DEVS. El mundo jugando a ser Dios - Alfa y Omega

DEVS. El mundo jugando a ser Dios

Javier García Arevalillo
Nick Offerman y Sonoya Mizuno (que interpreta a Lily) en la serie.
Nick Offerman y Sonoya Mizuno (que interpreta a Lily) en la serie. Foto: HBO Max.

El arte anticipa la realidad; ve lo que todavía está oculto a los ojos del resto de los mortales. Los artistas guían sin ser líderes, a través de la fuerza pura de su visión. Por eso Black Mirror nos turba tanto, y por eso recomiendo verla como recomiendo leer la literatura rusa: de vez en cuando, alternando con obras más livianas y alegres. DEVS es una serie que pasó desapercibida cuando HBO la publicó hace seis años; y no lo merecía. Si la rescato hoy es porque la conversación sobre inteligencia artificial y computación cuántica ha pasado de la ciencia ficción a la barra de bar y en esa mutación perdemos perspectiva. En esta serie, que desde el título juega con el espectador y con sus expectativas, seguimos la traumática historia de una programadora, Lily, que trabaja para la empresa tecnológica de referencia, liderada por un cruce entre Elon Musk y Steve Jobs (magnífica interpretación de Nick Offerman en un rol muy distinto al que nos tiene acostumbrados). Su novio, que también trabaja para esta compañía, consigue desarrollar un modelo de inteligencia artificial que consigue predecir los movimientos futuros de un organismo vivo. Esto llama la atención del fundador de su empresa y es invitado a formar parte del proyecto secreto DEVS, del que nadie sabe nada, salvo las pocas personas que trabajan en él. Sin entrar en spoilers, hay muchos elementos que nos hablan de lo que realmente está pasando: la estatua gigante de una niña preside el campus de la empresa, la obsesión del fundador de DEVS con la inteligencia artificial y la computación cuántica… Y ahí lo voy a dejar, porque los giros de guion merecen la pena. Sí diré que es una serie que, sin llegar al nivel del mejor Black Mirror, ahonda en la tentación original del hombre: querer ser Dios. Y las líneas rojas que se está dispuesto a cruzar cuando el desgarro del alma por la pérdida no nos permite vivir en paz. Y, por qué no decirlo, el regalo que significa encontrar paz en el dolor, poder vivir de Dios y no de nosotros mismos.