15 preguntas con respuesta sobre los santos. Modelos a imitar - Alfa y Omega

15 preguntas con respuesta sobre los santos. Modelos a imitar

«Un santo —ha dicho el Papa— no es aquel que realiza grandes proezas basándose en la excelencia de sus cualidades humanas, sino el que consiente con humildad que Cristo penetre en su alma, actúe a través de su persona». Hoy, Día de Todos los Santos, conocidos y desconocidos, explica todo lo relacionado con los Procesos de canonización el profesor Antonio Ciudad, de la Universidad San Dámaso, de Madrid

Redacción
Representación de la Crucifixión, en la Semana Santa de 2010, en Caracas.
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¿Los procesos de canonización han sido los mismos a lo largo de la historia de la Iglesia?

Hasta el siglo V, los santos subían a los altares por aclamación popular (vox populi). Lo evocaba, sin duda, el grito lleno de fe ¡Santo subito!, del pueblo cristiano en la Plaza de San Pedro, durante el funeral de Juan Pablo II.

A partir del siglo V, y para evitar abusos, los obispos tomaron la responsabilidad de la declaración de santidad. Ellos confirmaban la aclamación popular y asignaban al santo un día de fiesta, generalmente el día del aniversario de su muerte. En 993, Ulric de Augsburgo se convirtió en la primera canonización aprobada directamente por un Papa —Juan XV—. Gregorio IX formalizó el proceso, y en 1234 las canonizaciones pasaron a estar reservadas al Papa. En 1588, Sixto V puso los procesos de canonización en manos de la Congregación de las Causas de los Santos y del Santo Padre. Este paso en favor de la Santa Sede no nos debe hacer olvidar «que las intervenciones de los Papas nunca han coartado la opinión común de los fieles» (R. Quintana, La fama de santidad y martirio hoy, 260).

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¿Qué normas regulan hoy las beatificaciones y canonizaciones?

Los procesos de beatificación y canonización han estado presentes tanto en la codificación de 1917 como en la actual (véase can. 1403) y se rigen en estos momentos por la Constitución apostólica Divinus perfectionis Magister, de 25 de enero de 1983, de Juan Pablo II, y por una Instrucción de la Congregación de las Causas de los Santos, que lleva por título Sanctorum Mater, de 17 mayo 2007 (véase para su estudio R. Quintana, ed., Procesos de canonización. Comentarios a la Instrucción «Sanctorum Mater»).

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¿Cuáles son las vías para alcanzar la santidad?

La Iglesia contempla en estos momentos dos vías diferentes para alcanzar la meta para la que hemos sido creados: la santidad. Estas dos vías son la de las virtudes heroicas y la del martirio.

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¿Qué títulos recibe el futuro santo cuando seguimos la primera vía —la de las virtudes heroicas—?

Durante el Proceso, se utilizan los siguientes títulos, que corresponden a su vez a distintos momentos del Proceso: Siervo de Dios, Venerable, Beato y santo.

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¿Qué entendemos por Siervo de Dios?

El primer título que recibe una persona candidata a ser beatificada y, posteriormente, canonizada es el de Siervo de Dios. El obispo diocesano y el Postulador de la Causa piden iniciar el Proceso de canonización, y presentan a la Santa Sede un informe sobre la vida y las virtudes de la persona concreta. La Santa Sede, por medio de la Congregación de las Causas de los Santos, examina el informe y dicta el correspondiente Decreto diciendo que nada impide iniciar la causa (nihil obstat). Obtenida esta autorización, el obispo diocesano dicta otro Decreto de introducción de la Causa del ahora Siervo de Dios.

Imagen de la nueva santa Kateri Tekakwitha, venerada en una parroquia de Nueva York.
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¿A qué nos referimos cuando hablamos de Venerable?

La Iglesia declara a un cristiano venerable cuando se demuestra, durante su proceso de beatificación, que ha tenido una vida conforme al Evangelio, y el Papa, después de escuchar a la Congregación de las Causas de los Santos, declara sus virtudes heroicas. Éste es el paso previo para que éste sea reconocido como Beato.

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¿Qué culto debe darse a los Beatos y a los santos?

El Beato es digno de un culto local, bien en una Iglesia particular o nacional, o bien dentro de un instituto de vida consagrada. Se inscribe en el calendario litúrgico de la diócesis o de su familia religiosa, coincidiendo con el día del aniversario de su muerte. Después de la beatificación, es necesario un segundo milagro (también en el caso del mártir) para que el Beato pueda ser canonizado, es decir, declarado santo. El santo se inscribe entonces en el calendario de la Iglesia universal y es objeto de culto por parte de todo el pueblo de Dios. La Iglesia rinde, así, homenaje a sus santos, proponiendo su vida y su testimonio a los fieles, a fin de que encuentren en ellos modelos a imitar.

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¿Qué pasos se deben dar en la segunda vía —la del martirio—?

Para la beatificación de un mártir, es suficiente la declaración oficial de su martirio por parte de la Iglesia; por ello, no se requiere ni el proceso de virtudes heroicas ni tampoco el milagro, que, en cambio, sí se exige para la canonización.

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¿Cuál es el papel de la diócesis en todo este proceso?

El proceso comienza siempre a nivel diocesano, con un Actor que asume las responsabilidades morales y económicas de la Causa; pueden ser Actores un obispo, una persona jurídica, un instituto de vida consagrada, una asociación de fieles o un simple fiel. El Actor nombra a un postulador, encargado de conducir las investigaciones preliminares de la Causa y de seguir su curso. El Postulador presenta una solicitud al obispo de la diócesis en la que el candidato a la santidad ha muerto, proporcionando la documentación necesaria; es necesario, además, que hayan pasado 5 años desde la muerte del candidato —de este requisito fue dispensada la Causa de Juan Pablo II, empezando la misma inmediatamente después de su muerte—. Si la solicitud es aprobada, ya es el obispo, o un delegado suyo, el encargado de instruir la Causa. Se trata de una auténtica instrucción judicial -donde se incluye la figura del Promotor de Justicia-; al final de dicha instrucción, la Causa es transmitida, con el parecer del obispo, a la Congregación de las Causas de los Santos, que conducirá la instrucción final.

En la Plaza de San Pedro, durante el funeral de Juan Pablo II.
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¿Qué tareas se le encomiendan a la Santa Sede durante el proceso?

Una vez que la mencionada Congregación admite la investigación realizada en la diócesis, le confía la Causa a un Relator. Éste será el encargado de preparar la positio, es decir, una síntesis del caso, que será estudiado por un grupo de expertos en Historia y en Teología, junto al Promotor de la fe. Si el parecer de esta Comisión es favorable, pasa a los obispos y cardenales que forman parte de la Congregación; y si, después de una rigurosa votación, la Comisión de cardenales da su veredicto favorable, la Causa es transmitida al Santo Padre, al cual le pertenece la decisión final —debemos recordar, respecto a la causa del Beato Juan Pablo II, que el actual Pontífice ha permitido que se diera prioridad a esta Causa en la Congregación de las Causas de los Santos, salvando así la espera de diez o doce años actualmente necesarios para que la causa sea estudiada—. Todos los pasos mencionados hasta este momento nos muestran la seriedad y minuciosidad de la Iglesia con estos procesos, y la seguridad que debemos tener ante la declaración de santidad de un fiel cristiano.

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¿Qué lugar ocupa el milagro en las beatificaciones y canonizaciones?

Actualmente, se exige la aprobación de un milagro para la beatificación en las Causas de confesores, no en las de martirio; para la canonización, tanto de confesores como de mártires, se requiere la aprobación de otro milagro. Estos milagros han de darse después de la muerte del Siervo de Dios. Los milagros atribuidos a un Siervo de Dios durante su vida no cuentan a estos efectos, aunque podrán tenerse en cuenta como indicios de su fama de santidad y de favores (fama sanctitatis et signorum). Algún autor ha sostenido que podría considerarse suficiente para la beatificación o canonización la existencia de una sólida fama signorum, es decir, de favores espirituales o materiales obtenidos por intercesión de un Siervo de Dios, sin exigir la aprobación formal de un milagro. Esta opinión no ha obtenido acogida en las actuales normas vigentes.

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¿Tienen las Causas de canonización fecha de caducidad?

Los procesos de beatificación y canonización se ocupan de causas recientes y antiguas y pueden comenzar, por tanto, en cualquier momento. En cuanto a las causas recientes, las pruebas se basan en el testimonio oral de los testigos oculares, además de los documentos pertinentes, mientras que en las causas antiguas se tienen en cuenta, principalmente, las fuentes escritas, que requieren la investigación de expertos en Historia y archivística. Por otra parte, la causa de canonización puede iniciarse en un momento determinado y sufrir, por diversas causas, parones de siglos. San Pedro Damián, por ejemplo, fue canonizado 750 años después de su muerte.

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¿Son infalibles las canonizaciones?

Es doctrina común de los teólogos que la Iglesia, al proponer una persona como modelo y realización de vida cristiana, no puede fallar. Así lo consideraba ya santo Tomás de Aquino: «Dado que el honor que profesamos a los santos es, en cierto sentido, una profesión de fe, debemos creer que, en este asunto, también el juicio de la Iglesia está libre de error» (Quodlibetales, IX, q. 8, a. 16).

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¿Cuáles han sido las canonizaciones más rápidas de la historia?

Sin olvidarnos del Buen ladrón (san Dimas), que ha sido la única persona canonizada en vida, debemos recordar aquí a san Antonio de Padua (1195-1231), canonizado 11 meses después de su muerte; a Thomas Becket (1118-1170), que subió a los altares tres años y medio después de ser asesinado; Teresa de Calcuta (1910-1097), beatificada seis años después de su muerte; Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), veintisiete años después de su muerte; o Teresa de Lisieux (1873-1897), veintiocho años después de su muerte. Por poner algunos ejemplos.

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¿Qué entendemos por comunión de los santos?

Según pone de relieve el Catecismo, en la Iglesia hay una estrecha relación entre los fieles que peregrinan en la tierra, los que se purifican después de muertos y los que gozan de la bienaventuranza celeste; y al mismo tiempo se afirma que, en esa comunión, está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones (véase Catecismo de la Iglesia católica, n.962). Este aspecto comunional también lo menciona Benedicto XVI hablando de la esperanza: «La vida es como un viaje por el mar de la Historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son las luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la Historia; pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía» (encíclica Spe salvi, n.49). Un ejemplo maravilloso de esta luz cercana de los santos la descubrimos en santa Teresa de Lisieux, que pocos días antes de morir dirigía estas palabras a un misionero que estaba siendo probado en África: «Cuando llegue a buen puerto, querido hermano de mi alma, le enseñaré cómo navegar por el tempestuoso mar de este mundo: con el abandono y el amor de un niño que sabe que su Padre lo ama y no puede dejarlo solo en la hora del peligro» (Carta al abate Bellière, de 18 de julio de 1897, en Obras completas, ed. Monte Carmelo, Burgos 1998, 610-611).