¿Y después del fuego qué? Así se consiguen paisajes más resistentes - Alfa y Omega

¿Y después del fuego qué? Así se consiguen paisajes más resistentes

Once años separan un incendio en la sierra de Gata del de Burgohondo de este verano. Del primero surgió Proyecto Mosaico, una apuesta por aplicar la actividad humana de forma «quirúrgica» para prevenir nuevos fuegos

María Martínez López
Paisaje en mosaico en Santibáñez el Alto (sierra de Gata, Cáceres).
Paisaje en mosaico en Santibáñez el Alto (sierra de Gata, Cáceres). Foto: Proyecto Mosaico.

Roberto Calvo Iruega recorre con asiduidad el monte de Burgohondo (Ávila). El mismo donde el 22 de julio se originó un incendio que hasta mediados de agosto quemó 37.800 hectáreas y se convirtió en uno de los más graves de la historia de España. Ahora, le preocupa —a él y a todo el pueblo— que «la lluvia arrastre las cenizas al río» y afecte al suministro a la localidad y que, además, se pueda llevar «prácticamente toda la tierra» en las zonas donde también se han quemado las raíces. Por eso, a nivel particular «se están cortando algunos árboles y colocándolos» para actuar de freno, explica este miembro del Movimiento Rural Cristiano que hasta su jubilación trabajó en el Ayuntamiento. 

Calvo espera que en primavera salga con fuerza hierba en la sierra para el ganado. Hablando de vacas, cabras y ovejas, considera que poner todas las esperanzas de la lucha contra el fuego en que estos herbívoros limpien el monte es simplificar «un problema muy difícil» ante la amenaza de los incendios de sexta generación. «Eso solo no funciona». Sobre otra de las ideas más repetidas en tertulias y redes sociales, responde que «no es verdad que no te dejen limpiar el campo e ir a coger leña seca. De hecho, la ley dice que los particulares que tienen fincas tienen que limpiarlas. Pero luego nadie obliga: la gente no puede y un Ayuntamiento no tiene medios» para aplicarlo. Por eso, reclama al menos «más mano dura» alrededor de las zonas habitadas.

En sus paseos, este burgondeño ha sido testigo de cómo «donde había fresnos, encinas y robles ya están saliendo brotes» porque «son más resistentes al fuego» y confía que en cinco o seis años ya estén altos. Cuando aprovechando este mensaje de esperanza le preguntamos cómo le gustaría ver renacer el paisaje tras la desolación de este verano, reivindica que «lo importante para que el campo esté protegido es que los pueblos sean pueblos con vida: que haya gente y tengan servicios. Y si se repuebla, yo no pondría pinos». Se apoya en lo ocurrido al sur, pasada la sierra, hacia Piedralaves: «Se han quemado todos los pinares», que arden más. «Tendrían que ser árboles autóctonos», como robles, fresnos, castaños o nogales, que brotan con facilidad y «con que los cuidemos es suficiente». 

Roberto Calvo en una de las zonas quemadas de los alrededores de Burgohondo.

Roberto Calvo en una de las zonas quemadas de los alrededores de Burgohondo. Foto cedida por Roberto Calvo.

Aplicando este «después qué» a los incendios en todo el país, el director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, Eduardo Agosta, se hace eco de estas mismas dos ideas. «El mejor combustible que alimenta el fuego es en gran parte el abandono del mundo rural». Este carmelita, que en verano tuvo que ser él mismo desalojado junto con su comunidad por el incendio en Onda (Castellón), insiste asimismo en «plantar con sabiduría», sin prisas. 

Reforestar «no es llenar las montañas de nuevo con pinos o eucaliptos en fila, sino que hay que recuperar el paisaje natural en mosaico, diversificar con especies autóctonas», señala. Calvo enumera también campos de cultivo y terrenos para ganadería. «Aquí unas viñas quedaron intactas aunque se quemó todo alrededor porque estaban atendidas y las cepas verdes no arden fácilmente», cita como ejemplo con sabiduría de campo. 

La propuesta de Calvo y Agosta ya es realidad en la sierra de Gata, Las Hurdes y —desde el año pasado— la comarca de La Vera gracias a Proyecto Mosaico. Su coordinador, Fernando Pulido, explica que surgió en 2015, precisamente por la demanda social de medidas tras un incendio en Gata. «La Universidad de Extremadura propuso a la Junta una iniciativa que ayudara a la prevención incorporando a los actores sociales de los territorios; sobre todo a los agricultores, ganaderos y empresas forestales», que «con su actividad tienen la capacidad de disminuir el riesgo de incendio porque reducen la cantidad de vegetación». 

A partir de un diagnóstico inicial, los responsables orientan a esas personas (como un propietario de cabras) y empresas a las zonas «con más riesgo y donde es prioritario actuar». Se trata de intervenciones «quirúrgicas, planificadas por profesionales y con permisos legales», describe Pulido. Si no les resulta rentable trasladar su actividad, buscan «formas de compensarles, con alguna fuente extra de ingresos o medidas para reducir sus gastos». En las zonas del proyecto, la mayoría de terrenos son públicos y esto facilita la planificación, ya que «solo tenemos que entendernos con la Administración», que además «construye refugios y abrevaderos». El proyecto incluye la sustitución «a gran escala» de pinares por bosques autóctonos y más resistentes, prosigue su coordinador. En una década, «el paisaje ha ido cambiando y pasando de masas forestales muy continuas a uno con zonas de bosque separadas por otras de agricultura y ganadería». 

Claves
  • El plan de repoblación forestal de 1939 llenó España de pinares para sujetar la tierra. La segunda etapa, de diversificación con otras especies, no llegó.
  • 266 mil hectáreas han ardido en España en lo que va de año. Son 70.000 menos que el año pasado.
  • El equipo de Proyecto Mosaico ha viajado a Países Bajos para iniciar un plan similar. En Italia hay interés y la política reciente de la UE va en la misma línea.
  • 72 % del monte en España es privado. Del público, el 80,7 % es de titularidad municipal.

Como resultado, «hemos calculado una disminución del 15 % del riesgo de incendio» con un grado de implantación del proyecto de un tercio de su potencial. Más allá de la prevención, hay «cantidad de beneficios colaterales»: se fija y atrae población, al reducir los incendios se reducen las emisiones de carbono y se generan paisajes con más diversidad biológica. Y «el bosque, cuanto más biodiverso, es más resistente», apostilla Agosta. La idea despertó interés y se empezó a replicar en otras regiones. El año pasado se creó la Red de Territorios Mosaico, que incluye 13 comarcas españolas e incluso algunas portuguesas. 

Si se hubiera desarrollado plenamente, la reducción de la amenaza del fuego podría haber llegado a la mitad, estima Pulido. Pero asegura que para ello habría que cambiar la Ley de Montes, «que dice que después de un incendio hay que dejar que el terreno se recupere sin ninguna intervención». Defiende que intervenir es precisamente lo que habría que hacer «si una zona se quema muchas veces», para «reconstruir un paisaje que no vuelva a hacerlo». Y reitera: «Lo más conservacionista» no es «no tocar nada» sino «una intervención moderada». 

Otro obstáculo para que el paisaje en mosaico avance más por la geografía ibérica es que no siempre es fácil encontrar quien desarrolle una labor concreta dentro del proyecto. Esto lleva al coordinador del proyecto extremeño a afirmar que «si hay dificultades para que haya actividad en el campo» que lo limpie de vegetación y reduzca el riesgo, «no es tanto por las prohibiciones, sino porque en general es poco rentable y muy sacrificada». 

Como últimas recomendaciones, Agosta subraya que «el suelo quemado nunca debe convertirse en espacio para la especulación». Y que —«para mí», como climatólogo, «lo más importante»— estas iniciativas deben «proteger la humedad del suelo seleccionando las especies que mejor se puedan adaptar a la sequía» y «ayudar al bosque a renacer en un mundo más cálido» y en el que, cuando llueve, lo hace «más violentamente y el suelo apenas puede absorber esa agua». Este estrés climático «va a hacer, o está haciendo, que la tierra quemada sufra el doble».

El pueblo como primera línea de defensa

La prevención de los incendios comienza con comunidades que conocen y custodian su territorio

¿Puede una sociedad proteger eficazmente su territorio si quienes viven en él son únicamente espectadores? El principio de subsidiariedad ofrece una respuesta: aquello que puede hacerse responsablemente desde los niveles más próximos al ciudadano no debería ser innecesariamente sustituido por instancias superiores. La Administración debe garantizar medios, conocimiento y coordinación, pero también debe ayudar a que las comunidades locales puedan asumir responsabilidades.

Aquí cobra sentido la custodia del territorio: una forma de implicar a propietarios y usuarios en la conservación y el uso responsable de los valores naturales, culturales y paisajísticos de un territorio. Su lógica podría extenderse a la prevención de incendios. ¿Por qué no contar en cada pueblo con un pequeño grupo de voluntarios de Protección Civil, específicamente formado para conocer y custodiar su territorio y coordinado con los bomberos forestales? Su trabajo comenzaría mucho antes del verano: identificar riesgos, colaborar, en el mantenimiento de espacios, revisar recursos y ayudar a los vecinos a prepararse.

Pero la custodia no debería terminar cuando se apaga la última llama. Después del incendio comienza otra emergencia, más lenta y silenciosa: erosión del suelo, pérdida de biodiversidad, degradación de cauces y alteración del paisaje. Los mismos grupos podrían colaborar, bajo dirección técnica, en el seguimiento de la regeneración natural, la prevención de procesos erosivos, el control de especies invasoras y otras actuaciones de restauración ecológica.

La propuesta supone cambiar nuestra relación con el territorio. No necesitamos menos Administración, sino una Administración capaz de formar y coordinar a una sociedad que también sabe cuidar. El ciudadano no sustituye al profesional: lo complementa. El municipio no sustituye a la comunidad autónoma: aporta proximidad. Y la ciencia debe orientar las actuaciones.

Existe además una dimensión más profunda. Desde una perspectiva cristiana, la creación no es simplemente un conjunto de recursos a nuestra disposición. Es una realidad recibida que reclama responsabilidad y cuidado. El territorio donde vivimos puede ser entendido como una auténtica casa común.

Quizá la respuesta a los grandes incendios del futuro no consista únicamente en disponer de más medios cuando las llamas han comenzado. También en reconstruir una cultura de custodia. La primera defensa de un pueblo frente al fuego no es solamente un helicóptero, un camión o un retén, es una comunidad que conoce, ama y sabe cuidar el lugar que habita.

Pablo Martínez de Anguita
Universidad Rey Juan Carlos