Entre todos, las cosas salen mejor
La vida, como el pan, sabe mejor al compartirlo. Pero también cuando usamos la levadura adecuada, la de la gratuidad
En una sociedad marcada por el individualismo, el protagonismo, las ganas excesivas de aparecer, se ha convertido en un reto cada vez mayor la necesidad de entender que, entre todos, las cosas salen mejor. Una actitud que también nos desafía a asumir la responsabilidad confiada a cada uno, sabiendo que todos somos fundamentales, pero nadie imprescindible. Independientemente del grado de importancia en el engranaje general que tiene la labor de cada uno, es decisivo ser conscientes de que hacer las cosas bien enriquece la obra final.
Hay motivaciones diferentes para servir al bien común. En ese sentido, cuando nuestra tarea es fruto de la voluntad de aportar al conjunto, nos convertimos en «levadura de la gratuidad», como decía el Papa León XIV a los voluntarios de Madrid en su encuentro en IFEMA.
La gratuidad es un testimonio que impacta, que lleva a mucha gente a replantearse su modo de actuar. El mundo es mejor cuando ese fermento va penetrando por los poros de las personas y se instala como dinámica social que marca el actuar cotidiano. No se busca el interés o el lucro, sino concretar el Evangelio, mostrar a los otros que los valores del Reino de Dios pueden regir nuestras relaciones.
Un estilo de vida, una forma de pensar y de comportarnos diferente, que a algunos les resulta chocante, pero que ayuda a que todo funcione mejor. Todo es más fácil cuando reconocemos que hay más alegría en dar que en recibir, que lo que se busca es que el conjunto sea armonioso. Ser generosos a la hora de servir nos convierte en referentes para una sociedad que pone el foco en el interés individual.
Avanzamos cuando las cosas se sostienen colectivamente, cuando el pronombre principal es el nosotros, cuando lo comunitario prevalece sobre el «ordeno y mando», cuando vivimos para servir a un interés común que transciende el capricho personal.