El que hospeda a un peregrino acoge también al Señor - Alfa y Omega

Un recorrido histórico a lo largo de los 1.200 años de peregrinación jacobea nos permite descubrir una de sus principales señas de identidad: la hospitalidad ofrecida a los peregrinos a lo largo de los caminos que llevaban a tierras gallegas para postrarse ante la tumba del apóstol Santiago en Compostela y darle el tradicional abrazo a la imagen del Apóstol que preside el altar mayor. 

El hecho en sí solo puede entenderse a la luz de los fundamentos que siempre han sustentado la hospitalidad jacobea, y que no son otros que las palabras de Cristo: «Hospes eram et collegistes me», palabras que corresponden al relato del Evangelio de Mateo (25, 35-40) sobre el juicio final, cuando pondrá unos a su derecha y otros a su izquierda. A la derecha los afortunados: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis […] Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». 

La vida «pública» de Jesús de Nazaret fue una constante peregrinación por las tierras de Judea y Galilea. Los evangelistas nos muestran en sus relatos a un Jesús peregrino, unas veces cansado, sediento, en ocasiones buscando la soledad, y también necesitado de compañía, de escuchar y ser escuchado, una situación que disfrutaba en casa de sus amigos, Marta, María y Lázaro. El relato de Lucas (10, 38-42) refleja las dos vertientes de toda hospitalidad, representadas por las dos hermanas, la atención material y la espiritual, ambas necesarias y complementarias, pues al peregrino, además de atenderlo en sus necesidades materiales había —y hay hoy— que acogerlo y escucharlo. 

Con Cristo nació una «nueva» hospitalidad, «hospitalidad cristiana», y que será puesta en práctica de forma general por las comunidades cristianas, para materializarse de forma concreta en la naciente vida monacal. 

Las palabras de Cristo fueron recogidas por los padres del monacato en sus diferentes reglas. San Agustín era muy riguroso con quienes pretendían ofrecer hospitalidad únicamente a personas dignas de confianza: «Eres hospitalario; ofreces tu casa a los peregrinos; admite también al que no lo merece, para no excluir al que lo merece». Y san Benito dedica el capítulo LIII a «La acogida de los huéspedes», comenzando con un mandato: «A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérselos como a Cristo, porque Él lo dirá un día: “Era peregrino y me hospedasteis”». 

Este sería el espíritu que se derramó por toda Europa para acoger a los peregrinos con destino a Compostela. Hasta el siglo XIII, la hospitalidad jacobea fue patrimonio de los monjes, ejercida en los numerosos monasterios que se iban fundando principalmente a lo largo del Camino Francés. Será a partir del siglo XIII cuando la hospitalidad dejará de ser un asunto exclusivo de los monjes para acabar impregnando a toda la sociedad medieval a través de todos sus estamentos: reyes, nobles, obispos, iniciativas particulares y pueblo en general. 

El Códice Calixtino, en su libro V, refleja muy bien los fundamentos de esta hospitalidad: «Los peregrinos, tanto pobres como ricos, han de ser caritativamente recibidos y venerados por todas las gentes cuando van o vienen de Santiago. Pues quienquiera que los reciba y diligentemente los hospede, no solo tendrá como huésped a Santiago, sino también al Señor, según sus mismas palabras al decir en el evangelio: “El que a vosotros recibe a mí me recibe”». 

Es un espíritu que afortunadamente hoy está vivo en muchos de los albergues que el peregrino encuentra a lo largo de los caminos que van a Santiago. Un verdadero «tesoro» que hemos de mimar, cuidar e impulsar.