365 días - Alfa y Omega

Es vertiginoso cómo pasan los días. Y, con ellos, el recuerdo. En ocasiones tengo que hacer un esfuerzo por rememorar qué hice la semana pasada, embebida en una vorágine diaria de tareas. El martes pasado se cumplió un año de aquel lunes de Pascua en el que Francisco nos decía adiós en esta vida terrenal y, máxime ahora, atareados con la visita de León XIV a España, la mente anda ocupada en esas lides. Lejos de estar alineada con ese claim que nos ancla al «aquí y ahora», quiero realmente recordar al Papa. Fueron muchos años siguiéndolo de cerca. Estudiando sus quehaceres. Sus gestos. Sus palabras. Sus símbolos. Fueron muchos días de mi vida integrando su forma de ver la Iglesia, tanto que la he asimilado en muchísimas ocasiones sin apenas darme cuenta. Veo muchas veces a través de sus ojos; bueno, al menos me acerco. He crecido con él en la comprensión y en la fe. He vivido grandes experiencias como persona y también como periodista. Jamás vi —y no sé si veré— una plaza de san Pedro como la que le despidió o la que esperaba a su sucesor: no cabía ni un medio de comunicación más de cualquier rincón del mundo. Me sumo a la gratitud en esta efeméride. Gracias, Papa Francisco.