Adelantos de paraíso - Alfa y Omega

Dice un amigo nuestro que a veces en la vida tenemos adelantos del paraíso para que no nos asustemos mucho con el cambio cuando lleguemos a su Reino. Estos adelantos suelen suceder en una compañía que permite su presencia en esta tierra. A mí me ha sucedido con un grupo de amigos que se hacen llamar el Familión. Estos amigos hacen cosas de otro mundo.

Se juntan desde hace doce años para peregrinar a sitios. Primero fue Santiago con sus 14 etapas en siete años. Llevaban a una ristra de niños que fueron creciendo a medida que se acercaban a la tumba del santo. Una vez dicho hi al patrón, decidieron seguir aprendiendo a vivir a golpe de zancada, esta vez a santuarios marianos de España. Transitar caminos es aprender a amar la tierra, sus gentes, sus lenguas, sus paisajes, sus costumbres, sus bollos preñaos, todo cuanto la habita, y ver que es bueno. También hay meta, en esta ocasión la visita a Aquella que hace 2.000 años dijo «sí», pudiendo decir «no», y de esta forma inundó el mundo del misterio que hace posible todas las cosas, incluso vivir como hermanos. 

El Familión de la diócesis de Getafe acaba de hacer la séptima etapa de su Camino de María, esta vez al santuario de la Virgen del Moncayo y a la basílica del Pilar. 150 personas nos pusimos en camino, familia de familias, cada una con sus circunstancias, su modalidad, sus ausencias y dolores, sus alegrías y abundancias. Nadie pide carnet a nadie. Caminamos como el resto de Israel, pero contentos. 

Hay carritos que van de mano en mano como la falsa moneda, empuja el que tiene fuerza. Niños que son llevados a caballito por adolescentes —¡adolescentes despiertos a la necesidad!—, conversaciones non stop: todo el mundo se pone en camino y la charla surge, nos vamos contando la vida, mientras los ojos se llenan de cielo, aire, hayas, flores, riachuelos… Los pasos desperezan la lengua y el corazón. 

La comida fluye: anarcardos, manzanas, jamón del bueno; ya no sabes si era lo que había en tu alforja o en la del vecino. Al igual que cuando llegas al albergue y nadie pide una llave, porque para qué. Estás en casa, lejos de casa. Los muros son esa gente. 

Llegamos al Pilar y allí le donamos a la Chiquitina un manto donde prendemos cual racimo tanta súplica, porque la postura más pertinente es la del peregrino y mendigo. Y al salir nos espera un grupo de joteros a los que hemos pedido que nos enseñen a amar su baile, sus letras, sus vestidos. Y los 150 bailamos en la plaza como signo de sobreabundancia. No vivimos para ser mirados y escuchados, vivimos para vivir, pero como no es de este mundo, el mundo lo reconoce. ¿Será esto el paraíso?