Así ayuda la termodinámica a purificar nuestra fe de «imágenes facilonas» sobre la eternidad

Así ayuda la termodinámica a purificar nuestra fe de «imágenes facilonas» sobre la eternidad

En entrevista con Alfa y Omega Gonzalo Génova, de la Sociedad de Científicos Católicos, alerta frente al error de «apoyarse en la teoría del Big Bang para sostener la verdad de un Dios creador». Durante su congreso hablará de La eternidad: entre cosmología y espiritualidad

María Martínez López
Génova, en una edición anterior del congreso. Foto: Sociedad de Científicos Católicos.
Génova, en una edición anterior del congreso. Foto: Sociedad de Científicos Católicos.

«La eternidad no es lo que se suele entender en el lenguaje común, que es una duración infinita», explica Gonzalo Génova, tesorero de la Sociedad de Científicos Católicos. En realidad, significa «la no duración, no tener tiempo», una idea que, recuerda, ya definió Boecio hace al menos 15 siglos.

A Génova, este tema le ha interesado «desde que era adolescente». Este viernes tendrá ocasión de desarrollarlo en la quinta edición del congreso de esta entidad, que pretende hacer comunidad entre los científicos creyentes y buscar la armonía entre ciencia y fe. 

«Es un tema muy relevante en varios aspectos», explica. Está relacionado con preguntas que nos hacemos todos: la relación con la creación, la posible duración indefinida del universo —aunque asociarla con la eternidad es incorrecto—, cómo es posible que seamos libres si Dios conoce nuestras acciones antes de que las hagamos, o qué ocurre con el alma y el cuerpo después de la muerte.

Génova añade que, entendida como «no duración», el concepto de eternidad no afecta solo al ámbito religioso. «Las matemáticas también son eternas», porque «expresan verdades que no dependen» de la sucesión temporal y son inmateriales. «El triángulo es una idealización», aunque luego se utilice para referirse a objetos materiales. 

La eternidad no es tiempo infinito

—¿Este concepto de eternidad es científico?
—Si nos referimos a científico como relativo a la ciencia experimental, al conocimiento de las cosas materiales, la ciencia no puede hablar sobre la eternidad. Pero en un sentido más clásico, la ciencia se puede concebir como un conocimiento riguroso. En él, la eternidad se puede entender de modo limitado, o casi negativo: es más fácil decir lo que la eternidad no es que lo que sí es. La no duración, el no tiempo. Poco más. 

—¿Por eso tendemos a confundirla erróneamente con un tiempo infinito, como apuntaba antes?
—En cierto modo hay una relación, porque se parecen y podemos usar el tiempo infinito como analogía para llegar al concepto de eternidad verdadero. Por ejemplo, cuando alguien hace un regalo duradero (anillos de un metal precioso o un diamante) a una persona muy querida para expresar que su amor es eterno, quiere decir que durará para siempre. Pero también que es intemporal, que trasciende el tiempo. 

Génova ha titulado su ponencia La eternidad: entre cosmología y espiritualidad. En efecto, uno de los ámbitos del diálogo entre ciencia y fe donde más ha influido este concepto es el que estudia el origen, estructura y evolución del universo. Una conversación no exenta de errores y confusiones, aunque ya santo Tomás de Aquino dejó las cosas claras.

El Big Bang no demuestra la existencia de un Dios creador

Lemaître con Robert A. Millikan y Albert Einstein. Foto: Gliscritti.
Lemaître con Robert A. Millikan y Albert Einstein. Foto: Gliscritti.

En su obra Acerca de la eternidad del mundo, contra los murmurantes («un título curioso», bromea este científico), el Aquinate «aclara que el hecho de que racionalmente lleguemos a la conclusión de que el mundo tiene que ser creado no tiene que ver con el hecho de tener un principio temporal. Crear es dar el ser, y eso no es algo que ocurrió hace tiempo, sino que ocurre constantemente». Así, «el principio del universo no es temporal sino ontológico». 

—Sin embargo, la investigación científica ha estado condicionada por la identificación entre origen temporal y ontológico, ¿no?
—Es cierto que por esta asociación quienes se oponen a la idea de creación se opusieron en su día a que tuviera un comienzo temporal. También hay quienes, en sentido contrario, se apoyan en la teoría científica del Big Bang para sostener una verdad de fe, la de un Dios creador. Ambas posturas están equivocadas. El padre Georges Lemaître, que formuló la teoría del Big Bang, lo tenía clarísimo: decía que estaba hablando de una cuestión física, no de si Dios es creador, porque lo sería aunque el universo no hubiera tenido inicio. 

Este catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Carlos III, de Madrid, matiza que en relación con el futuro del universo material, hay menos conocimiento científico. Como todavía no ha ocurrido, hay poca evidencia científica directa sobre el futuro último del universo y existen distintas hipótesis: desde una expansión indefinida hasta una eventual contracción que podría dar lugar a una nueva explosión o no.

En este campo, Génova admite que a veces los científicos se dejan llevar por sus prejuicios sobre si Dios existe o no. «No tener prejuicios es imposible», admite. «La cuestión es ser consciente de ellos y estar abierto» a cuestionarlos.

Al mismo tiempo, «todavía es una cuestión discutida si un cristiano podría sostener que el universo tiene una duración infinita». En cualquier caso, esta cuestión no guarda relación «con los últimos tiempos desde el punto de vista de la revelación», porque estos se refieren al final de la humanidad, no del cosmos.

Un cuerpo resucitado más allá de la termodinámica

¿Puede decir algo la ciencia sobre la creencia en la vida eterna, que el cristianismo afirma que implicará también a la realidad material con la resurrección? Génova responde señalando primero a «la distinción entre corporalidad y materialidad», a la que los católicos «ya estamos habituados» en la Eucaristía. Cita luego el testimonio de los evangelistas: entra sin abrir la puerta pero se deja tocar, «come pero no necesita comer, tiene heridas que no sangran y no se curan». 

Traduciendo esto al lenguaje científico y citando una charla del presidente mundial de la Sociedad de Científicos Católicos, Stephen Barr, explica que «en el mundo temporal nuestro cuerpo está sometido a procesos de decadencia y deterioro. Por eso necesita aportaciones de materia y energía» continuamente. A diferencia de este, plantea como hipótesis que el cuerpo resucitado podría entenderse como «un cuerpo no metabólico» y que no estaría sometido a las leyes físicas que conocemos.

Los relatos sobre la Resurrección pueden dialogar con la ciencia. Aquí, en un cuadro de 
Szymon Czechowicz en el Museo Nacional de Cracovia. Foto: www.pinakoteka.zascianek.pl
Los relatos sobre la Resurrección pueden dialogar con la ciencia. Aquí, en un cuadro de Szymon Czechowicz en el Museo Nacional de Cracovia. Foto: www.pinakoteka.zascianek.pl

El tesorero de la Sociedad de Científicos Católicos recurre luego a una frase de san Juan Pablo II para afirmar que «la ciencia puede purificar a la religión del error y la superstición». Así, «esta conversación científica acerca de la termodinámica puede purificarla de imágenes facilonas sobre cómo será la vida con Dios en la eternidad», muy vinculadas a nuestra experiencia sensible y temporal. 

Al mismo tiempo, admite que «es inevitable» que recurramos a estas imágenes. El mismo Jesús lo hizo. Y apunta que también tiene su sentido. Por ejemplo, «en el arte se representa la vida eterna como una cena, algo propio de la temporalidad. Pero pensando en un banquete como algo que no es simplemente el proceso biológico de la alimentación», expresamos que «queremos hacer algo que va más allá del tiempo: fortalecer unos vínculos que queremos que sean intemporales».