No se puede ser Iglesia, no se puede ser bautizado sin la diakonía - Alfa y Omega

No se puede ser Iglesia, no se puede ser bautizado sin la diakonía

Ser ordenado diácono «no es un peldaño ni un ascenso». «Es una expresión que nos recuerda con vuestra vida, con vuestro modo de ser, que toda la Iglesia es servidora»

José Cobo Cano
El cardenal Cobo preguntó a los diáconos «¿queréis consagraros al servicio de la Iglesia?».
El cardenal Cobo preguntó a los diáconos «¿queréis consagraros al servicio de la Iglesia?». Foto: Archimadrid / Javier Rámirez.

Homilía en la ordenación de diáconos en la catedral. 23 de mayo de 2026, vigilia de Pentecostés

Momentos antes de la Ascensión, Jesús les dice a los discípulos que no se alejen de Jerusalén y que esperen la promesa del Padre: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén y hasta el confín del mundo».

Un año más celebramos Pentecostés, pero no es una celebración más: es ahondar en la profundidad de aquel momento en que la promesa de Jesús realmente se ha cumplido. El Espíritu Santo, sencillamente, a los que estaban congregados, descendió. Y ahí, la Iglesia nació para iluminar y para poder llevar esa esperanza que recibieron hasta el confín del mundo. Y allí se inauguró, con un tiempo y a una hora concreta, una nueva era, una nueva etapa.

 Hoy, casi dos mil años después, seguimos formando parte de esa historia, que comenzó aquel día y en aquel momento. Una historia viva que llega hasta aquí a través de la gran corriente del Espíritu.  El mismo Espíritu que llenó a los primeros discípulos sigue obrando. Pentecostés fue el inicio, pero ese inicio no ha terminado. Es el mismo Espíritu el que, a través de momentos y personas va construyendo la Iglesia, y haciendo de todos nosotros que estamos aquí, de todos los bautizados, instrumentos y piedras vivas de un gran edificio espiritual, de un templo vivo (cf. 1 Pe 2, 5; LG 6).

Pentecostés inaugura el tiempo de los bautizados, nuestro tiempo. El del pueblo santo de Dios que participa de aquella misión que Jesús nos encomendó: ser sus testigos hasta los confines del mundo. Ser sus testigos hoy en medio de esta sociedad, en medio de esta Iglesia concreta de Madrid, anunciando a todos, como misión bautismal, la Buena Nueva del Evangelio. Y así, transformando nuestro mundo, construyendo espacios de paz, ofreciendo esperanza, dar sentido a los que están a nuestro lado. Y no solo a los que están cerca de nuestras comunidades cristianas, sino también dar esperanza y luz a los que aún no se han acercado. 

Hoy, y por eso nos encontramos felices y abrimos los ojos del corazón para comprobarlo, se cumple la promesa del Padre. Y siempre se cumple en momentos concretos y con personas concretas. El mismo Espíritu que vino sobre Jesús, el mismo Espíritu que vino en Pentecostés sobre los discípulos viene hoy sobre vosotros que vais a ser ordenados diáconos. Dentro de un momento os voy a preguntar: «¿Queréis consagraros al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?» Y en la fórmula de consagración pediremos: «envía sobre ellos, Señor, el Espíritu Santo», como la oración más genuina de la Iglesia.

Diez nuevos diáconos se ordenaron el pasado sábado en la catedral de la Almudena.
Diez nuevos diáconos se ordenaron el pasado sábado en la catedral de la Almudena. Foto: Archimadrid / Javier Rámirez.

Toda la Iglesia, por la presencia del Espíritu, es ministerial. Eso implica que es «una Iglesia constitutivamente diaconal» (Francisco, ordenación de diáconos permanentes, Roma, 19 junio 2021), donde todos los ungidos en el bautismo hemos sido tocados por el Espíritu, y somos todos los bautizados llamados principalmente a servir.

Por eso entendemos que no se puede ser Iglesia, no se puede ser bautizado sin la diakonía. Porque Jesús es Aquel que comienza su ministerio en la sinagoga de Nazaret, diciéndonos que él es el que ha sido enviado y ungido por el Espíritu (cf. Lc 4,18) no para ser servido sino para servir (cf. Mt 20, 28; Mc 10, 45).

En la institución del ministerio presbiteral, Jesús lavó los pies a sus discípulos y nos mandó que hiciéramos lo mismo, constituyendo el carácter diaconal de toda la Iglesia, de cada bautizado. Aquellos que se ponen a lavar los pies y hacen lo mismo que hizo el Maestro. Él comenzó siendo el primer «diácono», el servidor de todos y contrasta una forma de liderazgo contra otro tipo de liderazgo, el de los poderosos: «no sea así entre vosotros» (Mt 20, 26; Mc 10, 43). 

Jesús nos amó sirviendo y nos enseñó a servir por amor en humildad, situándose abajo, de rodillas, a los pies. Si no vivimos esta dimensión, todo ministerio se vacía, se vuelve estéril y nunca producirá frutos. Y poco a poco, nos decía el Papa Francisco, si no se vive así, todo servicio se vuelve mundano. 

Injertarnos en esta corriente de servicio evita algo que ya conocéis en esta etapa de formación pastoral, y es esa tentación que el ministerio se convierta en profesión, donde solo cuente el agobio de la agenda, la programación, los horarios, las prisas, la eficacia. Pero donde no hay miradas compasivas, ni sorpresas que nos hacen salir de nosotros, ni sonrisas de ternura, ni abrazos de acogida. Cuando esto sucede, nuestro servicio no tiene alma ni corazón, y no se arriesga a cuidar sin mirar quién es y de dónde viene. 

Amigos y familiares en la catedral. Como laicos, ellos también son servidores.
Amigos y familiares en la catedral. Como laicos, ellos también son servidores. Foto: Archimadrid / Javier Rámirez.

No lo olvidéis. Vosotros, aunque vais a ser ordenados «diáconos en orden al sacerdocio», siempre seréis «diáconos», servidores del pueblo de Dios; «servidores de los misterios de Cristo y de la Iglesia», en palabras de Ignacio de Antioquía.

Esto no es un peldaño ni un ascenso; es una expresión que nos recuerda con vuestra vida, con vuestro modo de ser, que toda la Iglesia es servidora; para ello vuestra tarea será hacernos caer en la cuenta, a nosotros y a vuestras comunidades, de la centralidad del servicio, especialmente a los más pobres y abandonados. 

Para eso tendréis que injertaros en el misterio de Cristo servidor, para poder cumplir esta gran misión: señalar al pueblo de Dios el peculiar servicio de Jesús; recordando que en la Iglesia debe prevalecer siempre la lógica del servicio y del abajamiento y no del poder o de la prepotencia, porque Jesús siendo de condición divina se abajó hasta hacerse servidor de todos (cf. Filip 2, 6-8).

El diaconado, igual que el presbiterado, forma parte del único ministerio sacramental de la Iglesia y nos incorpora a una misma misión, que nunca se vive ni se ejerce solitariamente (cf. Lumen gentium 28). Esta es una de las grandes responsabilidades eclesiales que marcará desde hoy vuestra vida y vuestro ministerio, ahora como diáconos y, en el futuro, como presbíteros.

Se os envía a ser servidores y constructores de comunión eclesial dentro de aquel presbiterio al que luego perteneceréis. Esta es una tarea que se aprende desde el principio, esta es la diakonía de la comunión: una tarea humilde y decisiva que combate una de las heridas más profundas de nuestro tiempo, el individualismo, que debilita la fraternidad y rompe siempre los vínculos entre nosotros.

Cuando el individualismo se cuela en la vida del sacerdote, crecen la soledad, el aislamiento y el cansancio interior, como hemos compartido en CONVIVIUM. Y entonces la misión corre el riesgo de volverse estéril, porque nadie puede sostener en solitario el peso del Evangelio ni la alegría del ministerio.

Hoy Dios interviene y realiza un cambio radical que opera la fuerza del Espíritu Santo. Ya no os pertenecéis, vuestra referencia no será ni vuestra persona, ni vuestros sentimientos, ni la comodidad, ni las alabanzas. El servidor aprende cada día a renunciar a su propia persona y a sus proyectos  personales, disponiendo así el corazón para acoger otros planes; los de la comunidad parroquial, los del arciprestazgo, los de la Iglesia diocesana, que expresan los planes de Dios; imitando en esta ofrenda al mismo Señor, que vivió siempre de cara al Padre y nunca de sí mismo. 

El Señor nos ha escogido a cada uno de nosotros con una vocación concreta, y somos conscientes que somos arcilla, que somos barro, y que este gran regalo lo llevamos pobremente. Por eso, os invito a todos vosotros que estáis aquí a rezar por ellos, que roguéis al Espíritu para que fortalezca cada día con su gracia a los que van a ser ordenados diáconos, para que desempeñen fielmente el ministerio. 

Como dice la secuencia del Espíritu Santo, necesitamos que el Espíritu, «sane nuestros corazones enfermos» de egoísmo, de incomprensión y desencuentros; y nos conceda corazones acogedores, necesitados unos de otros y del cuidado de los demás. 

En la ordenación diaconal se coloca la estola de forma cruzada.

En la ordenación diaconal se coloca la estola de forma cruzada. Foto: Archimadrid / Javier Rámirez.

 Necesitamos que el Espíritu infunda «calor de vida en el hielo» de la soledad y del individualismo, que engendre, también a través vuestro, relaciones sensibles y cálidas, y que nos haga constructores de paz, de fraternidad y de amistad.

Pedimos al Espíritu que «riegue nuestra tierra reseca» con su agua viva; que riegue nuestros corazones sedientos del consuelo de Dios para poder consolar y dar esa agua a los cansados y agobiados, y confortar a los hermanos en las dudas de fe y a los más pobres. 

Queda poco para la visita del Santo Padre, y allí vamos a repetir muchas veces esta frase: «Alzad la mirada». Alcemos la mirada hoy con vuestra ordenación. Así podremos ver al propio Espíritu que, como en Pentecostés, desciende sobre nosotros, desciende sobre esta Iglesia, y a través vuestro sobre todos nosotros. Pidamos al Espíritu que nos de su fortaleza, que ilumine nuestras mentes y nos haga capaces de servir a los más pobres y alejados, con la promesa de que hay más alegría y felicidad en dar que en recibir (cf. Hech 20, 35). 

Con María, la Madre de Jesús, los discípulos aguardaron Pentecostés. Hoy María también, a todos vosotros y a todos los que nos hemos acercado a nuestra catedral, nos invita a perseverar unánimes en la oración, haciéndonos capaces de experimentar hoy un nuevo Pentecostés. Y entrar así en la historia que el Señor ha comenzado.