Salvatore Cernuzio: «Francisco estaba adelantado a mi tiempo, siendo yo más joven» - Alfa y Omega

Salvatore Cernuzio: «Francisco estaba adelantado a mi tiempo, siendo yo más joven»

A un año del adiós al Papa argentino, este periodista de Vatican News recoge anécdotas de su amistad en Padre

María Martínez López
Salvatore Cernuzio con el Papa Francisco
«Lo más extraordinario era su capacidad de escuchar, también en el sentido de hacerte sentir único», asegura el periodista. Foto cedida por Salvatore Cernuzio.

—Su amistad con Francisco nació de una carta que le dio en el viaje a Irak en 2021. ¿Qué impulsó al Papa a llamarle?
—Una vez bromeé sobre que quizás me quería porque me veía como un caso extremo. Se rio a carcajadas. La verdad, no lo sé. Del mismo modo, todavía me pregunto por qué tuve el don de estar cerca de él hasta sus últimos días. Recibía a todos con los brazos abiertos, pero luego hacía un discernimiento sobre quién merecía realmente su confianza. Un misterio y un don de Dios.

—¿Cómo era como director espiritual?
—Normal. No hablaba mucho, no tenía prisa, tenía una mirada penetrante y, sobre todo, una memoria prodigiosa que recordaba un asunto meses después. Lo más extraordinario, que nunca he encontrado en otros, era su capacidad de escuchar, también en el sentido de hacerte sentir único. Considerando todos sus compromisos, era excepcional.

—Esa intimidad la tuvo también con su familia.  ¿Cómo era con sus hijos?
—Lo experimentaron como una presencia habitual: el Papa que llama, que se para con el coche para saludar, que manda regalos o felicita el cumpleaños o la Primera Comunión. Una vez, mi hijo mayor dijo a su maestra: «No hice los deberes porque fuimos a visitar al Papa». No era cierto, pero para él era normal decirlo.

—Admite que hubo cosas en los primeros años del pontificado que le incomodaron, pero le hicieron dar un salto de fe. ¿Cómo fue ese cambio?
—Crecí con la idea de que la Iglesia debe intervenir en cuestiones éticas, de que el sacerdote tiene una posición superior, de que solo existe un modelo de familia, etc. Al principio, algunas intervenciones y gestos me dejaron perplejo. Estaba demasiado adelantado a mi tiempo, siendo yo 40 años más joven. Empecé a cuestionarme: la vida que debemos defender no es solo la del no nacido, sino también la del niño migrante, la del anciano abandonado, la de mis compañeros que no encuentran sentido a su existencia. Me  ayudó a ampliar mi perspectiva y a admirar la universalidad de la Iglesia; su riqueza, por ejemplo, en la Amazonía.

—¿Le ayudó el conocerlo tan de cerca a comprender mejor el pontificado?
—Sí. Sobre todo las decisiones de gobierno que los críticos intentaron denigrar, atacando a menudo su carácter. Que no tenía una personalidad fácil lo decía él mismo. Pero reflexionaba cuidadosamente antes de tomar una decisión. Lo que se ha criticado como «impulsos», era resultado de meses o años de reflexión. Sí, actuó a veces por impulsos, pero fueron los que lo llevaron a Irak, a rezar en la plaza de San Pedro durante la pandemia, a llamar a la parroquia en Gaza. Esos fueron mociones del espíritu. El resto era resultado de la reflexión y la oración.

—El libro está lleno de anécdotas, desde su afición por los helados a cuando dijo que Robert Prevost «es un santo». ¿Cuáles son sus favoritas?
—En lo privado, sus chistes. Era increíble verlo imitando a un anciano o a una monja, con gestos y poniendo voces. En público, sus viajes y recorridos por Roma. Sobre todo lo bien que se lo pasaba sorprendiendo a la gente. Se transformaba: llegaba con ojos cansados y, al salir del coche, se iluminaba. El contacto con la gente lo revitalizaba. Cuando hicimos un pódcast a distancia con jóvenes antes de la JMJ en Lisboa, todo le resultaba extraño. Tenía curiosidad por experimentar con nuevas herramientas y conectar con estas generaciones y sus complejidades. Al final, tenía la expresión de satisfacción de quien ha logrado algo genial.

—¿Cómo ha sido este año de ausencia?
—Difícil, especialmente el primer mes. Me costó mucho asimilar el dolor y cubrir los acontecimientos posteriores. Incluso en mi familia hay una profunda nostalgia. Hasta mi hija Giulia, de 10 años, quiso escribir un libro con sus recuerdos, anets que yo. En el aniversario mismo, estoy en África siguiendo a León XIV. Como vaticanista para los medios vaticanos, estoy y siempre estaré al servicio del Papa. Como exhortaba Francisco, «¡debemos seguir adelante!».