«Yo sé lo que es pasar hambre»

A los cuatro años, este niño de la Guerra Civil -nació en el año 1936- estaba sentado en una piedra de su pueblo cuando vio llegar un camión militar lleno de barras de pan. Fue a pedir un poco, y acabó comiendo tres platos en las cocinas del cuartel. Desde entonces, y porque sabe qué es el hambre, ayudar a los necesitados ha sido su obsesión. Con razón le llaman Cipriano, el amigo de los pobres

Rosa Cuervas-Mons
Cipriano González atiende a los pequeños en uno de sus tradicionales repartos

A los cuatro años, este niño de la Guerra Civil -nació en el año 1936- estaba sentado en una piedra de su pueblo cuando vio llegar un camión militar lleno de barras de pan. Fue a pedir un poco, y acabó comiendo tres platos en las cocinas del cuartel. Desde entonces, y porque sabe qué es el hambre, ayudar a los necesitados ha sido su obsesión. Con razón le llaman Cipriano, el amigo de los pobres

Casi la mitad de las familias españolas con tres hijos vive en la pobreza, según revela el último informe de UNICEF. Para ellas, y para los muchos necesitados que ha dejado la crisis económica, una bolsa con aceite, azúcar, judías, garbanzos, lentejas, arroz, macarrones, leche, embutidos, queso y dulce supone pasar de la nada a la tranquilidad de contar con comida caliente. La importancia de este cambio la conoce bien Cipriano González, vecino de Toledo y fundador de Socorro de los pobres, una iniciativa personal que, desde hace más de seis décadas, es un refugio seguro para los necesitados de la ciudad manchega.

«Que un ser humano no pueda comer no se puede tolerar de ninguna manera». Cipriano cuenta su historia a Alfa y Omega y rememora sus días de niño, cuando la España de posguerra obligó a su familia a meterlo en un monasterio de frailes para que pudiera comer. Quizá por esa vida monacal, reflexiona, ha estado siempre muy cerca de la necesidad, a la que ha tratado de hacer frente con lo poco que tenía al alcance de la mano. A los pobres que se cruzaba, los llevaba a las casas de ricos, y allí pedía comida y vestido para ellos. Más tarde, ya fuera del convento, casado y trabajando en la antigua Standard Eléctrica, seguía tratando de equilibrar la balanza y coger lo que sobra en un sitio para repartirlo entre quienes no tienen nada.

Nunca ha aceptado dinero, sólo alimentos y ropa de donantes particulares que, enterados del trabajo de Cipriano a través de los medios de comunicación, contactaban con él para ofrecerle su ayuda. Él, ayudado al principio por su familia y ahora también por medio centenar de voluntarios, buscaba un local en desuso e instalaba su centro de caridad. «Cuando tenía un local, me ponía a buscar otro para, cuando me reclamaran el que me habían cedido, tener una alternativa de repuesto». Ahora ya cuenta con un local permanente, cedido por el Ayuntamiento, en la Bajada de San Martín -«la mejor zona de la ciudad»-, y los alimentos los pide en función de la necesidad del momento a una lista de donantes que le envían embutidos, dulces -«reparto 14.000 kilos de dulces al año»- y alimentos no perecederos, así como ropa nueva. «Los portes -explica- me los hacen los militares». Una cadena de generosidad que se traduce en grandes repartos de comida mensuales, y otros más pequeños a petición de la gente.

Sin preguntas

Medio centenar de voluntarios ayudan a don Cipriano en su labor asistencial
Medio centenar de voluntarios ayudan a don Cipriano en su labor asistencial

No pregunta nada ni exige conocer la realidad personal de quien se pone a la cola de su local -«ir a pedir es una cuesta arriba muy grande; el que viene a buscar comida, es porque tiene necesidad»-, pero, si puede interesarse por la familia y ayudar, no lo duda. Cuenta a Alfa y Omega el caso de una pequeña que se acercó a él pidiéndole una cama. Cipriano le preguntó por su mamá y la niña señaló a una mujer que miraba desde lejos. Se acercó, y le preguntó si podía ir a ver su casa. Cuando llegó al portal indicado, escuchó unas voces del sótano. «Bajé y me encontré una casa difícil de describir. Es intolerable que una familia pueda vivir así», dice antes de emocionarse y dejar de hablar. Siente como propio el dolor de los demás y, aunque le ha costado más trabajo del que se pueda imaginar, asegura que, si volviera a nacer, dedicaría de nuevo su vida a los más necesitados. «Tenemos tierras, tenemos tanto… No puede ser que la gente pase hambre; tenemos que dejar de lado la codicia, que es una enfermedad insaciable en el ser humano, y ayudarnos».

De sus años en el monasterio conoce bien el Evangelio, y repite sin cesar que el mensaje de Jesús no puede ser más claro: «No quiere sacrificios en el templo, quiere caridad». Y eso es lo que hace Cipriano, tratar de cambiar el mundo a golpe de caridad.

Rosa Cuervas-Mons