Mihail, anawin: «Una vez, unos jóvenes me metieron en un cubo de basura»
A lo largo de los años que lleva durmiendo en la calle en Madrid, Mihail ha visto morir a seis personas. En Rumanía ya le ocurrió a su padre, por congelación. Nos tomamos un café mientras cuenta los detalles más duros de su biografía. Es uno de los anawin, esos pobres a los que nadie ve y que solo tienen como compañero a Dios.
—¿De dónde es y cuánto tiempo lleva viviendo en la calle en Madrid?
—Soy de Rumanía y vivo en la calle desde hace más de dos años.
—¿En Rumanía vivía también en la calle?
—Sí.
—¿Por qué?
—En el año 2015 perdimos nuestra vivienda por culpa de un mal préstamo bancario. Nos desahuciaron y mi padre murió congelado en las calles de Bucarest, en 2016. Mi hermana vive de la prostitución en Italia. Mi madre murió por una mala medicación cuando yo tenía 10 años.
—¿Por qué decidió venir a España?
—Porque unas personas me prometieron un empleo. Era el año 2021 y después me di cuenta de que eran traficantes de seres humanos. Tuve que huir de ellos y traté de buscarme la vida. Aquí me surgieron graves problemas de salud. Tengo fibromialgia, que me afecta a todo el aparato musculoesquelético, con cansancio extremo, falta de sueño. He luchado mucho por conseguir el ingreso mínimo vital, el empadronamiento, y ahora el certificado de discapacidad.
—¿Por qué lucha tanto?
—Dios te da las herramientas que necesitas, pero tú tienes que usarlas. Además, uno es culpable no solo por las cosas que hace, sino también por las que no hace. Si no lucho, me hago a mí mismo culpable por mi situación. Lo más importante es estar en paz contigo mismo.
—¿Cómo le ha recibido la gente aquí en Madrid?
—He tenido buenas experiencias con las personas. Los españoles son personas mucho mejores que las de Rumanía, con más alma, te ayudan más. Las malas experiencias las he tenido con la Administración.
—¿La Administración?
—Lo único que hacen es ponerte trampas. Tienen una mala actitud con las personas vulnerables; y no solo conmigo, también con otros. Mi experiencia es que la Administración simplemente ignora y trata de invisibilizar a las personas de la calle. Somos muchos, pero parece que a sus ojos no existimos.
—¿Cómo es vivir en la calle, para quien no lo sepa?
—Es bastante duro, pero peor es dormir en los albergues. En la calle tienes que saber dos cosas. Primero, no meterte con personas equivocadas: las que tienen problemas graves de salud mental o beben mucho o toman drogas son las más peligrosas. Y, segundo, necesitas un lugar donde depositar tus cosas y papeles importantes. Si los llevas contigo, te los pueden robar o te lo pueden quitar los de la limpieza municipal.
—¿Le ha pasado eso alguna vez?
—Me ha pasado una vez. Me ausenté tres minutos de un banco en el que dormía y al volver ya me habían quitado todos los cartones. Los cartones para una persona que vive en la calle son muy importantes, especialmente por la noche, para poder dormir.
—¿Qué otras cosas le han sucedido?
—Una vez me robaron los zapatos de los pies, mientras dormía. Otra noche, unos jóvenes borrachos me levantaron y me metieron en un cubo de basura.
—¿Hay algo que le haya hecho feliz?
—Las personas buenas que te ayudan. Hay quien te da un bocadillo o un buen consejo. Eso, aunque parezca muy poco, para nosotros supone muchísimo.
—Ha mencionado antes a Dios. ¿Es creyente? ¿Le tiene presente de alguna manera?
—Yo soy católico. Considero que Dios está por todos los lugares y que si haces el bien, ese bien va a regresar a ti. También creo que Dios te da las herramientas para luchar, pero tú tienes que usarlas. Alguna vez entro en alguna iglesia, y también rezo. Le pido a Dios que me ayude a conseguir lo que Él considere que necesito.
—Y, ¿qué necesita, Mihail? ¿Qué querría?
—Como tengo este problema de salud, necesito un certificado de discapacidad. Con él podría acceder a un empleo y así podría tener una vida normal.