España se quema (otra vez)
No podremos erradicar el mal. Con la naturaleza en sí misma hay poco que hacer, pero el cambio climático es un hecho probado y sabemos que habrá cada vez más eventos climáticos extremos
El misterio del mal: tal y como lo percibió Agustín, existe el mal en el mundo, constatación terrible que ha empujado a muchos al ateísmo. El mal, sin embargo, no es. No hay mal, por lo tanto: falta bien. Esperamos un bien que consideramos debido. Esperamos una vida que no es esta. Mientras andemos por este valle de lágrimas, no podemos poseer el bien que anhelamos. Motivo de más para considerarnos aquí nada más que peregrinos. Una mala noche, una mala posada.
La fuerza de la naturaleza: un impulso ciego que tanta Ilustración y tanta Modernidad han sido incapaces de domeñar. El modo en que nuestros antepasados arrancaron de la tierra el fruto, la ganadería, el alcantarillado, la previsión del tiempo, el motor diésel o los data centers impulsa la falsa creencia de que la naturaleza se someterá por completo algún día. Y sin embargo, estamos donde siempre: temiendo el fuego, el temblor de la tierra, la mar, la noche. Todo jardín contiene en sí la posibilidad de una selva.
La negligencia de los hombres: un rechazo al mandato del Génesis, «ut operaretur et custodiret illum». A pesar de nuestra insignificancia en el cosmos y de la cizaña que no se quemará hasta el último día, tenemos el deber de cuidar la creación y trabajarla. Y una y otra vez, ante estas catástrofes, comprobamos que la dejación de funciones, la mala gestión, la chapuza se imbrican entre los motivos de la desgracia. En Almería ha sido un poste de luz podrido que nadie retiró cuando debía hacerlo. ¿Por qué no cortaron la luz?
A la hora en la que escribo se cuentan 13 muertos y 7.000 hectáreas quemadas. El dolor es de uno; la estadística no sirve más que para empañar la magnitud de la tragedia.
Pero la estadística es dolorosa. Si echo la vista atrás a las desgracias que me ha tocado comentar en esta página —el descarrilamiento de Adamuz, el apagón o la riada de Valencia, por citar los ejemplos patrios— aflora una y otra vez el mismo patrón: la mala suerte, la arbitrariedad del mal, junto con la potencia indómita de la naturaleza y la negligencia de quienes tenían responsabilidades.
No podremos erradicar el mal. Con la naturaleza en sí misma hay poco que hacer, pero el cambio climático es un hecho probado y sabemos que habrá cada vez más eventos climáticos extremos. ¿Qué están haciendo nuestros responsables para prepararnos?
En el fondo, todo lo que queda en nuestras manos consiste en combatir la negligencia. Primero en la propia vida, en el trabajo de cada uno. Pero también en el mundo común que compartimos.
Dirán que no es momento de buscar responsables. Yo creo que sí. Mi estadística no me aguanta ya más muertos.