30 de julio: san Leopoldo Mandic, el fraile de 1,35 que mostró al mundo la misericordia
Pasó más de 30 años confesando de diez a doce horas diarias. Cuando le acusaron de ser demasiado laxo, oraba: «Jesús mío, este mal ejemplo me lo has dado Tú»
A Dios le gusta demostrar su poder sin alardes, valiéndose de instrumentos pobres y sencillos. San Leopoldo Mandic fue uno de ellos: su escasa estatura ocultaba un corazón inmenso volcado hacia los pecadores, como el del mismo Dios. Nació en mayo de 1866 en Montenegro, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Bautizado con el nombre de Adeoato, fue el penúltimo de los 16 hijos de un matrimonio vinculado a la antigua nobleza bosnia. Su padre era propietario de una próspera flota pesquera, pero cayó en la ruina y la familia llegó a pasar por dificultades económicas.
Adeodato padeció durante toda su vida diversas enfermedades que afectaron a su desarrollo, por lo que nunca sobrepasó los 135 centímetros de altura. Durante toda su vida padeció molestias en los ojos y en la digestión, y al llegar a la edad adulta comenzó a padecer una artritis gradual y deformante. Nada de eso le disuadió de intentar abrazar la vida religiosa, para la que se sentía inclinado. Así, en 1884 ingresó en el noviciado capuchino de Bassano del Grappa, recibiendo el nombre de fray Leopoldo. Seis años más tarde fue ordenado sacerdote.
Desde el principio de su ministerio, fray Leopoldo se sintió llamado a trabajar por la unión de las Iglesias de Oriente y Occidente, por lo que se dedicó a aprender lenguas eslavas y las tradiciones religiosas de aquellos a quienes llamaba «nuestros hermanos separados del Oriente». Los que quería devolver «a la unidad católica». Sin embargo, nunca consiguió ese permiso por parte de sus superiores. Cuando aceptó la decisión, escribió: «Toda alma que vaya en busca de mi ministerio será mi Oriente».
Hasta 1914, fray Leopoldo fue de convento en convento entre su país e Italia, dedicando muchas horas al confesionario y a la formación de novicios; pero en otoño de ese año, cuando tenía ya 48, sus superiores le pidieron que se dedicara exclusivamente al ministerio de la confesión, ya que empezaba a ser conocido un carisma especial para tratar a los pecadores en este sacramento.
Después de unos años de idas y venidas, recaló en el convento capuchino de Santa Croce, en Padua, para ya no volver a moverse hasta el final de su vida. Allí se le habilitó una pequeña celda que hacía las veces de confesionario. Tenía 2,65 metros de largo y 1,70 de ancho, una silla para sentarse y un reclinatorio enfrente para los penitentes; tan solo un crucifijo entre ambos decoraba la habitación. Allí pasaba de diez a doce horas al día.
Hoy se conserva en un relicario la mano derecha de san Leopoldo Mandić, la misma que se alzaba sobre penitentes de todas las edades y condiciones sociales para impartir el perdón de los pecados. Es una mano demacrada, marcada por la artritis y por una vida de penitencia, pero también la que acompañó a miles de hombres y mujeres en su reconciliación con Dios, bendiciendo su camino hacia el amor a Cristo.
Durante más de 30 años, pasaron por allí toda clase de gentes. «No se preocupe. Deje todo en mis manos, yo me encargo», tranquilizaba a las almas más asediadas por el pecado. «¡Venga, señor, venga!», animaba a los más reticentes; y cuando su amabilidad conquistaba el corazón de los reacios, tras darles la absolución les decía: «Vuelva, señor, vuelva; seremos buenos amigos». «¡No temas! Dios es médico y medicina», tranquilizaba también.
Sus reconfortantes palabras no eran una estrategia humana; nacían de la convicción de que «la misericordia de Dios es superior a cualquier expectativa». También decía que «antes de cualquier otra cosa, los santos recuerdan que es necesario pedir la gracia de la experiencia del amor gratuito de Dios».
Tanta gratuidad derramada sobre los penitentes no tardó en desatar suspicacias. En determinado momento lo acusaron de laxitud: «Confesor de manga ancha», le llamaban. Cuando llegaron a sus oídos estas acusaciones, respondió: «Si el Crucificado me reprochara eso, yo le respondería: “Jesús mío, este mal ejemplo me lo has dado Tú”».
«Un sacerdote debe morir de fatigas apostólicas; no existe otra muerte digna de un sacerdote», decía. Él mismo predicó con el ejemplo tras toda una vida mostrando al mundo la misericordia de Dios. Su existencia terminó en junio de 1942, después de unos meses padeciendo cáncer de esófago. Dos años después, un bombardeo destrozó todo el convento; tan solo el confesionario de fray Leopoldo permaneció intacto entre las ruinas.