Mi propósito de 2026 - Alfa y Omega

Escribo mi primer artículo del año en un momento de sosiego, con un café en la mano y en el silencio de una mañana que nace mientras el resto de mi familia duerme agotada de celebraciones, comilonas y regalos. Una pausa maravillosa, tan extraña y necesaria, que el frenesí de la Navidad y sus rituales añadidos hace difícil agendar. En esta calma, tras pasar por el belén, miro al cielo por la ventana. La mañana empieza clara, con una luz espléndida de un sol que no es capaz de calentar el gélido ambiente que se percibe. Las nubes se ven esponjosas y perfiladas, pero se mueven rápido por el soplo del viento frío que las va retirando de mi vista, como esos recuerdos del año que termina, los grandes momentos del 2025 y también los episodios de dificultad, prueba y dolor propios, de familiares y amigos, tan nítidos como las nubes pero que el viento también va dejando atrás sin necesidad de recrearme. Han pasado y los he reconocido por sus formas, mientras el ceño se me fruncía con algunos, apretaba los labios con otros y esbozaba una leve sonrisa con los mejores. No desaparecen, pero se van moviendo al terreno de los recuerdos que siguen a mano. Pero ahora el cielo se ha despejado, solo se ve ese azul hipnótico, limpio y cristalino, tan grande que solo es capaz de hacerme sentir pequeño. Y sueño y pienso qué nubes y experiencias traerá este año que acaba de arrancar. Hay propósitos, expectativas y sueños que veremos si se convierten en realidad. Porque, tras ver pasar todas esas nubes y nubarrones del viejo año solo tengo una certeza: que en absoluto tengo el control de lo que nos traiga el futuro, solo deseos. Y que no sé qué nubes vendrán. La única certeza es que el cielo seguirá estando ahí y será otro, Dios, quien dirija los acontecimientos y los tiempos. Por eso, mi deseo y mi propósito para este 2026 es no dejar de mirar al cielo.