El desgarrador testimonio de Blessing en Arguineguín: «Quedé embarazada de un hombre de la mafia» - Alfa y Omega

El desgarrador testimonio de Blessing en Arguineguín: «Quedé embarazada de un hombre de la mafia»

«Cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen del Creador», le ha dicho el Papa en su primer mensaje en Gran Canaria

José Calderero de Aldecoa
Una mujer lee el testimonio de Blessing.
Una mujer lee el testimonio de Blessing. Foto: Vatican Media.

Hoy Blessing debería haber estado ante el Papa contando su testimonio, pero por razones de seguridad no ha podido hacerlo. Su impactante testimonio ha dejado a todos helados, a pesar del sofocante calor que se sentía este jueves en el puerto de Arguineguín. Salió de su casa hace años escapando de la pobreza, un traficante la dejó embarazada, la convirtió en víctima de trata y la obligó a prostituirse noche tras noche.

«Me llamo Blessing. Soy de Nigeria. Vengo de una familia de ocho hermanos, y desde muy pequeña aprendí lo que significa luchar cada día solo para sobrevivir», ha comenzado diciendo. Sus padres no podían casi ni alimentarlos y ya a la edad de 14 años tuvo que buscarse la vida por su cuenta. 

«Con 22 años tomé la decisión más difícil de mi vida: dejar Nigeria». Pero «no me fui de mi país porque quisiera. Me fui porque no había otra salida». De hecho, la huida implicaba dejar atrás también a sus dos hijas. «Quería darles un futuro mejor. Quería que ellas no vivieran lo que yo había vivido».

Pero más que un viaje, fue un cautiverio. «La mafia me llevó a un lugar donde me hicieron un ritual, el «yuyu»», tras el cual «me dijeron que» había contraído «una deuda de 25.000 euros que debía pagar cuando llegara a Europa».

Vivir sufriendo o cruzar y jugármela

No obstante, antes de cruzar, Blessing tuvo que esperar medio año. Fueron «seis meses sin apenas comer, sin poder bañarme durante semanas, viviendo en condiciones que no desearía a nadie». Y cuando por fin llegó el momento de cruzar el mar, las personas que salieron antes que ellos murieron ahogadas. Así, «tuve que elegir: vivir sufriendo o cruzar y jugármela. Morir intentándolo, o quedarse y no tener nada. Elegí cruzar». «Gracias a Dios, la patera en la que viajé llegó a la otra orilla».

Blessing no murió aquel día, sino que murió poco a poco por culpa de los tormentos a los que fue sometida. «Durante el viaje, quedé embarazada de un hombre de la mafia». Y «al llegar a España me quitaron a mi bebé para obligarme a prostituirme. Me trataron muy mal. Me separaron de mi hijo».

La mujer nigeriana pasó casi un años en esta situación hasta que la policía pudo rescatarla. Solo entonces, pudo recuperar a su bebé, que en ese momento tenía 11 años. «Desde entonces, con la ayuda de la Iglesia a través de las trabajadoras sociales, la vida ha empezado a cambiar», ha confesado con agradecimiento. 

No ha sido fácil, y «hay días en que la esperanza se hace muy pequeña. Pero he aprendido a creer en mí misma de nuevo. He aprendido que puedo lograrlo. Le agradezco a Dios haber encontrado a estas personas que hoy se encuentran aquí porque me tendieron la mano cuando más lo necesitaba», ha concluido.

Cada vida es una bendición

La historia ha sobrecogido de tal manera al Papa, que ha querido responder a Blessing durante su discurso. «Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador». 

El Pontífice también ha usado el testimonio de Blessing como paradigma del «drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos». A todos ellos, pero especialmente a las mujeres víctimas de trata y explotación, el Papa aunque «otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable». Y ha añadido: «Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor».

Rescate y asistencia

Además de Blessing, en Arguineguín León XIV también ha escuchó a Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, quien le ha explicado que se dedica a «salvar vidas».

Precisamente, en los últimos años, «junto a mi equipo, he rescatado a más de 20.000 personas. Es una cifra que duele y que no se olvida», ha revelado. «Todos conocemos la imagen de Canarias de día, pero de noche es otra realidad: mar brava, oscuridad absoluta y embarcaciones frágiles cargadas de vidas».

De todas las historias que ha vivido, Tito ha destacado una ante el Pontífice. Es la de «una madre que viajaba en una patera con su hijo, entre heridos y cuerpos sin vida. Ya a salvo a bordo, la mujer se acercó al niño, de unos 14 años, le quitó el gorro y la cazadora y sacó unos pendientes dorados para colocárselos. Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes. Podrían haber sido mis hijas. En cada rescate vemos a una persona cuya vida depende directamente de nosotros».

Junto a Tito, ha intervenido una migrante venezolana, que logró salir adelante en Canarias, y María Reyes, voluntaria de Cáritas, que ha confesado la primera impotencia que sintieron ante la crisis migratoria. «La sensación de desbordamiento fue inevitable», ha explicado. «Compartir nuestra propia desesperanza nos permitió descubrir lo que significa caminar juntos: coordinarnos, compartir lo poco que teníamos y acompañar desde la sencillez y la fragilidad. Aprendimos que no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes».

Conversión de la mirada

A María Reyes, el Pontífice le ha dado las gracias «por recordarnos lo que Cáritas, las parroquias y tantas personas hacen a diario. Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser “uno más”, deja de ser una categoría y una cifra». Y ha añadido: «No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos».

Por último, el Santo Padre ha lanzado el siguiente mensaje a los migrantes presentes: «Antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte».