El muelle de la esperanza - Alfa y Omega

«Quiero ir a Canarias». Claro, rotundo, sin rodeos. Así expresó su deseo el Papa Francisco a nuestro obispo auxiliar, D. Cristóbal Déniz, en uno de sus últimos encuentros. Detrás de este anhelo latía la preocupación del Pontífice por conocer de primera mano la realidad migratoria de Canarias. Fueron varias las ocasiones en las que dirigió palabras de aliento a la sociedad canaria y nunca se cansó de repetir los cuatro verbos que debían inspirar nuestra actuación con las personas migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. 

Hoy, 11 de junio, ese deseo se vuelve realidad con la visita de su sucesor, el Papa León XIV, al muelle de Arguineguín. La visita del Santo Padre volverá a situar a Canarias en el foco informativo mundial. Su presencia en el lugar donde han desembarcado miles de personas desesperadas por buscar un futuro mejor es un reconocimiento a quienes se han dejado la piel para dignificar su acogida. El esfuerzo de rescatadores, voluntarios, periodistas, trabajadores sanitarios y miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado han hecho posible la resignificación del que un día fue «muelle de la vergüenza» en «muelle de la esperanza». Estos años nos dejan miles imágenes para el recuerdo: policías cogiendo en brazos a bebés y recién nacidos, guardias civiles sosteniendo a personas que no se mantenían en pie, trabajadores de Cruz Roja llorando de impotencia o voluntarios dando la bienvenida con una sonrisa a quienes bajaban de un cayuco en condiciones deplorables. 

Pero la asistencia del Papa al puerto de Arguineguín es mucho más. Es una invitación a alzar la mirada y encontrarnos con la de los verdaderos protagonistas. Una llamada a apreciar y compartir el sufrimiento que se refleja en los ojos de los crucificados de hoy. Hace apenas unos días, León XIV decía en Madrid: «La alegría y el dolor de cada uno son la alegría y el dolor de todos y, al escucharnos mutuamente, afrontamos juntos los retos, sin ignorar la complejidad de las situaciones». En la sociedad actual, ensimismada y polarizada, la escucha y la empatía son más necesarias que nunca. 

La presencia del Papa es también una llamada a la memoria. A traer de vuelta miles de rostros, nombres, historias, ilusiones alcanzadas y sueños truncados. Es honrar la dignidad de quienes perecieron intentando llegar a nuestras costas. Es compadecernos de la madre cuya hija se deslizó de sus brazos durante el desembarco. Es acordarnos de tantos que se han debatido entre la vida y la muerte en la solitaria habitación de un hospital. Es observar las tumbas sin nombre que pueblan nuestros cementerios. Es mirar hacia las familias rotas que en algún lugar de África lloran a sus seres desaparecidos. Es escuchar el llanto de niños separados de sus padres. Es brindar por la alegría compartida de quienes, años después y tras superar miles de obstáculos, han conseguido un trabajo. Es compartir la satisfacción de tantos niños que pueden acudir a la escuela sin jugarse la vida. En definitiva, es encarnar el Evangelio y, como diría Pedro Casaldáliga, llenar nuestro corazón de nombres. 

Hoy, el muelle de Arguineguín representa también a Puerto Naos (Lanzarote), Puerto del Rosario (Fuerteventura), Los Cristianos (Tenerife), San Sebastián (La Gomera) y, sobre todo, a la Restinga (El Hierro). Todos ellos símbolo de la solidaridad de un pueblo que no olvida sus raíces y su pasado migrante. Es un acto de justicia hacia tantos ciudadanos anónimos que se han acercado hasta los muelles, a los campamentos e incluso arriesgado sus propias vidas arrojándose al mar para rescatar a los supervivientes de un naufragio y con ello han contribuido a hacer este lugar de Europa un poco más acogedor. 

Las cámaras reflejarán hoy la manera de ser de un pueblo, el canario, que muestra al mundo cómo, incluso sin recursos, una acogida digna es posible. Ojalá sirva esta ocasión para que los responsables políticos entiendan que la dignidad y los derechos humanos no son negociables. Que, como ha dicho el Santo Padre, la caridad no admite demoras y que el amor de Cristo nos empuja hacia los hermanos. 

Cuando se apaguen los focos, el muelle seguirá ahí, recibiendo y acogiendo a quienes cruzan el Atlántico desesperados. Ahí seguirán los pescadores conviviendo con los profesionales y los voluntarios. Ese asfalto seguirá siendo testigo de las vidas e historias de personas, migrantes o no. Arguineguín continuará representando la esperanza, la solidaridad y la acogida que debe inspirar a cualquier sociedad. Su suelo es terreno sagrado, quizás convenga descalzarnos antes de pisarlo.