Escuelas Católicas: vocación a educar desde la verdad, la cercanía y la esperanza - Alfa y Omega

Escuelas Católicas: vocación a educar desde la verdad, la cercanía y la esperanza

El arzobispo de Madrid, a partir de un análisis de la realidad educativa de nuestra archidiócesis, enumera diez retos que deben ser afrontados por Escuelas Católicas

José Cobo Cano
El cardenal Cobo en un momento de su intervención.
El cardenal Cobo en un momento de su intervención. Foto: Archimadrid.

Discurso en la Asamblea de Escuelas Católicas de Madrid. Seminario Conciliar, 29 de abril

Hablar hoy de escuela católica en una gran ciudad como Madrid es situarse en un cruce de caminos. Formamos parte de una ciudad plural, compleja y fragmentada, marcada por la diversidad cultural y la desigualdad social, con familias en situaciones muy distintas y jóvenes con preguntas profundas, pero que no tienen un lenguaje religioso.

En medio de esta realidad, la escuela católica —presente de modo muy significativo en la red concertada— es una presencia capilar en la vida de la ciudad. Su fuerza está en educar desde la verdad, desde la cercanía y desde la esperanza. Una tarea que lleváis a cabo desde una llamada misionera y una respuesta vocacional. Vocaciones concretas, que hacen ver que la educación no existe, existen los educadores que toman postura.

La educación no es un ente que os maneja; sois vosotros los que, desde vuestra vocación, vais tomando decisiones como escuelas católicas porque respondéis a una vocación concreta. Dios os quiere aquí para responder a su misión. La respuesta que da la diócesis para educar es a través vuestro, que tomáis las decisiones.

Una tarea educativa que es motivo de agradecimiento a quienes dedicáis vuestra vida a esta insigne tarea, tanto a nivel personal, directores y directoras, como institucional y congregacional. Un compromiso que es una sinfonía común y manifestáis en la entrega y dedicación mostrada en la labor diaria. Así garantizáis una educación de calidad, que contribuye de manera decisiva a la formación integral de niños y jóvenes, transmitiendo valores evangélicos que enriquecen a toda la comunidad educativa y a la sociedad en su conjunto. Entre los muchos retos a los que la sociedad y quien se dedica a esta tarea se enfrentan en materia educativa, quiero destacar diez que nos pueden ayudar a avanzar como Escuelas Católicas.

Salón de actos del Seminario Conciliar de Madrid durante la Asamblea General.
Salón de actos del Seminario Conciliar de Madrid durante la Asamblea General. Foto: Archimadrid.
1
Pasar de una identidad heredada a una identidad propuesta

El concepto de identidad católica hoy no es entendido por todo mundo. Muchos alumnos no llegan con una fe recibida. Esto exige un cambio profundo: ya no basta con decir que tenemos una identidad, ahora tenemos que proponerla y lo hacemos a través de un trato personal distinto, que suscite preguntas y explique lo que se hace desde la esperanza, que se fíe de las personas. Educar es creer en el otro, y esa es la identidad del Evangelio. Eso debe llevar a la escuela a despertar preguntas, abrir horizontes y creer en el otro.

2
Iniciar procesos que integren la fe y la vida

Ayudar a los alumnos a aprender a leer la vida, llegar a acompañar procesos personales donde se aprenda a vivir desde la fe, de forma integrada. La fe no puede ser reducida a contenidos, es significativa cuando toca la vida. Sabemos la importancia de la asignatura de Religión, que aporta conceptos, pero los alumnos también necesitan procesos personales. Para eso es necesario integrar la pastoral en la misión diocesana. Tenemos una misión común, que es anunciar el Evangelio con toda nuestra diócesis. Frente a líneas pastorales muy diversas que no se ponen en relación, la misión es integrar fe y vida. Y que lo hagamos en común y aprovechemos juntos las fuerzas que tenemos: escuela, familia, parroquia.

3
Poner a la persona en el centro

Ante una cultura centrada en el rendimiento y la excelencia, no podemos olvidar algo que es nuestra fuerza: saber que cada alumno es único, cada proceso es distinto y cada historia de cada alumno tiene que ser acompañada. Como escuela católica hacemos un voto firme por cuidar la interioridad, formar en la libertad y acompañar especialmente las fragilidades. Y en eso somos expertos. Para ello, en Madrid estamos montando centros de escucha para jóvenes, dado el alto número de suicidios, el mayor de Europa; y la pregunta por el sentido de la vida, la gran pregunta hoy entre los jóvenes. A esto hay que añadir el «supermercado de las creencias» que se va creando. Para ello necesitamos segmentos transversales que puedan llevar a cabo esta tarea, un gran servicio allí donde se hace.

4
Una sociedad herida

El Informe FOESSA, en lo que respecta a la infancia y juventud, habla de una exclusión creciente, una desigualdad estructural y la fragilidad en muchas familias. Si un niño nace pobre, difícilmente va a salir de ahí. En otro momento era más fácil, con una buena educación, pero el abismo social cada vez es más grande. A ello se unen la soledad, el desarraigo, el nomadismo. Eso nos pide ser misioneros y aprender a ver cómo juntos trabajamos en red y damos respuestas a los últimos. No podemos funcionar en islas, sino echar cables, porque lo que nos interesa es la misión. La sociedad herida es un gran reto que tenemos y os felicito, porque nuestros colegios son los primeros que acogen la debilidad.

Salón de actos del Seminario Conciliar de Madrid durante la Asamblea General.
Foto: Archimadrid.
5
Ser una comunidad educativa

Allí donde hay comunidades educativas la educación avanza. De ahí la necesidad de que haya comunidad educativa, comunidad eclesial. Y para esto tendremos que potenciar las vocaciones. Estamos transitando a una escuela de laicos y tenemos que plantearnos cómo la Iglesia puede ayudar a formar a laicos en el carisma y en la identidad cristiana para que tengan compromiso, cualificación, liderazgo, cuidado. Hemos recibido una escuela en una sociedad sociológicamente católica y vamos a una sociedad que no sabemos muy bien cómo va a ser, y nos toca sostener las dos cosas: sosteniendo lo que hubo dar a luz a algo nuevo. Necesitamos comunidades educativas que sostengan y que sean católicas. Y no olvidemos que el católico es aquel que dice: necesito de los otros. Si el chip es misionero, lo que nos importa es que el Evangelio sea proclamado y que nuestras escuelas sigan siendo vías de trasmisión de la fe.

6
No olvidar la responsabilidad pública y el diálogo social

Estamos para transformar nuestro mundo, pero cuesta que los padres y los alumnos participen de la comunidad educativa y que los procesos de decisión sean compartidos. Ante esta situación la escuela católica no puede permanecer al margen del debate público. El desafío es debatir entre nosotros qué tenemos que proponer y asegurar la voz educativa en el espacio público, sin imposición, sino evangélicamente, proponiendo, iluminando, como la levadura en medio de la masa. Se trata de asumir la responsabilidad de transformar la vida pública e iluminar con la forma de tratar a los alumnos, los proyectos educativos, la transversalidad de la pastoral, la confianza de las personas.

7
Educar desde la esperanza

Tenemos unas posibilidades que no tienen muchos, que es una gran comunidad educativa que son las escuelas católicas, un equipo grande y diverso. En un mundo marcado por la incertidumbre, el desasosiego y la fragilidad existencial, apostar por una esperanza que hace ver que toda persona puede crecer, toda vida puede abrirse y todo proceso puede transformarse.

8
No olvidarnos de la centralidad del proyecto de Jesucristo

La identidad cristiana no es simplemente unos valores. Hay algo que los alumnos y las familias están esperando: que se puedan encontrar con la grandeza de la fe, que creemos condiciones, que decía el Papa Francisco, lo que no supone que los obliguemos. Nuestra misión es crear condiciones para que la verdad, el bien y Dios mismo puedan abrirse paso en el corazón de cada alumno. Que además de ser buenas personas, encuentren el sentido de la vida; y crear las condiciones para provocar un encuentro con Jesucristo, sabiendo que vamos juntos.

9
Tándem imprescindible entre colegio y parroquia

Si hablamos misioneramente, lo que tendríamos que pensar es cómo iniciamos en la fe en la familia, en la parroquia y en el colegio. Tenemos que ponernos a trabajar juntos; que sea la persona, no nuestras formas. Se están dando pasos muy importantes para integrar la iniciación cristiana en un único camino de fe; celebraciones compartidas con sentido, educar en la celebración. Se necesita formar agentes y profesorado juntos.

10
La familia 

Desde las AMPA y las estructuras que tenemos, buscar cómo podemos trabajar con las familias. Podemos formar tutores que trabajen con familias o buscar otras alternativas. Pero la relación con las familias es fundamental, especialmente en contextos complejos, donde las familias necesitan ser orientadas y puestas en relación. El colegio como espacio de relación y acompañamiento a las familias. No olvidemos que es necesario entender que educar hoy es caminar con las familias, no sustituirlas.