Ampliar la mirada - Alfa y Omega

El pasado 11 de junio murió a los 87 años de edad el célebre pintor británico David Hockney. Aunque era especialmente conocido por el gran público por sus cuadros en acrílico en gran formato, Hockney siempre tuvo una gran curiosidad por explorar nuevos formatos, como las polaroids, el fax, la impresión digital y, a partir de 2007 (a priori en el ocaso de su carrera), empezó a pintar diariamente con aplicaciones para smartphones y tabletas electrónicas, en especial la app Brushes para iPad.

La decisión de Hockney de usar habitualmente su tableta generó desde el principio una gran controversia. ¿Cómo podía ser que un pintor de su talla, con un dominio tan magistral de los materiales y sus texturas, se «rebajara» a usar un cacharro electrónico que podría manejar cualquiera? ¿No supone eso una vulgarización de su arte, una claudicación al imparable proceso de homogeneización y deshumanización de los nuevos soportes digitales? El pintor inglés siempre lo tuvo claro: «La gente cree que el problema es la tecnología. El problema es la visión». 

Hockney no veía más que ventajas en llevar consigo a todas partes su tableta: «El iPad es como una interminable hoja de papel que recoge a la perfección mi sentimiento de que la pintura debe ser grande». Él no veía una contraposición entre el iPad y sus enormes lienzos, sino que aquel le abría la posibilidad de hacer estos aún más amplios. La portabilidad y facilidad de manejo de la nueva herramienta le permitió recuperar la costumbre impresionista de pintar a plein air (al aire libre) y poder trascender las limitaciones de su estudio.

«Siento que estoy pintando», decía Hockney al presentar su exposición The Arrival of Spring in Normandy, que recopilaba un centenar de pinturas digitales que hizo durante la pandemia de COVID-19. «Me apasionan los nuevos soportes. Estoy convencido de que los medios logran activarte, entusiasmarte: siempre te permiten abordar la realidad de una forma distinta, incluso cuando el motivo de la obra sea el mismo». Para Hockney, la nueva herramienta no solo era una continuación coherente y natural del gesto pictórico primordial humano desde la pintura rupestre, sino que le permitía poder captar y expresar cosas que con los medios tradicionales (acuarela o acrílico) estaban fuera de su alcance: «Esta herramienta permite ahora ejecutar trazos con una libertad y rapidez cromática asombrosas. Todo nuevo soporte para el artista conlleva sus pros y sus contras, pero la agilidad que ofrece en el manejo del color es un avance inédito. El tiempo que se pierde alternando pinceles con óleo o acuarela es, sencillamente, algo del pasado».

La irrupción de la IA y las nuevas tecnologías digitales nos sitúan en un momento histórico similar al que atravesó Europa a principios del siglo XX, con el súbito advenimiento del cine, la fotografía y los nuevos materiales y soportes. Así, sigue siendo plenamente vigente la tesis que expuso Paul Valery hace un siglo en La conquista de la ubicuidad (1928): «Los pilares de las bellas artes, así como sus formas y funciones, se establecieron en una época radicalmente ajena a la nuestra, moldeada por individuos cuya capacidad de intervención sobre la materia era mínima comparada con nuestras facultades actuales. No obstante, la formidable evolución de nuestros recursos, sumada a la exactitud y versatilidad que hoy poseen, nos anticipa una metamorfosis inminente y sustancial en la creación estética. Cada disciplina artística posee un componente físico que ya no admite el enfoque tradicional, pues resulta imposible aislarlo del impacto del saber y el dominio contemporáneos. […] Es de prever que estas innovaciones de gran calado redefinan no solo la ejecución técnica, sino el mismo mecanismo de la creatividad, alterando de forma irreversible nuestra propia concepción del arte».

En efecto, las innovaciones técnicas amplían la mirada, abren nuevas posibilidades expresivas que estaban latentes o que ni siquiera existían. Beethoven entero sería impensable sin la previa invención del pianoforte, así como el dúo de Michael Jackson y Quincy Jones lo sería sin los sintetizadores electrónicos, el Panteón de Roma, Santa María de La Tourette de Le Corbusier o los milagrosos puentes de Robert Maillard en Suiza sin el hormigón. Es el descubrimiento del arco ojival lo que desencadenó la teología de la luz, y no al revés. Así como fue la invención de la imprenta lo que dio espacio y densidad por primera vez en la historia a la libertad de conciencia e hizo emerger el sentimiento de la intimidad.

¿Qué transformaciones y aperturas traerá la expansión y consolidación del arte digital? Aún es pronto para responder esta pregunta. Mientras tanto, nos queda el testimonio del entusiasmo de un viejo pintor, que supo ver en su tableta un regalo caído del cielo para poder desarrollar y llevar más a fondo su pasión por la pintura al aire libre. Y, por mi parte, para finalizar, hago mía la apostilla del escritor y crítico literario Gonzalo Torné: «Si ahora mismo se descubriese que todo Shakespeare está escrito con IA (que cada uno se busque su trama de ciencia ficción) me seguiría gustando igual y tendría para mí el mismo valor».