14 de mayo: san Michel Garicoits, el joven jugador de pelota vasca que se empeñó en ser sacerdote
Su familia acogía a sacerdotes huidos de la Revolución francesa, pero él solo pensaba en pelear y hacer trastadas. A Michel le cambió la vida una fogosa experiencia de Dios el día de su Primera Comunión
Ibarre, en la Baja Navarra, en Francia, al otro lado de los Pirineos de la región homónima española. En las faldas del monte se levanta un caserón familiar conocido en el valle por el nombre de Garakotxea, que en vasco significa «la casa de lo alto», por su situación y también por el nombre de la familia que la habitaba: los Garicoits. Estas escarpadas laderas fueron el paisaje en el que, en 1796, Arnaud Garicoits y una joven llamada Gratianne se enamoraron y decidieron casarse. Las cosas no eran fáciles para los católicos franceses entonces: 600 kilómetros al norte, en La Vendée, los seguidores de Cristo eran masacrados por miles, en lo que se considera el primer genocidio de la historia.
Para salvar su amor sin poner en riesgo su vida, Arnaud y Gratianne se pasaron al otro lado de los Pirineos y buscaron en España un cura que los casara. De vuelta a casa, en abril del año siguiente nació Michel, que tuvo que ser bautizado a escondidas seis meses después, gracias a uno de los sacerdotes que escapaban de los estragos de la Revolución francesa y que la familia Garicoits acogía en su huida.
El pequeño es de todo menos santo. A los 4 años le lanzó una piedra a una mujer y al año siguiente le robó material a un vendedor ambulante, aparte de las innumerables peleas con sus hermanos en las que se metía continuamente. Casi parecía otro pasatiempo, junto a su afición a la pelota vasca. En otra ocasión se abalanzó sobre su maestro mientras este pegaba a uno de sus compañeros con una vara. «Dios castiga con el fuego eterno a los niños malos», le gritaba su madre: eran los tiempos del auge del jansenismo y no sabían educar de otra manera.
Sin embargo, todo cambió el día que recibió la Primera Comunión. La hizo con 14 años, debido a las dificultades de la vida sacramental en esos años y en aquella zona aislada del Pirineo; pero tuvo una experiencia que le marcó para siempre. Al parecer, de alguna manera inexplicable vivenció a Dios «fundido en caridad», una presencia y un amor que lo cautivaron de entonces en adelante.
«Quiero ser sacerdote», le dijo a su padre poco tiempo después de aquel encuentro fundante. ¡Qué locura! Un niño de una aldea perdida con un deseo inalcanzable. «Sé razonable, deja ese sueño», le pidió su padre; «nosotros somos muy pobres», intentó razonar su madre. Sin embargo, la abuela Catalina acogió el deseo del joven como una llamada divina y se puso manos a la obra, porque sabía que Dios no pide imposibles.
La fe de su abuela
Al día siguiente la anciana salió de casa para recorrer a pie los 25 kilómetros que los separaban de Saint-Palais. Se presentó al párroco y le propuso que enseñara a su nieto a cambio de trabajos domésticos; aprendió latín y poco más tarde entró al servicio del obispo de Bayona, que le acogió en el seminario y acabaría ordenando sacerdote a Garicoits en diciembre de 1823.
Enviado a Cambo-les-Bains, empezó su ministerio tratando de imbuir entre sus fieles la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El jansenismo había hecho tantos estragos en los fieles como la revolución, apartando a los fieles de los sacramentos por un Dios pretendidamente cruel y exigente. Michel había sufrido esa lejanía en su infancia y la experiencia de su Primera Comunión le había lanzado en sentido contrario.
En 1835 dio un paso más, fundando los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús. En su manifiesto fundacional escribió que «Dios quiso hacerse amar», y que «Jesucristo, nuestro Señor y Creador, es una atracción inefable para el corazón». Este fue el espíritu que infundió en sus sacerdotes, dedicados desde entonces a la enseñanza y a las misiones. Garicoits los vio extenderse desde el Pirineo y cruzar el Atlántico hasta llegar a América, donde, a día de hoy, desarrollan una ingente labor de evangelización.
En agosto de 1853, a los 56 años, sufrió un ataque de apoplejía, el inicio de una parálisis progresiva que hizo disminuir sus fuerzas de atleta hasta su muerte diez años después. Quienes le asistieron en su lecho de muerte le escucharon susurrar: «Ten piedad de mí, Señor, por tu gran misericordia».
Tres hectáreas de tierra y roca en una pendiente pronunciada junto al bosque. Este es el entorno de Garakotxea, la casa en la que se crió san Michel Garicoits. Desde niño recibió el encargo de sus padres de cuidar las doce ovejas y el puñado de vacas de la familia. En la soledad de los pastos del valle conoció la compañía de Dios, y cantaba salmos cuando nadie le escuchaba.
El aire del Pirineo le fortaleció y le hizo destacar entre sus compañeros jugando a la pelota vasca. Una familia de la zona le contrató para cuidar su rebaño, y lo hizo tan bien que pronto le triplicaron el sueldo. Pero Michel ya tenía barruntado otro futuro: ser sacerdote.