¿Qué estamos haciendo con nuestra fe?
En la homilía de la Misa que el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, pronunció en la Vigilia de la Inmaculada, en la catedral de la Almudena, dijo:
Una nueva Vigilia de la Inmaculada nos reúne para celebrar a la Santísima Virgen en ese misterio de su Concepción, en la que fue preservada de todo pecado. Es el gozo de los hijos que comparten la alegría de la Iglesia, que la ve y la contempla en ese momento tan decisivo de la historia de la salvación.
En María se hacía realidad ese misterio de elección y de bendición por parte de Dios. Es, de hecho, el primer miembro de la familia humana en el que se realiza en la Historia plenamente el designio de Dios Padre de ser elegidos y bendecidos en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales, antes de crear el mundo. Más aún, llena de gracia desde el instante mismo de su concepción y bendita entre todas las mujeres, recibe el don de la gracia en plenitud precisamente para ser Madre de Cristo y Madre de la Iglesia. ¡Madre nuestra!
El día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María comenzó la nueva y definitiva época del inequívoco y pleno Sí del hombre a Dios en la historia humana. En esa época nos encontramos. En esa época, la de la novedad definitiva y última, discurrió la historia de nuestra patria, España: ¡nuestra propia historia!
Hoy, celebrando de nuevo solemnemente su fiesta, en el Año de la fe y con el recuerdo de la JMJ 2011, tan viva en la memoria de nuestras almas, el Señor nos urge a que nos hagamos la pregunta de qué hemos hecho y de qué estamos haciendo con el tesoro de la fe cristiana recibida de nuestros padres desde el mismo siglo en el que tuvieron lugar aquellos primeros acontecimientos salvadores: la concepción inmaculada de María, el anuncio del ángel, su maternidad divina, la espera del Nacimiento de Jesús, su divino Hijo… La necesidad de que nos hagamos la pregunta se hace incluso lacerante, a la vista de la evidente apostasía explícita e implícita de muchos de nuestros hermanos, que reniegan, rechazan, olvidan, o pasan de largo ante el anuncio y la verdad de Jesucristo, Redentor del hombre; que desprecian y/o ignoran el significado de las palabras pecado y gracia para los proyectos personales de su vida y su estar y comprometerse con el bien común en la cultura, en la sociedad y en la comunidad política. El fenómeno contemporáneo de la increencia se agrava y agudiza con las experiencias y las consecuencias de la crisis económica y social que tienen lugar, sobre todo, en las familias. Sus efectos destructores de los vínculos matrimoniales, de la unidad familiar, del desarrollo humano y espiritual de los hijos, descubren la profundidad moral y espiritual de sus causas, que nos remiten directamente a la crisis de la fe en Dios como su raíz última. Crisis ciertamente intelectual y, más aún, crisis vital y existencial: crisis del hombre y de su conciencia que se autoafirma en el orgullo personal y colectivo, negándose a reconocer dónde está y cuál es el futuro que le espera más allá de la muerte.
¿Qué estamos haciendo con nuestra fe? ¿Qué responsabilidad nos incumbe ante la crisis de la fe que produce tanto dolor, pobreza y miseria material y espiritual entre tantos hermanos nuestros?
Responsabilidad ante la crisis
La Vigilia de la Inmaculada del presente año 2012, a la espera de una nueva venida del Señor, el fruto bendito de su vientre, debe suponer una fuerte llamada a la conversión personal, compartida entre y por todos los hijos de María, Madre de la Iglesia, que nos conduzca al Sí de la fe plena, hecha arrepentimiento, dolor por nuestros pecados y propósito de enmienda en la confesión sincera ante el ministro de Cristo en el sacramento de la Penitencia.
Si nos comprometemos como apóstoles del Evangelio –de la buena y gozosa Noticia de la Salvación–, seremos los testigos y servidores creíbles y auténticos de la Verdad que es Cristo, y que el mundo de hoy necesita con urgencia; sin miedo a los poderes del mal –el demonio, el mundo y la carne– y a sus hostilidades; empeñándonos en que se abran y queden abiertas, de un vez por todas, los cauces de la libertad de la educación y formación en la fe: de la libertad de proponerla y de testimoniarla en la vida de las familias, en los centros educativos, en los ámbitos de la cultura y los medios de comunicación: en la sociedad en general.
La llamada de la Virgen a la Iglesia hoy suena nítida e inequívoca, y no distinta de la que se oyó en el siglo pasado en Fátima y no menos apremiante que en aquel momento tan dramático de la Europa contemporánea: ¡Convertíos y confesad con nuevo vigor, con entrega y ardor apostólico, con sincera y humilde autenticidad el Sí de la fe! ¡Sed testigos y servidores de la Verdad! ¡Vivid vuestra fe misioneramente en este Madrid, de profundas raíces cristianas, para que las vuelva más vivas y fecundas en este año tan crítico material y espiritualmente! ¡Irradiadla en España y en Europa, principalmente! Hablar de la Misión Madrid y asumirla seria, generosa y audazmente, es voluntad de Dios, amonestación materna de la Virgen Inmaculada y Nuestra Señora de la Almudena.