Así funcionan las mafias migratorias que denunció León
Todas cometen violencia y abusos, pero no es lo mismo una mafia marroquí que una senegalesa. O una libia, particularmente escalofriante. Cada una debe ser atacada en sus propios términos
No es lo mismo Libia que Marruecos que Mauritania y que Senegal. No es lo mismo un libio que un marroquí que un mauritano que un senegalés. Por lo tanto, a la hora de hablar de las mafias que catapultan a seres humanos hacia Europa por la vía marítima, no sería lo mismo una libia que una marroquí que una mauritana que una senegalesa. Todas entran en ese grupo de «quienes se aprovechan de la desesperación; […] organizan rutas de muerte, trafican con personas […] engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio» a los que León XIV gritó en Canarias: «Deténganse. Conviértanse». Pero es un error considerarlas iguales: se confunde que tengan el mismo fin con que utilicen los mismos medios.
Es en esto último donde se diferencian y donde deben ser atacadas y desmontadas, y no en su fin, que ya es cuando poco se puede hacer. Por ejemplo, las marroquíes suelen acompañar las barcas con fardos de cocaína sudamericana (traída desde África occidental) y de hachís, algo que no hacen las senegalesas. En Libia existe un añadido de tintes escalofriantes, que consiste en engañar a los migrantes (muchos somalíes) y, tras prometerles un viaje a Europa, capturarlos, venderlos como esclavos para trabajar en las minas del sur del país, torturarlos (mezclando su comida con gasolina o electrocutándoles) y, en muchos casos, mantenerlos retenidos hasta que sus familias pagan cuantiosos rescates.
Estas mafias están además emparentadas con algunos de los grupos armados que operan en el país norteafricano desde la debacle que siguió a la muerte de Gadafi. Mientras que imaginar a los patrones senegaleses (es como se conoce a quienes organizan los viajes) disparando ráfagas de kalashnikov en un combate urbano es casi impensable. Porque los senegaleses, sencillamente, son patrones de pesca que, reunidos en cofradías, y buscando el máximo beneficio, mandan de forma periódica cayucos a Canarias. Pero no cualquier cayuco. Son cayucos viejos, a punto del desguace, inservibles ya, que son medianamente puestos a punto para la travesía atlántica y llenados de inmigrantes. Un último viaje con una última ganancia que el patrón reparte con el resto de la cofradía.
En Mauritania hay patrones mauritanos, pero también senegaleses, debido a la fuerte tradición pesquera de la costa senegalesa. La etnia wolof controla la mayoría de la pesca del norte senegalés y son muy cuidadosos a la hora de no mezclar determinadas etnias dentro del mismo cayuco, según confirmaron varios patrones a este periodista, con el fin de evitar riñas en alta mar. Una distinción que no hacen los marroquíes o los libios. Ni siquiera se utiliza el mismo tipo de barco en el Mediterráneo que en el Atlántico.
Cuanto más corto el viaje, más caro será, pero también menos peligroso. Así, una de las rutas más letales corresponde a salidas desde Senegal y Gambia, que cuestan en torno a 700 euros y suponen entre siete y diez días. En Marruecos, desde donde dura uno o dos, fácilmente superan los 1.000 euros. También habría que señalar que famosas organizaciones de rescate, como Open Arms, operan en el Mediterráneo antes que en el Atlántico.
Si nosotros pensamos en la palabra «mafia» desde una visión europea, la imagen del hombre armado, violento, traicionero y engañoso se da antes en el traficante libio que en el senegalés. Aunque estos indicaron que no pestañean a la hora de hacer desaparecer en las oscuras aguas al individuo que los traicione a las autoridades.
Antes de subir al cayuco también existen diferentes métodos para llegar a la costa. No sería el mismo el de un joven maliense que coge una serie de autobuses hasta llegar a Saint Louis (Senegal) por sus propios medios, que una joven nigeriana a la que una mafia de su propio país capta con promesas solo para ser traficada como esclava sexual durante el tiempo que dichas mafias consideran que deben poseerla hasta que pague el precio del viaje. El nivel de vulnerabilidad y los peligros son directamente proporcionales a la distancia que se recorre hasta las olas.
Peligros humanos y naturales. En 2017, 44 migrantes que partieron de Agadez (Níger) rumbo a Libia en un camión, camino del sueño europeo, murieron de sed después de que el conductor los abandonara en pleno Sáhara. Un destino espantoso que no sufriría un senegalés de Dakar, que solo tendría que viajar cuatro horas por carretera al norte de su propio país y encontrar un barco que le lleve al sueño que le inyectaron.
Las mafias de personas en las costas africanas son variadas. Todas traen un componente de violencia y de abusos en mayor o menor medida, pero ninguna funciona igual. Y cada una debe ser atacada en sus propios términos.