Zarqa Yaftali: «Las chicas afganas hoy sienten las restricciones más que nosotras»
Siendo adolescente, esta activista estudió en la escuela clandestina de su madre. Exiliada en Canadá, su lucha por las mujeres le ha valido el Premio Zayed a la Fraternidad
El 4 de febrero, la activista afgana Zarqa Yaftali recibió el Premio Zayed a la Fraternidad Humana que entrega el comité creado tras el encuentro entre el Papa Francisco y el gran imán de Al Azar en Abu Dabi en 2019. El galardón, que recibieron también el acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán y la organización palestina Taawon, supone para Yaftali «un reconocimiento a la lucha de las mujeres» en su país y «muestra que sus voces no se olvidan».
—Usted sufrió de adolescente la primera dictadura de los talibanes. Sabe lo que están pasando las muchachas afganas desde 2021.
—Hay similitudes y diferencias. Nuestra vida estaba marcada por la desesperanza, un futuro incierto y la ausencia total de espacios cívicos y públicos para las chicas. La generación actual tiene más acceso a la información, con plataformas digitales y oportunidades de aprendizaje. Sin embargo, como son más conscientes de lo que es posible, sienten con más intensidad las restricciones. La sensación de pérdida y la frustración son, en cierta medida, más profundas.
—Su madre, que era profesora, creó una escuela clandestina en su casa. ¿Cómo era este centro?
—Cerca de 1.000 chicas continuaron su educación allí, por turnos y bajo un riesgo constante. A mi padre le investigaron muchas veces y le detuvieron temporalmente. Daban instrucciones a las alumnas de llegar en pequeños grupos a diferentes horas. Usábamos los estudios religiosos como tapadera. Los vecinos nos avisaban si había talibanes cerca. También nos apoyaron los líderes religiosos y los ancianos de la comunidad.
—Tras la caída de los talibanes, estudió y se unió a la Fundación para la Investigación Legal sobre Mujeres y Niños (WCLRF en inglés), que llegó a dirigir. ¿Cómo lograron promover una mayor igualdad para las chicas?
—Nuestros estudios identificaban dos cuestiones como los retos más significativos: el matrimonio precoz y el acoso sexual. Realizamos iniciativas de incidencia con el Ministerio de Educación y el Parlamento y colaboramos en el desarrollo de su estrategia educativa. Preparamos y defendimos una ley contra el acoso y un borrador de la Ley de Familia en el que se abordaba el matrimonio infantil. Finalmente, se incluyeron en el código penal.

—También crearon escuelas.
—Movilizamos a las comunidades en varias provincias para apoyar el acceso de las niñas a la educación. Se las implicó en un proceso que les permitía identificar barreras y brechas y proponer soluciones desde lo local, con nuestro apoyo. Esto resultó en la creación o reapertura de más de 100 centros. Además, implementamos clases comunitarias en áreas donde las chicas no tenían acceso a la educación formal. Un ejemplo de éxito fue Char Mahala, en Balkh. Al principio, los ancianos se oponían a la educación de las chicas y solo unas pocas familias las enviaban a colegios de las aldeas vecinas, en secreto. Como resultado de un compromiso sostenido durante cinco años, se creó una escuela para chicas. De la primera promoción, diez aprobaron los exámenes de acceso a la universidad. Hicieron historia.
—¿Han continuado esos proyectos de algún modo con los talibanes?
—No hemos podido continuar ninguna formación presencial. Pasamos a la virtual y creamos la Escuela Online Kabul, una plataforma que ofrece oportunidades educativas.
—Usted tuvo que huir a Canadá, donde fundó la Red de Investigación y Defensa de Mujeres y Niños (WCRAN en inglés). Hace poco presentaron un estudio sobre la situación de las mujeres en su país. ¿Qué impacto están teniendo las restricciones de los talibanes?
—Sus medidas son una estrategia deliberada para borrar a las mujeres de la vida pública, social, económica y política. Ellas describen vidas modeladas por el miedo constante, la dependencia, el aislamiento y la pérdida de dignidad, sin un camino claro. Un día cualquiera comienza y termina dentro de los límites de su casa. Los impactos más devastadores incluyen graves consecuencias en la salud mental como depresión, ansiedad, trauma y una creciente sensación de inutilidad. También hay un aumento de la violencia doméstica, del matrimonio forzado y la explotación. Lo más alarmante es el daño intergeneracional: las chicas crecen sin educación, modelos o esperanza, y sus madres llevan la carga de contemplar cómo el futuro de estas se derrumba.
—Promueven que el derecho internacional reconozca el apartheid de género. ¿Cómo?
—Una vía clave es que se incluya expresamente en el tratado sobre crímenes contra la humanidad que se está negociando en la ONU. Esto establecería una definición legal clara y las obligaciones de los Estados para prevenirlo, investigarlo y perseguirlo. Las consecuencias serían significativas.
Zarqa Yaftali es, en palabras del Papa León XIV, una sembradora «de esperanza en un mundo que con demasiada frecuencia construye muros en vez de puentes». Lo son asimismo los dirigentes de Armenia y Azerbaiyán por el acuerdo de paz alcanzado en agosto pasado; y la organización palestina Taawon.
Estos cuatro galardonados con el Premio Zayed a la Fraternidad Humana han traducido los valores vinculados a la fraternidad en «auténticos testimonios de bondad y caridad humana», asegura el Santo Padre. Eligiendo «el difícil camino de la solidaridad en lugar del fácil de la indiferencia, han demostrado que incluso las divisiones más profundas pueden sanar con acciones concretas».
En su mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana —reconocida también por la ONU—, en el aniversario de la firma del documento sobre esta cuestión en Abu Dábi, el Pontífice lamenta que lograr la fraternidad es «una necesidad urgente». Citando la encíclica Fratelli tutti, subraya que esta es «la primera víctima de cualquier guerra».
En esta época, «el sueño de construir juntos la paz a menudo se descarta como una “utopía de tiempos pasados”», señala el Pontífice. Ante esto, «debemos proclamar con convicción que la fraternidad humana es una realidad vivida, más fuerte que todos los conflictos, diferencias y tensiones».
Para hacerla realidad «las palabras no bastan», apunta. Hacen falta «gestos personales frecuentes y sinceros» y «un compromiso diario y concreto con el respeto, el compartir y la compasión».