Arte y misericordia. El barroco de la Santa Caridad de Sevilla en Madrid - Alfa y Omega

Arte y misericordia. El barroco de la Santa Caridad de Sevilla en Madrid

Para entender la calidad de las creaciones expuestas, no hemos de obviar que tales imágenes obedecen a una finalidad catequética, caritativa, promoviendo la misericordia como fin último del ser humano

Javier García-Luengo Manchado
El Cristo de la Caridad, de Pedro Roldán, es una de las tallas más sublimes del autor. A la derecha: San Juan de Dios cae a tierra por socorrer a un enfermo y es ayudado por el arcángel Gabriel. Fotos: Wikimedia Commons.

«Libre albedrío tienes, elige, que para coronar Dios tus obras, y para que tengan mérito te pone en libertad…». Así concluye el Discurso de la verdad (1671), testamento moral de Miguel de Mañara (1627-1679), impulsor, hermano mayor y mecenas del Hospital de la Caridad de Sevilla. A él le debemos, entre otros méritos, la selección de pinturas y esculturas que podemos disfrutar en la exposición Arte y misericordia. El Barroco de la Santa Caridad de Sevilla en Madrid, organizada por el ayuntamiento de la capital, la Obra Social Abanca y la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla.

Aprovechando las obras de rehabilitación que actualmente se están llevando a cabo en la institución hispalense, hasta el corazón de Madrid nos ha llegado este corazón de Sevilla, magníficamente representado por buena parte del patrimonio artístico, religioso y moral de tan vetusta institución

Para entender la calidad de las creaciones aquí expuestas, amén de su mensaje iconográfico, no hemos de obviar que, según dispuso Mañara, tales imágenes obedecen a una finalidad catequética, caritativa, promoviendo la misericordia como fin último del ser humano. 

La distribución de estas pinturas y esculturas intenta proyectar el mismo discurso que hallaríamos en la citada capilla hispalense. Se procura así valorar tan magnífico conjunto artístico cual paradigma de la iconografía, de la religiosidad, la cultura y la sociedad del siglo XVII en una ciudad tan significativa por aquel entonces como Sevilla. Todo ello articulado a partir del pensamiento de Mañara, signo y referencia de una España en la que empezaba ponerse el sol… Aunque firme en esa fe impulsada especialmente en el siglo XVI por figuras tan relevantes como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, san Ignacio de Loyola… Dicha fe no se relegó a iglesias y conventos, la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla —a día de hoy activa— es y fue un buen ejemplo.

En esta imagen, santa Isabel de Hungría está asistiendo a unos «tiñosos», como reza el título de la obra.

En esta imagen, santa Isabel de Hungría está asistiendo a unos «tiñosos», como reza el título de la obra.

Así pues, nuestro caminar se inicia con los célebres cuadros de Valdés Leal, consagrados al menosprecio de la vanidad mundana, a lo inocuo de nuestros anhelos en pro de hazañas bélicas, académicas, políticas… El título de sendos óleos resulta revelador al respecto: Sic transtit Gloria Mundi (Así pasa la gloria del mundo, c. 1671), In ictu oculi (En un abrir y cerrar de ojos, c. 1671). Valdés Leal plasma con todo detalle esa muerte que consume por igual a caballeros, a pobres y a ricos… La dureza de estas vanitas nos enfrenta a los límites de lo finito anhelando la trascendencia de lo divino.

Y lo encontramos gracias a los pinceles de Murillo, que nos recuerdan las obras de misericordia. Se nos invita a ayudar al hermano caído, según vemos en su San Juan de Dios (c. 1672). El mismo pintor ejemplifica la necesidad de asistir al enfermo de la mano de Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos (1672).

Es en el Cristo de la Caridad (c. 1673), extraordinaria talla de Pedro Roldán, donde hallamos compendiadas las siete obras de misericordia. De obligado cumplimiento para los hermanos de esta institución… ¿Solo? En esta figura descubrimos a ese Cristo que tiene hambre, sed, que es preso, que está enfermo y herido, que está desnudo, en tierra de nadie y que necesitará sepultura. En esta venerada imagen, hoy, como en la Sevilla del Barroco, seguimos identificando a los más pequeños de nuestros hermanos, cuyas miradas siguen evocando aquellas palabras: «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…» (Mt 25, 35).