La trampa de Eros - Alfa y Omega

La semana pasada mi hermano nos avisó de la muerte de James van der Beek. No sé cuántos conocerán este nombre, pero en nuestra adolescencia su papel como Dawson significó mucho. Mis hermanos y yo teníamos pocas aficiones comunes. Pero una de ellas fue la serie Dawson’s Creek.

Dawson era un adolescente algo reflexivo que vivía junto a sus amigos en una ciudad de la costa de Massachusetts. Creek remitía a la ensenada en la que estaba situado el pueblo. La trama se desarrollaba durante sus últimos años del colegio y primeros años de la universidad. En el fondo, todo eran líos amorosos. De ahí que muchos países hispanos tradujeran la serie con títulos calurosos como Amigos y amantes o Amores juveniles. España trató de evitar el cajón de las telenovelas para sortear la censura paternal y le puso un título de facultad de pedagogía: Dawson crece.

Realmente no recuerdo ningún diálogo y no sabría decir si aquello tenía demasiado de ejemplarizante. Pero lo cierto es que crecimos con Dawson. Amamos con él a Katie Holmes y la quisimos para siempre en cada chica que nos encontramos. La hermosa máscara cambiaba, pero como siempre era la única.  No aprendimos a querer leyendo Ars amatoria de Ovidio, sino con la competencia juvenil de Dawson y Percey por la conquista de Katie. No sé si eso es bueno o malo, pero es lo que sucedió. El amor fue para nosotros eso que ellos hacían.

En aquel momento, James tenía unos 21 años. La serie terminó y el actor continuó con su vida. Hizo algunas películas y series, se casó y tuvo seis hijos. En mi familia le perdimos la pista y no atendimos a su trayectoria personal. Pero al diagnosticarle cáncer, ha querido recopilar el recorrido completo de su aprendizaje sobre la vida afectiva.

«Ha sido el año más difícil de mi vida, y quería compartir con vosotros algo que he aprendido. Cuando era más joven, solía definirme como actor. Lo cual nunca fue realmente tan satisfactorio. Luego me convertí en esposo, y eso fue mucho mejor. Después me convertí en padre, y eso fue lo máximo. Entonces podía definirme como un esposo amoroso, capaz, fuerte y comprensivo; como padre, proveedor, cuidador de la tierra en la que tenemos tanta suerte de vivir. Y durante mucho tiempo, esa me pareció una muy buena respuesta a las preguntas “¿quién soy?”. “¿Qué soy?”».

«Y entonces, este año tuve que mirar mi propia mortalidad a los ojos. Tuve que enfrentarme cara a cara con la muerte. Y todas esas definiciones que me importaban tan profundamente me fueron arrebatadas. […] Ya no podía ser un esposo que ayudara a su esposa. Ya no podía ser un padre que pudiera cargar a sus hijos, acostarlos y estar ahí para ellos. No podía proveer a mi familia porque no estaba trabajando. Ni siquiera podía cuidar la tierra, porque a veces estaba demasiado débil. […] Así que me enfrenté a la pregunta: si solo soy un hombre demasiado delgado, débil, solo en un apartamento con cáncer, ¿qué soy? Medité y la respuesta llegó: soy digno del amor de Dios simplemente porque existo».

Este es el delicioso truco de la vida. Todo empieza con un mariposeo adolescente y vanidoso. Juega el joven a domeñar la técnica. Juega a capturar sus presas, sin saber bien si busca más amar que ser amado.

Pero siempre llega un día en que cae el cazador en su propia trampa. Cree en su propio truco y es conquistado por su conquista. De repente, todo se vuelve serio. Todo parece definitivo. Siente el joven que lo que ahora está en juego es su propia vida. Que aquella chica es diferente y que sin ella no puede continuar. Decide casarse y ella, milagrosamente, se presta.

Entonces, descubre que él no era el importante y que amar en realidad consistía en dejar de serlo. Cada hijo se lo corrobora: el amor era desvivirse para que ellos existan. Que si vivir no es gastar la vida para darla, solo puede gastarla para nada. Y lo descubre con gusto, porque con sumo placer dedica sus esfuerzos a garantizar los torpes pasos de ese niño que babea. Y se deleita al donarse, escondido tras el don, que es su hijo que gatea.

Como en un despiste, lo que empezó con un simple juego se ha convertido en la entrega de la propia vida. De ese modo, sin advertirlo, ha empezado el hombre a preparar su muerte. Pues quien entrega su vida comienza a estar listo para perderla. De tal modo que, si uno se deja cazar en este lance, si se deja dar alcance por el amor que al principio le movía, no debe temer el cáncer. Pues en ese juego solo descubrió el amor cuando su vida desaparecía. Porque solo quien dona su vida puede atisbar su misteriosa hechura: podemos regalarla, podemos libremente entregarla, porque nos ha sido regalada. No estamos obligados a vivirla, no somos forzados a sobrevivir. La vida nos ha sido dada y, por eso, despojados, podemos también darla. Solo entonces comprendo que soy un don, es decir, «digno del amor de Dios simplemente porque existo».