15 de marzo: san Artémides Zatti, el enfermero que iba en bicicleta a ver a los enfermos
Hijo de emigrantes, este sanitario salesiano se volcó en los enfermos de la Patagonia argentina. «Creo en Dios desde que conozco a Zatti», dijo de él un médico
Inmigrante, creyente, salesiano, enfermero y santo. Así presentan los hijos de Don Bosco a este argentino que, a principios del siglo XX, atendió durante casi 50 años a los enfermos en uno de los primeros hospitales de la Patagonia.
Para ser exactos, Artémides Zatti no era argentino de nacimiento. Vio la luz en el pequeño pueblo de Boretto, en la Reggio Emilia italiana. Tercero de ocho hermanos, toda la familia estaba empeñada en las labores del campo, pero las guerras en suelo europeo y las cada vez más apretadas condiciones de vida obligaron a los Zatti a emigrar.
En 1887, siguiendo la corriente migratoria de italianos que se desperdigaron por el mundo en aquella época, llegaron a Argentina. El lugar que eligieron fue la ciudad de Bahía Blanca, al este del país, donde Artémides empezó a trabajar como obrero en una fábrica de baldosas.
Contagiado de tuberculosis
En la ciudad frecuentaba la parroquia dirigida por los salesianos, por lo que pronto se enamoró del carisma de san Juan Bosco. Con 20 años fue recibido por el obispo Juan Cagliero como aspirante de la congregación e ingresó en la casa de Bernal. Sus superiores le encargaron la tarea de cuidar a Ernesto Giuliani, un joven sacerdote tuberculoso que moriría poco tiempo después.
Sin embargo, ese breve contacto bastó para que Zatti contrajera la enfermedad, por lo que fue enviado al Hospital de San José, en Viedma, más al sur, uno de los primeros de la Patagonia argentina. Allí conoció al sacerdote salesiano y médico Evasio Garrone, que le animó a hacer una promesa a María Auxiliadora para obtener la gracia de la curación, prometiendo dedicar el resto de su vida a cuidar a los enfermos. María cumplió su parte; y Zatti también la suya: «Creí, prometí y sané», diría años más tarde.
Tras recuperar la salud, en 1908 fue admitido en la congregación salesiana como hermano coadjutor —religioso no sacerdote—. Comenzó a ocuparse de la farmacia anexa al hospital, la única de Viedma. Tres años después, a la muerte de Garrone, se puso al frente del Hospital San José, dedicando los siguientes 48 años de su vida a sus enfermos. Así, el enfermero Zatti no solo cuidaba a los pacientes en el centro sanitario, sino que también los visitaba en sus casas, gracias a su desvencijada bicicleta. Una vez le ofrecieron un coche para poder atender con más eficacia a más enfermos. Pero él lo rechazó para poder ir al ritmo de la gente y compartir sus vidas.
En el hospital, las enfermeras del turno de noche lo veían a menudo en la capilla a las cinco y media de la mañana, postrado en oración con el rostro en tierra. Horas más tarde, atendía como enfermero las cirugías más delicadas en el quirófano, siempre con el rosario en la mano. Uno de los pacientes que trató le llamó «el pariente de todos los pobres», y con ese cariñoso apelativo se quedó para siempre. «Creo en Dios desde que conozco al señor Zatti», dijo de él uno de los médicos del San José.
En 1950 se cayó de una escalera y se manifestaron en su cuerpo los síntomas de un tumor que él mismo se autodiagnosticó; pero siguió trabajando en lo posible en el hospital. Al final murió al año siguiente con fama de santo. «Zatti construyó su santidad en la vida ordinaria, dedicado en cuerpo y alma a los más enfermos y humildes», destaca Javier Valiente, responsable de comunicación de los salesianos en España. Por eso, «todos nosotros nos podemos reconocer en él si compartimos su cercanía con los más necesitados, su amor a la Virgen y su confianza en que Dios da todo y ayuda siempre», añade.