Bienaventuradas las familias - Alfa y Omega

Bienaventuradas las familias

José Francisco Serrano Oceja

Aún siento la presión del calor físico, quizás mitigada por el calor humano. La complicidad de las miradas hace estragos. El cauce seco del Turia ha perdido sus dimensiones físicas, sólo tiene dimensiones humanas. Paseo compulsivamente por entre las calles de esta ciudad de Dios y del hombre, y de los hombres, explosión natural de vida; un mundo real, nada utópico ni virtual, en el que nadie se siente extraño, ajeno, excluido, apartado. Bendita composición de lugar. Tengo la sensación de que cada persona con la que me cruzo, cada voluntario con quien hablo o cada niño al que hago una carantoña, me son familiares. Nunca nos hemos visto, pero nos conocemos y nos reconocemos. «Mirad como se aman; es su distintivo…», dijeron un día de los cristianos.

Pocas veces en nuestra vida hemos sentido el Evangelio tan cerca. El Evangelio de la familia ha acampado entre nosotros. La composición de lugar ignaciana, de nuevo, me está jugando una mala pasada. Miro, pero no veo. Me paro, pero no me detengo. No sé por qué repito, oigo, siento, gusto aquellas palabras: Y, bajando con ellos, se detuvo en un sitio llano con un numeroso grupo de discípulos y una gran muchedumbre, venida todos los lugares, de Madrid, de Sevilla, de Roma, de Alcázar de San Juan, de Medina de Rioseco, de Toledo, de México…, que habían llegado ilusionados, sorprendidos, para verlo y oírlo. La gente intentaba tocarlo. Cuando la megafonía anunció su llegada, corrieron hacia las vallas. Salía de él, de sus brazos extendidos, gesto ya tan suyo como tan nuestro, de sus imantadores ojos, una fuerza que reconforta a todos. Esos ojos que no pierden ripio y que dicen más que las palabras y los gestos. Esos ojos, hundidos por la carga de las redes del pescador de Galilea, que parecen no tener fin. Él, levantando los ojos, tomando la palabra, nos instruía diciendo:

Bienaventuradas las familias, fundadas en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que son el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las madres y los padres que se han dicho un Sí total ante Dios, base del sacramento que les une; que han dicho también un Sí de aceptación a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las familias, en las que cada persona aprende a dar y recibir amor, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las familias que no se cierran en sí mismas; en las que los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las familias, escuelas de humanización del hombre, en las que la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad de hijos, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las familias, en las que los hijos contemplan más los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las familias que, con el testimonio constante del amor conyugal de los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el acompañamiento entrañable de la comunidad cristiana, favorecen que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe, descubran el sentido profundo de la propia existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello, porque de ellas es el reino de los cielos.

Bienaventuradas las familias en las que los abuelos, tan importantes, son garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir, porque de ellas es el reino de los cielos.

Carla apenas tiene cuatro años. Es rubia como los ángeles y es un ángel. Me sorprendió absorto en ese nuevo monte urbano de las Bienaventuranzas. Sonreía. «Hola», me dijo. «Hola», le contesté. «¿De dónde eres?», pregunté interesado. –«De Cádiz». –«¿Y por qué has venido?», añadí. –«Porque quiero mucho al Papa». –«Como todos los niños», apunté. «No –dijo con cierto enfado–; hay niños que no le quieren. Sólo le quieren los que tienen en su corazón a Jesús». La miré, de nuevo, a los ojos, en silencio. Cuando me quise dar cuenta estaba ya jugando con un grupo de niños de su misma edad. Entonces pensé en resumir las Bienaventuranzas del dulce Cristo en la tierra: Bienaventuradas las familias que tienen en su corazón a Jesús: alegraos Óscar, Arancha, Paloma, Elena, María, Iván… –con quienes aprendí la solidaridad de los biberones mientras comentábamos cómo ardía nuestro corazón en su presencia–, y saltad de gozo, porque vuestro testimonio de familias en la tierra hará fecundar el nuevo mundo, y porque vuestra recompensa será grande en el cielo.