«No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte» - Alfa y Omega

«No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte»

Nada más aterrizar en Gran Canaria, León XIV se ha trasladado hasta el puerto de Arguineguín, donde ha advertido que «no podemos arrodillarnos ante el altar para adorar a Cristo» y «luego pasar de largo ante los cayucos»

José Calderero de Aldecoa
El Papa León XIV durante el encuentro en el muelle de Arguineguín, en la isla de Gran Canaria.
El Papa León XIV durante el encuentro en el muelle de Arguineguín, en la isla de Gran Canaria. Foto. EFE / Ángel Medina G.

Era un viaje deseado y diseñado por Francisco, pero el que ha terminado dando un puñetazo en la mesa ha sido León XIV, que este jueves en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria) se ha enfrentado a «una de las páginas más exigentes del Evangelio», tal y como él mismo ha confesado, y ha rugido contra las mafias y la indiferencia hacia los migrantes. «No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgarse a la muerte para buscar vida?», ha señalado.

Atendiendo a la «dignidad humana», el Papa ha reclamado «vías legales y seguras, rescates y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración», y también «políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra». Porque «si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar».

Se trata poder permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños, ha detallado el Santo Padre. «No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera», ha clamado.

Examen de conciencia

Al final es la misma defensa integral de la vida —desde la concepción hasta la muerte natural, y que se preocupa por las condiciones de vida de los migrantes— que defendió en el Congreso de los Diputados. Integral también en cuanto a los actores. De hecho, «este drama debe convertirse en examen de conciencia» para muchas personas.

A las naciones de origen, el Papa les ha instado a «crear condiciones de paz, de justicia y desarrollo». Las naciones de tránsito están «llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales». En cuanto a Europa, «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». Por último, ha llamado a la comunidad internacional «a una cooperación eficaz y perseverante».

Pasar de largo de los cayucos

El Pontífice también ha dedicado una parte de su discurso a la Iglesia, que «debe dejarse interpelar» porque «la acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». En este sentido, ha recordado que «nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad». Por eso, «no podemos luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

El Papa León XIV recibe flores de dos voluntarios para protagonizar una ofrenda floral en el mar. Foto: EFE / Angel Medina G. POOL

Desde Arguineguín, el Papa también ha destacado cómo «aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad». Aquí el Evangelio «nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega». Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan «marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar».

Por otro lado, el sucesor de Pedro ha hecho caer en la cuenta a los presentes que en su mano luce el anillo del Pescador, una pieza que nos lleva al lago de Galilea. La Iglesia, tradicionalmente, ha leído este versículo como imagen de su misión, «pero aquí y en lugares como El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa». La pequeña isla ha recibido a miles de migrantes. «Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana».

Contra los monstruos de la mafia

Por último, León XIV no ha querido dejar pasar la oportunidad de criticar los «monstruos que acechan estos mares». A saber, «mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños, y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».

Ante ellos, «la fe no se queda paralizada». De hecho, «creemos en un Dios que somete el caos, pone límites al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte». El mismo Cristo ordenó al mar: «¡Calla, enmudece!». Y «esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».

Altavoz de los testimonios

El discurso del Papa, uno de los más contundentes, ha estado precedido por cuatro testimonios. «Quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad».