Comunicad la alegría de la fe
Se acaba de publicar la Carta pastoral en la que se diseñan las líneas fundamentales que van a regir la acción pastoral de la Iglesia en la archidiócesis de Madrid, el curso próximo. Con el título Servidores y testigos de la Verdad, es la respuesta a la llamada del Papa a una nueva evangelización
La Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 y sus frutos, que venimos experimentando, nos animan a responder a la llamada a la nueva evangelización. Con un corazón generosamente abierto a Jesucristo, queremos hacernos eco de las palabras del Papa a los jóvenes en la homilía de la Eucaristía en Cuatro Vientos, y de las dirigidas a los voluntarios al despedirse de España y de Madrid en el IFEMA: «No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios». Y en el IFEMA: «Preguntaos: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, de la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esta inquietud, dejaos llevar por el Señor. Vuestra vida alcanzará una plenitud insospechada».
Decir corazón generosamente abierto equivale a ofrecer a Cristo nuestros pensamientos, nuestra libertad, toda la voluntad, todo nuestro haber y poseer, ¡todo nuestro ser!, para poder corresponder fielmente a lo que el sucesor de Pedro nos pedía y nos pide: una entrega netamente apostólica, es decir, un espíritu y una disposición misionera para estar prestos a evangelizar.
El Año de la fe, convocado por él, nos abre al horizonte de interrogantes y angustias que ocupan y preocupan no sólo al mundo juvenil de nuestros días, sino también a toda la sociedad. Benedicto XVI nos recordaba, en su encíclica Cáritas in veritate, cómo lo que se llamaba en el siglo pasado como cuestión social revestía, en estas primeras décadas del siglo XXI, las características de una cuestión antropológica, más aún, de una realidad extraordinariamente problemática y crítica, en cuyo fondo estaba aconteciendo una profunda ruptura con Dios: ¡una hondísima crisis espiritual! El hombre estaría de nuevo en trance de pretender construir un mundo social y culturalmente sin Dios; por lo tanto, en su misma raíz humana, ¡sin Cristo! Y un «humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano». Porque constituye una ceguera histórica olvidar que «no hay desarrollo pleno (diríamos: superación de la crisis) ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas».
En la plaza pública
¿Representa Madrid un oasis de fe y de auténtica vida cristiana en esta hora de la crisis espiritual de España y de toda Europa? Sospechamos que no. También en la sociedad madrileña se nota la influencia de la negación explícita e implícita de Dios y de una visión del hombre y de la vida marcada profundamente por el relativismo moral, incluso, por una pretensión de establecer su hegemonía pública en forma muy parecida a la denunciada por Benedicto XVI como dictadura del relativismo. También nuestra crisis económica, social, familiar y cultural no es separable de la crisis espiritual: de la crisis de la fe cristiana, nítidamente perceptible en la mentalidad y en la vida práctica de muchos de nuestros conciudadanos y hermanos madrileños.
Tanto la memoria vigorosamente viva y gozosa de la JMJ 2011 del pasado agosto, como la clarividencia histórica y pastoral que trasluce luminosamente la convocatoria del Año de la fe en la Carta apostólica Porta fidei, de 11 de octubre del año pasado, nos impulsan a concebir y configurar nuestra respuesta a la llamada a la nueva evangelización —que tan insistentemente nos reiteraba el Beato Juan Pablo II y que ahora, con nueva premura, nos dirige Benedicto XVI— de forma profundamente renovada, es decir, impregnada de entusiasmo y espíritu misionero, como lo que estamos llevando ya en la Misión Madrid. La expresión de la caridad cristiana llega a su cumbre cuando se hace misionera o, lo que viene a significar lo mismo, cuando se propone llegar a lo más íntimo del ser humano presentándole y acercándole su mayor bien: ¡la fe en Cristo, redentor del hombre!
¡Con qué actualidad resuena, en este momento del inicio de la Misión Madrid, lo que nos decía nuestro Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en el III Sínodo diocesano de Madrid, en la Audiencia especial que nos concedió en julio del año 2005, con motivo de su clausura, muy pocos meses después de su elección como sucesor de Pedro: «En una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es, ante todo, comunicación de la verdad». Comunicar la verdad es igual a comunicar la fe en Jesucristo, con palabras y obras. «La fe es su contenido», afirmaba Romano Guardini. La fe es inseparable de su contenido. El Catecismo de la Iglesia católica lo expresa así: «Creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que Él ha enviado, su Hijo Amado, en quien ha puesto toda su complacencia». Por tanto, comunicar y transmitir la fe presupone e incluye dos actitudes y actuaciones: confesarla y profesarla. He aquí, pues, nuestra gran tarea para el Año de la fe; tarea, a la vez, espiritual, apostólica y pastoral: ¡creer y confesar con toda nuestra mente, con toda el alma y con todo el corazón, que Jesús es el Señor y salvador, y profesar esta fe ante el mundo.
Encomendamos a la Virgen nuestra Madre, Nuestra Señora de la Almudena, todo lo que queremos vivir en la Misión Madrid. Con mi mejor deseo de un descanso de verano lo más reconfortante posible, y con todo afecto y mi bendición para los madrileños, y sobre todo los que abordan y se enfrentan con el verano en una situación difícil, familiar, de falta de trabajo o por otras razones.