28 de noviembre: santa Catalina Labouré

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Imagen de la santa con su atributo iconográfico más conocido, la Medalla Milagrosa

Catalina Labouré nació en la localidad borgoñona de Fain-les-Moutiers el 31 de mayo de 1806, en el seno de una familia de hondas raíces católicas. Era la octava de los diecisiete hijos del matrimonio formado por Pierre Labouré y Louise Gontard. Su madre falleció cuanto solo contaba con nueve años de edad. Junto con su hermana mayor, fue criada por una de sus tías. Muy pronto, sin embargo, volvió junto a su padre para asumir, siempre con su hermana mayor, la responsabilidad de las tareas del hogar y de la granja familiar.

No tardó en aflorar la vocación religiosa en la joven Catalina aunque hubo de vencer la resistencia de su padre, que pretendía que se casara y formara una familia. Catalina, segura de sí misma, insistió y acabó ingresando en el convento parisino de las Hijas de la Caridad -que aún está ubicado en el número 130 de la calle del Bac- en abril de 1830. Pocos días después de su llegada, asistió al traslado de las reliquias de San Vicente de Paúl.

Pero lo más importante estaba por llegar: los días 18 de julio y 27 de noviembre de 1830, Nuestra Señora se le apareció a Catalina en la Iglesia de su convento. Le encomendó a la joven que acuñase una medalla en su honor.

Catalina cumplió con la misión a rajatabla y hoy se cuentan por millones los católicos que rezan a la Medalla Milagrosa. «Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a Ti». La discreción de la futura santa era tal que solo su confesor supo de las dos apariciones. El brillo y la relevancia nunca interesaron a Catalina.

Tan es así que desde 1830 hasta su muerte, acaecida el 31 de diciembre de 1876, se dedicó a atender enfermos en el Hospicio de Reully, sito a las afueras de París, adonde fue trasladada desde el convento de la Calle del Bac, desempeñando también labores de cocina y de portería. Fue beatificada por Pío XI el 28 de mayo de 1933 y canonizada por Pío XII el 27 de julio de 1947.

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