Uno de los mayores aciertos de El señor de las moscas es desmontar el mito moderno del «buen salvaje». Frente a cierta ingenuidad antropológica contemporánea, la evidencia nos sigue poniendo delante de nuestras narices, una y otra vez, que el mal no nace únicamente de las estructuras injustas, de la educación deficiente o de la opresión social, sino que habita en cada corazón humano. Nos acaba de llegar la versión en pequeñas entregas de una de las series del año. Producida por la BBC y escrita y desarrollada por Jack Thorne (cocreador y guionista de Adolescencia), El señor de las moscas nos zarandea en una belleza perturbadora que se despliega durante cuatro capítulos de apenas una hora de duración cada uno, bautizados con acierto con el nombre de los personajes principales, comenzando por Piggy y su encarnación de la frágil razón. La serie no escatima en alardes formales y se toma algunas licencias con respecto al popular libro de William Golding. Por si alguno está fuera de juego, se trata de la historia de unos niños, supervivientes a un accidente, que en una isla tienen que organizar su convivencia. Pero lo más interesante no son ni las normas ni los liderazgos ni los modelos de organización social que aletean, sino las preguntas que nos atraviesan siempre en una historia como esta y que están relacionadas, en última instancia, con si el ser humano necesita ser salvado y, en caso afirmativo, por quién.
La obra deslumbra, pero se termina recreando en exceso en unos paisajes demasiado bellos, que buscan el contraste con la negrura del repugnante mal que está presente, y no acaba de ser regular en lo que al guion se refiere. El que la conozca, además, sabe que aunque la intuición inicial sea muy buena, aquí no hay horizonte de esperanza que se precie. Estamos heridos, inclinados al mal, pero no condenados a ser unos monstruos. No hay redención en la historia original, tampoco en la serie que, conviene tenerlo en cuenta, está protagonizada por niños pero no es, en absoluto, para niños.