tantos otros lugares». Es lo que la encíclica llama «un proceso preocupante de rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional. Pero lo más preocupante es que detrás de esto hay una cuestión cultural».
A su juicio, existe una «batalla cultural de normalización» que se sirve también de los enormes recursos tecnológicos y que, unida a la pérdida de memoria histórica, a la polarización, la desinformación y la descalificación del adversario, puede hacer que nuevos conflictos «maduren casi sin que nos demos cuenta».
El resultado, ha advertido, es una sociedad que puede acabar acostumbrándose a la violencia y aceptando como inevitable lo que anteriormente resultaba inaceptable.
«Dirigir la mirada hacia los más pobres»
La intervención ha terminado regresando a quienes tienen menos poder. Fernández ha citado un reciente documento de la Comisión Teológica Internacional para subrayar que los riesgos del desarrollo tecnológico recaen de manera especialmente grave sobre «los más débiles e indefensos».
Si los avances benefician principalmente a quienes ya concentran poder y recursos, ha advertido, quienes quedan fuera pueden convertirse en «materia de descarte». De ahí su llamada final a actuar como «humildes centinelas» ante las consecuencias de los nuevos desarrollos tecnológicos para la vida de los últimos.