Todos deberíamos tener una columna de opinión. En las últimas semanas he leído varias que eran una tautología columnera. Así que me he permitido hacer lo mismo. La diferencia es que yo no tengo marca y lo normal es que a ustedes no les interese lo más mínimo lo que yo diga, y tienen toda la razón.
Pero, ¿por qué todos deberíamos tener una columna de opinión? Porque a diferencia de nuestras redes o lo que sea que nos gastemos, la columna tiene esa seriedad del que debe decir algo interesante, breve, ágil, ingenioso y que deje pensando al lector. Después de leer una columna suelen suceder cosas distintas. Puede acontecer «un tú también» por el que te entran ganas de escribir al de la fotito pequeña que encabeza la página y decirle «¿te tomas un café conmigo y seguimos hablando de lo que nos pasa a los dos?». O te enfadas encima porque te han dado una idea rápida y abrupta, contundente y surge un «¡¿pero quién se habrá creído este?!» que tardas un rato en soltar. Y ahí también te gustaría verte las caras con el de la fotito. El caso es que la columna abre al diálogo, a diferencia del libro, en el que el lector de alguna manera debe dar permiso a que el autor se siente en su sofá; en la columna, en cuanto te das cuenta, ya lo tienes en la retina y en el hipotálamo doctrinal. Cachis.
El otro día el pater familias colgó una columna de periódico nacional en la nevera. Lo hace a menudo. Lee algo y nos lo deja ahí, entre nuestras ganas de tirarnos al queso en plancha y su confianza en la palabra, por aquello de que «no solo de pan…». Con caridad, no nos da la turra, deja que los columnistas lo hagan por él, como el que se ha encontrado con Antonio Gala en el rellano de la escalera y le invita a entrar. La columna que dejó debajo del imán de «I love London» era de una escritora que enumeraba todo lo que debía hacer en vacaciones. Esta vez junto al recorte de periódico había una nota motivadora: «20 lereles al que siga la columna». Todos siguieron tirándose al queso. Pero han pasado dos meses y una de nuestras pequeñas ha respondido al reto con el mismo sigilo del padre. Volvimos del trabajo y ahí estaba, un folio mecanografiado con todo lo que había hecho infinito su verano, que es el nuestro. Así que lo reconocimos con un nudo en la garganta, mientras dejábamos el queso. No se inventó nada, todo era tan escatológico como «quitar el lavavajillas y volverlo a poner» pero allí visto, todo parecía milagroso. Y seguía: «Reírse muchas veces», «celebrar el mundial con la familia y con el pueblo», «ver nacer a los primos», «revolverse entre la arena y quemarse», «tumbarse bajo las estrellas», «comer macarrones con chorizo», «construir un búnker con cojines», «buscar peces», «ir al chiringuito y pedirse un helado»… Todo era verdad, todo era normal, pero solo al verlo escrito Lo reconocimos. Reconocimos el Infinito. Todo el mundo debería tener una columna. Escriban hoy la suya, háganse ese favor.