Cuatro años de guerra en Ucrania: un invierno eterno que roba la infancia
Este 2026, el invierno más frío desde 2022 y con temperaturas que descienden hasta los -20 ºC por la noche, la infancia vuelve a estar en el centro de una emergencia que ya no es puntual, sino crónica
Este 24 de febrero se cumplen cuatro años del inicio de la guerra en Ucrania. Cuatro inviernos marcados por las alarmas antiaéreas, los apagones reiterados y el frío extremo. En este tiempo, millones de niños y niñas han visto interrumpida su educación, su estabilidad emocional y su vida cotidiana.
Este 2026, el invierno más frío desde 2022 y con temperaturas que descienden hasta los -20 ºC por la noche, la infancia vuelve a estar en el centro de una emergencia que ya no es puntual, sino crónica.
Según una encuesta reciente de World Vision, más de la mitad de las familias (56 %) informa de interrupciones en la educación de sus hijos debido al frío, la inseguridad y los cortes de electricidad. En zonas como Járkov, donde predomina la enseñanza a distancia, el 32 % de los hogares no puede conectarse a las clases online por los apagones. Y casi uno de cada cuatro niños (24 %) no puede acudir a la escuela presencial por las condiciones climáticas o los riesgos de seguridad.

El 84 % de las familias afirma que sus hijos tienen dificultades para mantenerse calientes. El 92 % vive con temperaturas interiores bajo cero. Y el 96 % ha sufrido cortes de electricidad este invierno. «Hace frío en casa y mi madre se preocupa por mí. A menudo tengo que envolverme en una manta. Hay frecuentes alarmas de ataque aéreo. No hay electricidad ni wifi», cuenta Mark, de 8 años, desde Kiev.
Según datos recopilados por Save the Children, la infancia ucraniana ha vivido una media de 4.000 horas de alarmas antiaéreas desde febrero de 2022. Es decir, más de cinco meses y medio enteros bajo alerta. En las zonas del frente y en la región de Kiev, la cifra asciende a 7.000 horas: casi nueve meses y medio de su vida marcados por el sonido que anuncia peligro.
Invito a todos a unirse en la oración por el martirizado pueblo ucraniano y por todos los que sufren a causa de esta guerra y de todos los conflictos en el mundo, para que brille en nuestros días el tan esperado don de la paz.
— Papa León XIV (@Pontifex_es) February 22, 2026
Anastasiia, de 8 años, huyó con su familia de su ciudad natal en la región de Zaporiyia. Cuando suena la alarma por la noche, duermen en colchones en el pasillo hasta que todo termina. «Es una tensión emocional constante. Los adultos lo sienten, pero los niños lo sienten más profundamente. El sistema nervioso está agotado», explica su madre.
«La infancia no participa en la guerra, pero está pagando el precio más alto», denuncia la directora de Save the Children en Ucrania. La organización reclama el cese inmediato de los ataques contra la población civil y recuerda que los daños psicológicos, si no se abordan, pueden acompañar a estos niños hasta la edad adulta.

Educación en pausa
Cuatro años de conflicto han desplazado internamente a más de 3,7 millones de personas y forzado a más de cinco millones a abandonar el país, en su mayoría mujeres y niños. El 92 % de los hogares encuestados por World Vision ha sido desplazado varias veces desde el inicio de la guerra. Uno de cada cinco tuvo que mudarse de nuevo este invierno. Cada traslado implica perder la escuela, los amigos, el vínculo con los profesores y, muchas veces, el acceso a apoyo psicológico.
La educación es uno de los primeros derechos que se pierde en una crisis y uno de los últimos que se recupera. Organizaciones como la ONG Educo trabajan en regiones como Odesa ofreciendo refuerzo académico en matemáticas e inglés y apoyo psicosocial para reducir la brecha de aprendizaje. Natalia, de 12 años, explica que su padre está en el frente y que a veces solo lo ve en su cumpleaños. «Me gusta venir a este centro [dice del que tiene la organización en Odesa]. Veo a más niños y niñas y puedo hablar con la psicóloga. Me da mucha tranquilidad».
En Kiev, además, los ataques a la infraestructura energética han obligado a cerrar escuelas por falta de electricidad y calefacción.